Jean Shinoda Bolen, de origen japonés, nació en 1936 en Los Ángeles (EE.UU.), donde reside habitualmente. Es doctora en Medicina, profesora de Psiquiatría en la Universidad de California y analista junguiana, además de escritora y conferenciante internacionalmente reconocida. Las fuentes de las que extrae los temas para sus numerosos libros y conferencias son la espiritualidad, el feminismo, la psicología analítica, la medicina y sus propias experiencias personales.

«Después de seis mil años de patriarcado y divinidades masculinas, se ha perdido la transmisión de tradiciones espirituales de madres a hijas, el culto a divinidades femeninas y el conocimiento de las sacerdotisas sanadoras y mujeres sabias. Sin embargo, tal vez estemos asistiendo a una recuperación de las tradiciones perdidas gracias al despertar espontáneo de un movimiento espiritual femenino. (…) Las mujeres pueden cambiar el mundo en las próximas décadas» (Jean Shinoda Bolen).

Jean Shinoda Bolen afirma que « la espiritualidad une y las religiones dividen».

Está divorciada y tiene dos hijos. A los cuarenta y nueve años, poco después de separarse de su marido, recibió una invitación que había de cambiar su vida: se trataba de participar en un viaje a Europa visitando determinados lugares sagrados del viejo continente en una suerte de peregrinación, de viaje iniciático, que la llevaría a la catedral de Chartres en Francia, a la vieja abadía de Glastonbury en Inglaterra y a la isla de Iona, frente a la costa escocesa. Nos lo cuenta ella misma en su precioso libro Viaje a Avalon . (1)

«La invitación llegó cuando yo estaba pasando por unos momentos muy confusos y dolorosos de mi vida. Tenía cuarenta y nueve años y estaba intentando reorientarme. El año anterior me había separado de mi marido tras diecinueve años de matrimonio y ahora me hallaba inmersa en un periodo de incertidumbre. Era un periodo de transición y desilusión muy difícil y, sin embargo, me ofrecía una aventura insospechada. (…) Me pregunté qué final o qué principio presagiaba aquella invitación».

La llamada de la aventura
Jean sintió en ese momento la llamada de la aventura que, como afirma Joseph Campbell, es siempre la promesa del inicio de un misterio, un rito o momento de transformación espiritual, que generalmente se completa con una muerte o un renacimiento. Decidió lanzarse y emprender el viaje. Necesitaba renovarse, volver a sentir la pureza de la niña que fue cuando empezó a descubrir el mundo, sentir a la diosa que habita en el corazón de cada mujer, y sabía que lo que le afligía estaba íntimamente relacionado con lo que podía sanarla para poder iniciar una nueva etapa en su vida.

Esperaba con gran ilusión la visita a la catedral de Chartres. Desde que conociera su existencia en los años de estudio juveniles, esta había quedado vivamente grabada en su memoria como una expresión sin precedentes de la arquitectura y el pensamiento más floreciente del siglo XII. Al ver aparecer desde el coche que se abría paso entre los campos y pequeños pueblos cercanos a París la esbelta silueta de la catedral, contuvo su respiración, sobrecogida ante tan misteriosa belleza. Atravesó la puerta de entrada y, al escuchar el sonido del órgano, pensó que esta sincronicidad de la música con la luz azul y el espacio sagrado reafirmaba el sentido de su viaje, experimentando una gran paz interior. Buscó instintivamente el laberinto dibujado en el centro de la nave principal, considerándolo como un mapa simbólico de lo que iba a ser su peregrinación. En su libro lo describe así:

«En un laberinto no hay callejones sin salida, el camino a menudo se dobla sobre sí mismo, la dirección en que avanzamos cambia continuamente y, si no volvemos atrás ni abandonamos, llegaremos al centro y encontraremos la rosa, la diosa, el grial, un símbolo que representa la feminidad sagrada. Para regresar a la vida cotidiana, debemos recorrer el laberinto de nuevo para salir, viaje que también es complejo, porque implica la asimilación de la experiencia y su integración en la conciencia, y eso es precisamente lo que nos cambia».

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«Lo encontré dibujado en el centro de la nave principal, ocupando un área circular casi tan ancha como la nave. (…) Aquel laberinto no era de los que en ellos se pierden los visitantes. No había ningún túnel sin salida, sino un camino que recorría toda el área y me condujo hasta el centro que, con su círculo y sus seis lóbulos, semejaba una estilizada flor con pétalos. El camino hacia el centro era el tallo. La enciclopedista Bábara G. Walker comenta que este diseño se asocia con Afrodita, la diosa griega del amor y la belleza.(…) En Chartres se dedicaba una especial veneración a María. La palabra venerate esconde el nombre de la diosa Venus, utilizado por los romanos para designar a Afrodita».

El mensaje del laberinto
El laberinto de Chartres le sirvió a Jean  para plantearse el inicio de lo que prometía ser una nueva etapa en su vida. Al igual que el grial en las leyendas artúricas, los laberintos pueden ayudarnos a despertar, a ser conscientes de nuestra dimensión espiritual, a la vez que consideramos la dimensión sagrada de nuestro cuerpo a través del aspecto femenino de la Divinidad, la Diosa Madre.

Jean conocía las numerosas leyendas que reflejan el espíritu de aquella época gloriosa del siglo XII que a ella tanto le fascinaba. Había estudiado que la segunda Edad Media fue realmente un período de auge cultural, en el que se construyeron las grandes catedrales góticas dedicadas a la Virgen María. Fue también cuando, a través de los trovadores, se introdujo el concepto del amor cortés, tan aplaudido en todas las gestas medievales. Esta época, según afirma Ortega y Gasset en el prólogo de su libro Estudios sobre el amor , « se caracteriza precisamente por la ascensión sobre el horizonte histórico del astro femenino». 

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Leonor de Aquitania, que vivió de pleno y en primera fila el s. XII europeo, contribuyó en gran manera a elevar el estatus social de la mujer, utilizando en su corte a los trovadores para colocarla sobre un pedestal, lejos de la consideración de desprecio y temor en que se la tenía entonces. Continuando con la cita de Ortega, su época fue « la edad más atractiva del pasado europeo, donde unas damas de Provenza afirmaron una nueva actitud ante la vida. (…) Frente al doble ascetismo, igualmente abstruso, del monje y el guerrero, estas mujeres sublimes se atreven a insinuar una disciplina de interior pulimento e intelectual agudeza. Bajo su inspiración renace la suprema norma de Grecia, el metron , la medida. La primera Edad Media es como el varón, toda exceso. La lei de la cortezia proclama el nuevo imperio de la mesura, que es el elemento donde alienta la feminidad». (2)

Una parada en Glastonbury
Mientras se dirigía a la vieja abadía de Glastonbury, para muchos «el lugar más sagrado de Inglaterra», Jean recordaba las aventuras de los caballeros de la tabla redonda. Ciertamente, las peregrinaciones invitan a la reflexión: «La montaña de la Torre de Glastonbury, de forma uterina, evoca pensamientos del Otro Mundo y espacios subterráneos ocultos, (…) son imágenes universalmente relacionadas con la Madre Tierra como útero y tumba, con la diosa que nos da la vida y nos acoge al morir. (…)Tuve la sensación de entrar en un pasaje onírico repleto de historias y leyendas, incluyendo la que afirma que Glastonbury es el lugar donde el velo que separa los mundos es más fino. (…) No es extraño que el libro Las nieblas de Avalon me hubiera intrigado tanto, ya que mis propios sueños me indicaban la posibilidad de pasar de una realidad a otra».

Para Jean, viajar a Avalon significaba buscar sus raíces, encontrarse con la Gran Madre, con el arquetipo de lo femenino manifestado de mil formas y múltiples nombres, redescubrir los misterios de la mujer a través de lo sagrado que existe en el interior de cada una. La acción de recordar a la Madre y partir en su búsqueda está relacionada con el hecho de querer evocar un mundo y una identidad que dejamos atrás con la infancia, esa edad en la que aún no concebimos los misterios del tiempo ni la función del calendario.

Al principio, se encontró como perdida en un espeso bosque, desorientada y cuestionándose acerca del camino que había seguido hasta entonces. Ella misma dice que el bosque, como el laberinto o las profundidades marinas, son descripciones simbólicas de nuestro inconsciente en las épocas de cambio; es el lugar donde nos perdemos, pero al que necesitamos ir para volver a encontrarnos a nosotros mismos y, como Perceval, «debemos portar una lámpara (símbolo de la iluminación o consciencia que nos permite ver una situación con claridad) y un cuchillo (el poder de actuar con decisión y ser capaces de romper vínculos o apegos). (…) Tardé en comprender que en este bosque podía también trepar a los árboles, tener un mayor campo de visión para ver hacia dónde debía dirigirme e ir hacia allí. (…) Aprendí a aceptar lo que ocurría por muy inesperado o decepcionante que fuera y me decía: “Sea lo que sea, es”. Poco a poco fui aceptando que realmente estaba sola y aprendí a vivir el presente».

Al final de su «viaje a Avalon», Jean confiesa: « Este libro siempre ha sido y será muy significativo para mí porque es parte de mi historia personal, que, hasta ahora, había mantenido en la más estricta intimidad. (…) Espero que mi historia recuerde o despierte en ti tu propio viaje espiritual y los momentos de revelación y verdades profundas que son tu propia percepción del grial o experiencia de la diosa».

Notas
(1) Viaje a Avalon. Jean Shinoda Bolen. Ed.Kairós. Barcelona, 2012.
(2) Estudios sobre el amor . Epílogo al libro De Francesca a Beatrice . José Ortega y Gasset. Círculo de Lectores. Barcelona, 1969.

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