Mayo 2016

Medicamentos que matan y crimen organizado, de Peter C. Gotzsche

Escrito por  Antonio Martínez-Única
Medicamentos que matan y crimen organizado, de Peter C. Gotzsche

No es serio que deis los medicamentos de manera fantástica, haciendo beber al enfermo una farmacia entera, pues según se demuestra en el tratado de la Entidad Astral, ello será de dudosa eficacia para el enfermo, aparte de resultar un negocio deplorable para vosotros mismos (Paracelso).

«Los medicamentos son la tercera causa de muerte en los países en que más medicamentos se toman»[1], o sea, en los llamados desarrollados.

«La industria farmacéutica es el tercer sector de la economía mundial, por detrás del armamento y el narcotráfico»[2].

Estos dos datos, conocidos por cualquier persona básicamente informada, son la parte visible de un gigantesco iceberg que Peter C. Gotzsche nos desvela en su último libro, Medicamentos que matan y crimen organizado[3]. Es verdad que las denuncias que formula a la industria farmacéutica y sus intermediarios no son nuevas, pero nunca antes se han realizado con tanta contundencia, detalle y exactitud, ni por nadie con la cualificación profesional de Gotzsche para poder evaluar rigurosamente los ensayos clínicos a los que necesariamente han de someterse los nuevos medicamentos antes de ser aprobados. Director del Nordic Cochrane Center[4], ha publicado más de setenta artículos en las cinco principales revistas científicas mundiales dedicadas a la medicina, las llamadas Big Five.

Gotzsche acusa a la industria farmaceútica de corrupción en cuanto a inmoralidad, soborno, engaño, defraudadora de impuestos y responsable de cientos de miles de muertos, y lo hace, obviamente, aportando una tras otra la pruebas pertinentes. Pero las acusaciones no quedan ahí. Vender medicamentos que, en el mejor de los casos, no sirven para nada requiere de una gran inversión en marketing y de toda una estructura a la manera de la mafia, con mercenarios infiltrados en las Agencias del Medicamento de los diferentes países, colegios médicos, revistas especializadas, colectivo médico y hasta en las propias asociaciones de pacientes.

Y todo, ¿por qué? Sencillamente por ánimo de lucro, por negocio.

En los diferentes capítulos del libro se va mostrando cómo, en realidad, muy pocos pacientes mejoran por tomar los fármacos que se les recetan, cómo se ocultan sus efectos secundarios nocivos, y cómo se van sustituyendo en el mercado por variantes de los mismos en la medida en que van cumpliendo las patentes y, por tanto, bajan los precios.

Cualquier persona con cierto sentido común tomará estas afirmaciones como una evidente exageración, una postura extremista, fanática contra la industria y la investigación, pues ¿cómo va a poder engañar la industria farmacéutica a Gobiernos, agencias de salud y colectivos médicos cuya misión es precisamente la de preservar la salud?

La respuesta es tan compleja como el propio problema. El entramado se ha ido hilando de tal manera que son múltiples los factores implicados. Algunos autores[5] han acuñado el término «deriva institucional» para tratar de abarcar en profundidad un asunto que está poniendo contra las cuerdas los sistemas públicos de salud.

«...Deriva institucional (institutional corruption): situación que se produce cuando intereses privados modifican los objetivos de la medicina, a través de una influencia sistemática que altera rutinas y transforma la cultura de la organización y el comportamiento de los agentes, con consecuencias difícilmente identificables, debido a conductas inconscientes, socialmente aceptadas y/o legales»[6].

Una parte importante de esta «deriva institucional» la constituye el sistema en el que están montados los ensayos clínicos de los nuevos fármacos que se pretenden lanzar al mercado, previa aprobación por la Agencia del Medicamento del país en cuestión. P. Gozstche aporta, uno tras otro, ejemplos de lo viciado que está el sistema desde el comienzo, pues la gran mayoría de estos ensayos están patrocinados por la propia industria, que paga no solo los costos, sino a los propios investigadores médicos que los van a realizar (luego, pagará a los componentes de las agencias del medicamento que los van a aprobar, a las revistas médicas que los van a difundir y a los médicos que los van a recetar).

A ello se suma la ambigüedad en la interpretación de los resultados de muchos ensayos, con la doble lectura que pueden tener[7] y, sobre todo, la imposibilidad de acceso de investigadores independientes a los datos de los mismos para ser valorados con objetividad. Es este, tal vez, el punto crucial. Gotzsche dedica un capítulo en el que denuncia la ocultación de datos y la manipulación de los mismos en ensayos con voluntarios enfermos y sanos que, a la postre, son engañados en aras de un beneficio comercial de la industria farmacéutica y del mismo médico que le propone entrar en el ensayo. Entre otros numerosos ejemplos, relata las peripecias sucedidas con la Agencia Europea del Medicamento para recabar todos los datos de diferentes ensayos clínicos sobre los fármacos antiobesidad, con denuncia incluida al Defensor del Pueblo europeo, que concluye con la negativa a divulgar dichos documentos tras tres años de gestiones[8].

Por otro lado, una vez aprobado el fármaco por la Agencia del Medicamento del país en cuestión, se difundirán los resultados, redactados por los investigadores a sueldo de la industria farmacéutica, a través de las revistas especializadas que, en muchos casos, dependen de esta publicidad encubierta para su subsistencia y, a partir de ahí, se pone en funcionamiento la poderosa máquina del marketing a la que, especialmente desde los años 90, dedican un porcentaje escandaloso de recursos, que incluyen, por supuesto, la información sesgada –cuando no directamente falsa– a los propios médicos por los visitadores, casi siempre acompañada de estímulos diversos en forma de viajes, congresos pagados, regalos o directamente su inclusión en nómina como asesores científicos.

Especialmente diabólicos resultan los fármacos extraordinariamente caros diseñados para aplicarlos en pacientes a los que les queda poco tiempo de vida, que suelen ser oncológicos. Entre los numerosos ejemplos muy recientes que cita, destaco uno para el tratamiento del cáncer de páncreas, que fue aprobado tanto por la Agencia del Medicamento americana como por la europea, a pesar de que solo prolongaba la vida del paciente diez días, siendo además sumamente tóxico, aunque, eso sí, también sumamente caro. Afortunadamente en este punto va habiendo una sensibilidad cada vez mayor respecto del abuso de medicación en pacientes terminales[9] que va calando en los profesionales, como lo avala el que pocos oncólogos estarían dispuestos a ser tratados con quimioterapia a cambio de unos beneficios mínimos[10], o sea, no harían con ellos lo que están proponiendo a otros.

Con todo ello, el mayor porcentaje de negocio se lo llevan los psicofármacos, a los que Gotzsche dedica dos capítulos completos denunciando, con apabullante cantidad de datos, miles de muertes, así como su empleo cada vez más generalizado en niños. Salvo excepciones, ninguno de estos fármacos se debería tomar más de cuatro o seis semanas cuando está bien indicado, a riesgo de generar una fuerte dependencia y/o acrecentar los síntomas para los que se están tomando.

La lectura del durísimo libro de P. Gotzsche debería aconsejarse a todos los estamentos sanitarios, incluidos sus gestores políticos o profesionales, si bien el trasfondo del tema es tan complejo que solamente una toma de conciencia paulatina de la sociedad civil podrá hacerle frente con cierta garantía de éxito. Consciente de ello, el autor saca sus investigaciones del ámbito meramente profesional para que pueda ser leído por cualquier persona ajena a la profesión sanitaria; llama al ciudadano de a pie a rebelarse con medidas como recelar de los nuevos fármacos –naturalmente, mucho más caros– que sustituye el médico por los antiguos, tomar solo los medicamentos indispensables, no admitir cambios de fármacos por otros si no llevan al menos siete años en el mercado y rechazar los «medicamentos preventivos» (para la pre-hipertensión, pre-diabetes, pre-colesterol, etc.). En una palabra: aprender, en esta materia, a decir NO.

 

[1]    Medicamentos que matan y crimen organizado. Peter Gotzsche. Ed Los libros del lince, S.L., 2014.

[2]    Joan-Ramon Laporte. Presentación a la edición en lengua española española del libro citado.

[3]    Peter C. Gotzsche, Medicamentos que matan y crimen organizado. Ed Los libros del lince. Agosto, 2014.

[4]    La Cochrane es un centro de base de datos sobre ensayos clínicos, filtrados y evaluados, para ponerlos a disposición de los especialistas en las diferentes áreas de salud.

[5]    Abel Jaime Novoa Jurado, Juan Gérvas Camacho, Carlos Ponte Mittelbrunn. «Salvaguardas, deriva institucional e industrias farmacéuticas» AMF 2014;10(7):373-382.

[6]    Ver artículo citado en http://equipocesca.org/wp-content/uploads/2014/10/AMF-salvaguardas-NoGracias.pdf

[7]    La construcción y comunicación del conocimiento en la era de la Medicina basada en la evidencia. Implicaciones para la lectura crítica de gestión clínica y ensayos clínicos. Soledad Márquez Calderón. Revista Gestión Clínica y Sanitaria, volumen 8, número 3, otoño de 2006.

[8]    www.cochrane.dk/research/EMA

[9]    Quimioterapia paliativa: un oxímoron. N.Murcia. Boletín Plataforma NOGRACIAS. Marzo 2014

[10]  SlevinML,Stubbs L, Plant HJ, et al. Attitudes to chemotherapy: Comparing views of patients with cancer with those of doctors, nurses, and general public. BMJ 1990;300: 1458-60

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