Febrero 2013

Alberto Durero, el genio de Nuremberg

Escrito por  M.ª Ángeles Fernández
Alberto Durero, el genio de Nuremberg

La época del Renacimiento alumbra con nombres indelebles en el arte y en la ciencia. Pero no solo Italia se enorgulleció de ser su cuna. En Nuremberg también nació un genio: se llamó Alberto Durero.
Durero, Dürer ,vive en los siglos XV y XVI, siendo por tanto contemporáneo de Leonardo y tantos otros genios del Renacimiento, ese momento histórico sin parangón, en que el cielo parece haber volcado sus regalos sobre la Tierra para maravilla de su momento y de los venideros.

Hasta su apellido es sugerente. Dice la etimología que procede de Tür, puerta: Alberto es, sí, la puerta de un mundo maravilloso de línea y de color. No siempre lo conserva así, Durero: tras su viaje a Venecia adopta la forma latinizada de Albertus Durerus, que le parece más acorde con el mundo en que se mueve. Y le añade Noricus, de Nuremberg. Alberto se ha enamorado del mundo renacentista de Italia. Pero no firma con ninguno de esos nombres: utiliza una gran D dentro de una A, en un símbolo que los modernos grafólogos interpretarían como un deseo de condensar su presentación en sus inicios, en sí mismo, en un yo dentro de yo mismo, y que solo le conozcan así los sabedores de su arte. Firma así sus cuadros, excepto las acuarelas, que no le parecían obras de arte; son paisajes de su primera época, solo recuerdos de lo visto, a modo de “fotos” de un cuaderno de viajes, porque los paisajes en sí no son apreciados en el siglo XV. Y luego los utilizará de fondos en sus cuadros.


Aprendió pronto que sus dibujos se cotizaban; y ya en la madurez firma su autorretrato, que permanecía anónimo, y que es el primero que hace, con trece años, a punta seca. Se conservan 90 pinturas, 130 grabados, tres libros de teoría del arte y cientos de dibujos y xilografías. Esta técnica, descubierta hacía poco, es algo que necesitaba explorarse, y él lo hizo. De forma genial, como todo.

Durero 1El padre de Durero es húngaro, orfebre, y va a Nuremberg porque era un importante núcleo de distribución de metales preciosos controlado por los banqueros Fugger, que lo eran de los reyes de España. Se casa con la quinceañera Bárbara Holfere, y se puede decir que les cundió, porque tuvieron dieciocho hijos: dada la mortalidad infantil de la época, sobrevivieron tres. Todos fueron pintores. Y, gracias a Dios, entre ellos se encontraba Alberto. Relacionados, porque el padre era el equivalente a un gentilhombre, con las familias más importantes, su padrino fue Antón Koberger, el impresor más importante de Nurembreg, que también fue más tarde su mecenas.

Alberto entró con doce años de aprendiz (y deseado continuador) en el taller de su padre, pero este pronto tuvo que rendirse a la evidencia del genio del dibujo, que ya era más que evidente, y le envía al taller del pintor más importante de la ciudad, Michael Welgemut, que seguía el estilo de Van der Weyden, es decir, de los flamencos, con su maravilloso preciosismo. La obra de examen del chico, los retratos de sus padres, era lo mejor que se había pintado en la ciudad. Desgraciadamente, solo queda el del padre.

Viajar: una forma de descubrir
Al volver de un viaje por Alemania, Alberto se encuentra prometido con Agnes Frey. Cosas de la época. De regalo de compromiso le envía su autorretrato, de frente, serio, con un cardo en la mano, símbolo de fidelidad. Pero el símbolo falla: solo dos meses después deja a la reciente esposa y marcha a Venecia, donde hay cosas que le atraen más que la tranquila vida hogareña, trabajando por encargo en un taller. Conoce a Bellini, a Mantegna, a Pollaiuolo, y le impresionan las figuras desnudas que contempla en cuadros y estatuas, tan lejos de la rígida moral luterana de su país. Durante siete años viaja y dibuja todo lo que le llama la atención, que es casi todo lo hermoso, en un prodigioso diario de viaje: plantas, insectos, animales. Su lápiz no descansa.

De regreso en Nuremberg abre su taller, donde aplica las novedades estudiadas, como el óleo sobre lienzo, no sobre madera como se hacía allí. Pero su obra más revolucionaria son las xilografías de la serie del Apocalipsis, en un momento en que Lutero está en su apogeo predicador. Su Apocalipsis es denso, de línea precisa, detallista, abigarrado, lleno de sugerencias y transmisor perfecto de las ideas de san Juan. Y es un momento en que ha caído cerca un meteorito, nacieron siameses y se desbordó el Tíber como nunca lo había hecho. Son, dicen, signos apocalípticos. Y para Durero es el cenit de su carrera.

Regresa a Italia, y en Florencia conoce las primeras obras del joven Rafael. Su colorido, su expresividad mágica, le fascinan. Pinta su Adán y Eva, enfrentados, majestuosos, comprometidos. El caballero, la Muerte y el Diablo, casi siguiendo, aunque impregnados de color, la línea de su Apocalipsis, plenas de simbolismo las tres figuras, enfrentadas cada una con su destino. Italia le admira.

Durero 2Pero regresa a su ciudad, donde la fama le precede, y el emperador Maximiliano le agasaja, pero muere pronto. Alberto no desea apartarse del ámbito del poder, y se une a la corte del emperador Carlos I de España y V de Alemania. Viaja con él, camino de varias ciudades y con destino a España.

No llegó nunca. En uno de estos viajes contrae la malaria, de la que nunca se repuso. Regresa a su tierra, y el 6 de abril de 1528 muere.

Como dice su lápida, en su túmulo se enterró todo lo que había en él de mortal. El genio, su arte inmenso, sus cuadros, sus dibujos, están entre nosotros.

M.ª Ángeles Fernández

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