Noviembre 2016

El Maestro de música: la vieja guerra entre educadores y sofistas

Escrito por  José Carlos Fernández
El Maestro de música: la vieja guerra entre educadores y sofistas

Hay películas –lo mismo que libros y otras obras de arte– que pasan casi inadvertidas en su época, a pesar de que quienes las ven y tienen la suficiente sensibilidad, nunca las olvidarán. Y hay directores de cine cuya producción no es abundante, pero de cuyas manos –las de su genio– solo nacen joyas sublimes. Este filme, El maestro de música , y este director y guionista, Gerard Corbiau, son un ejemplo de ello. Fue nominada a la mejor película de habla no inglesa de 1989. En ese mismo año, la comedia absurda El jovencito Einstein recaudó diez veces más. Signos de los tiempos.

Gerard Corbiau, nacido en Bruselas en 1941, es especialmente conocido por sus dramas musicales, como Farinelli , sobre el famoso cantante castrato, y Le Roi danse (en español, La pasión del rey ), biografía espectacular del Rey Sol, Luis XIV de Francia.

En esta película, Joaquim Dallayrac, famoso barítono de principios del siglo XX, después de una última y excelsa actuación, anuncia que nunca más va a actuar en escena; deducimos que aquejado de una enfermedad del corazón. Se retira a su mansión (el filme es rodado en su mayor parte en el Castillo de la Hulpe, entre paisajes idílicos) para formar a una única discípula en el canto lírico, Sophie (interpretada por Anne Roussel) y a un joven vagabundo que oye cantar en el mercado, Jean (el actor es Philippe Volter). Es notable y simpáticamente expuesta la excelencia de su arte pedagógico, severo y exigente, pero queriendo siempre revelar lo mejor que hay en sus discípulos, liberar a la perla de la costra de barro que la encubre, como diría el filósofo Plotino. Pasan varios años (no sabemos cuántos) y sus discípulos no aparecen en público, pues tal es el rigor de Dallayrac que no deben hacerlo hasta que su canto sea perfecto. La belleza de sus almas poco a poco irradia su luz al mundo, el fuego de su genio arde cada vez más poderoso, y la forja de su carácter los va temperando, siempre en armonía con la bella Naturaleza.

el maestro de música 3

Veinte años antes, el príncipe Scotti, melómano y acaudalado «mecenas de arte que encuentra placer en crear y destruir reputaciones», había retado a un duelo a Dallayrac. Pero no un duelo de espadas o pistolas. Más semejante quizás a un duelo intelectual de la India antigua, donde el que perdía el debate era obligado a convertirse en discípulo de la escuela contraria. En este duelo musical, quien perdiese –no se dice, pero se insinúa– sería obligado a dejar de cantar. O por lo menos, perdería el prestigio de mejor artista lírico, de mejor voz. En el duelo de antaño, Scotti había perdido frente a Joachim Dallayrac.

Los dos discípulos de Dallayrac reciben un convite para cantar en el concurso anual que celebra el príncipe, un concurso en el que «se forjan y extinguen carreras musicales». Por vicisitudes de la Fortuna, la voz de Jean, el discípulo de Joaquim, es idéntica en tono y timbre a la de Arcas, discípulo del príncipe. El príncipe, que en todo actúa como un sofista y como un tirano cruelísimo vestido de todas las cortesías, intenta humillar a Jean, intimidándole primero, minimizándole después y luego tendiéndole una trampa para que cante después del otro. El público identificaría así la segunda voz como una copia de la primera. Pero Jean, que ha forjado su astucia e instinto de supervivencia en la vida callejera, no cae en la trampa y da la vuelta a la situación. El príncipe fuerza un duelo de voces, dispuesto simplemente a quedarse con la mejor para su placer y negocios, arrojando a la otra al desprecio de la nada. Es toda la carrera, la vida, por tanto, las que están en juego y…

Bien, no voy a contar el final, pues seguro que los lectores sentirán interés y no es lícito arruinarles su disfrute estético.

El arte y la belleza

Pero sí quiero adentrarme en la comparación entre la vía del egoísmo sensual y del verdadero servicio a lo bello, lo bueno y lo justo. Es la elección figurada tantas veces en el arte clásico, por ejemplo, en la Casa de los Misterios de Pompeya, en el famoso fresco de Dionisos; o la elección de Hércules de la literatura griega y romana, también presente en cuadros como el de Veronés en El joven entre la Verdad y el Vicio , en el Museo del Prado. Esta elección era representada por la letra Y entre los pitagóricos. Se puede resumir en «¿Sirves a lo bello, lo justo y lo bueno?», «¿O te sirves, para tu propio poderío y placer, de lo justo, lo bueno y lo bello?». «¿Haces arder la llama de Prometeo en el altar de la personalidad, para que devuelva su luz al infinito, y como una ofrenda a lo Eterno?», «¿O la introduces dentro de la personalidad, para que esta se torne poderosa, magnética y atraiga a los incautos que se convierten así en esclavos?». El triunfo irradiando tu propia luz, o el triunfo pisando las cabezas de los otros, que se convierten en instrumentos de tus fines. En definitiva, esta película permite ver la diferencia entre el camino del filósofo y el del sofista, tantas veces descrito por Platón, como en el Gorgias o el Protágoras .

el maestro de música 4

 

Los sofistas haciendo de la dignidad humana una pasta amorfa; los otros, entronizándola y junto a ella, la honestidad, reina de las virtudes, según Cicerón.
Dallayrac sirve a la Música, como un deber sagrado, como una forma de ennoblecer la vida y llenar de luz y belleza la de los otros. Scotti se sirve de ella para sus fines, como quien saborea un buen vino. Al final, desesperado por la perfección del arte de su contrario, Scotti pregunta a Sophie cómo su Dallayrac consigue que la Música le sea sumisa. Y la respuesta es que él la ama de verdad, por ella misma. Es la enseñanza que hallamos en La voz del silencio , tratado místico del Tíbet entregado a Occidente por H.P.Blavatsky: «Ayuda a la Naturaleza y trabaja con ella, y ella te considerará como uno de sus creadores y te prestará obediencia». Si la seduces Ella se ocultará de ti, o peor, te responderá seduciéndote y haciéndote un esclavo, como en la sociedad de este infausto siglo XXI. Le extraemos hasta el tuétano de sus huesos, y al final nos idiotiza y animaliza.

Dallayrac considera al público como un cáliz sagrado en que verter su inspiración, su voz arrebatada. Scotti, como una amante de la que necesita su aplauso, en lo que ahora llamamos «baño de multitudes». Como un vampiro más, necesita esa oleada psíquica que le hace sentirse vivo, mientras que Dallayrac, cuando sabe que, enfermo, no puede servirle con suficiente dignidad, se retira sin por ello sentirse desgarrado.

Enseñar es educir lo mejor

Dallayrac enseña con la máscara de la severidad, pero tras ella se adivina una fuente infinita de amor por el alma de sus discípulos, y está dispuesto a todo sacrificio para que esta se revele en toda su plenitud, al mismo tiempo que forja su personalidad, como forja un artesano el duro metal de la espada, haciéndola pasar del fuego al hielo y viceversa.

Scotti halaga, promete, seduce, subyuga, hace psíquicamente dependiente a su discípulo, le manipula, engaña y maltrata su alma, su dignidad, la mengua, la minimiza, la desprecia, pues piensa únicamente en él. Él está, como los sofistas desnudados por la luz filosófica de Platón, en el centro de su tela de araña, esperando la sangre fresca de sus víctimas, a las que, quizás, les inyectará el veneno para que se tornen vivos y frescos, pero inútiles, amodorrados, inmóviles.

Dallayrac no se compara a nadie, es libre e independiente de la opinión de los otros, hace lo que considera justo y necesario. No se compara porque sabe que cada uno tiene su natural dádiva al mundo, más o menos luminosa quizás, pero todas importantes: como la Red de Brahma, la sociedad y la misma naturaleza es un tejido de voluntades en que todos debemos unirnos y cooperar.

Scotti desafía a un duelo musical a Dallayrac precisamente por creer y querer ser mejor que él, y está dispuesto a hacer cualquier sacrificio para conseguirlo. Fuerza, como en el famoso lecho mitológico de Procusto, naturalezas, para adaptarlas, quebradas, a sus fines. No es Dallayrac quien desafía; él simplemente acepta lo inevitable: no empuja al abismo, pero tampoco retrocede cuando es a él empujado. Es el mismo caso del Sócrates griego desafiado por los sofistas con intención de ridiculizarle y aplastarle.

Dallayrac quiere hacer de sus discípulos sacerdotes del Arte y la Belleza, fortalecerlos, «pues se está siempre solo ante el auditorio», y deben llegar a amar esta soledad interior que los hace reencontrarse consigo mismos. Scotti, noble y rico, se mueve siempre con delicadeza y cortesía, pero es en el fondo un bufón que quiere satisfacer a unos y otros para que así caigan en sus redes. Intenta humillar a Dallayrac, pero este se adelanta siempre a sus tentativas, ya que, si bien Scotti es muy astuto, Dallayrac es inteligente, y si la astucia tiende la trampa, la inteligencia simplemente no se acerca a ella, o si ya está en ella, sale como Teseo del laberinto, venciendo al Minotauro.

Música y fotografía al servicio de la belleza

El filme es, hasta en sus detalles, una obra de arte, por los diálogos, la música y la fotografía. El barítono bajo Jose Van Dam, en su momento una de las mejores voces de la lírica, hace de Joachim Dallayrac, y nos sorprende  por lo buen actor que es. En un artículo de Internet, en el que por desgracia no figura el nombre del autor, dice que «cada plano de esta película resulta ser un cuadro lleno de poesía, color y belleza, un cuadro donde habita la melancolía, en el que la sabiduría del silencio habla con los acordes de Bellini, Verdi, Schubert o de Mahler».

Los Lieder Ruckert de Gustav Mahler tejen con sus arpegios de melancolía varias de las escenas más tristes, como el funeral de Dallayrac, y la letra armoniza con el más puro sentido de este:

«Estoy perdido en el mundo, el que durante tanto tiempo saboreé. Nada ha sido oído de mí en tanto tiempo que es fácil que piensen que he muerto. Pero no me importa si piensan que he muerto. No puedo negarlo, ya que realmente he muerto para el mundo. Estoy muerto para el tumulto del mundo y descanso en mi reino calmo. ¡Vivo solo, en mi cielo, en mi amor y en mi canción!».

El « A tanto duol » en Bianca e Fernando , del músico italiano Vincenzo Bellini, la canción del duelo entre ambos discípulos, el del sofista y el del sabio, Scotti y Dallayrac, nos conmueve profundamente por su belleza, como también de esta misma obra el Sorgi o Padre , una de las canciones más hermosas de la historia de la música. El filme llega a su clímax en el «Sempre Libera» de La Traviata , con su locura de amor: «el amor que es inspiración del universo, del universo entero, misterioso, misterioso y noble, cruz, cruz y delicia para el corazón».

Y no podía faltar la ofrenda musical de Schubert a la música, y con estos acordes y palabras se despide de la vida Dallayrac, paradigma de sabio y educador, de cultor y sacerdote de una belleza que, no siendo de esta tierra, alivia nuestros dolores en ella, y nos devuelve la esperanza de lo real. Con ella queremos también terminar este artículo y homenaje al filme El Maestro de música , de Gerard Corbiau:


«¡Oh, arte benévolo, en cuántas horas sombrías,
cuando me atenaza el círculo feroz de la vida,
has inflamado mi corazón con un cálido amor,
me has conducido hacia un mundo mejor!
 
Con frecuencia se ha escapado un suspiro de tu arpa,
un dulce y sagrado acorde tuyo
me ha abierto el cielo de tiempos mejores.
¡Oh arte benévolo, te doy las gracias por ello!».

Deja un comentario