Martes, 01 Mayo 2018 00:00

Solo lo imprescindible

A medida que se adquiere experiencia en el Camino de Santiago, desarrollamos múltiples habilidades. Algunas pueden parecer banales, pero su importancia es grande cuando las horas se acumulan en los pies. Es este el caso. Se trata de la capacidad de discernir qué cargamos en la mochila y qué dejamos fuera de ella.

Es usual llevar algo para leer durante el Camino. En el caso de un peregrino que nos encontramos, llevaba un par de libros de texto ¡y un diccionario! Yo mismo he cambiado en este aspecto a lo largo de los años. En las últimas etapas que realicé desde León hasta Santiago, recuerdo que solo cogí un libro, y delgado. Eso sí, lo leí varias veces.

¿600 gramos es un gran peso? Aparentemente no, pero después de 36.000 pasos os aseguro que sí. La suma de kilómetros en las piernas, las horas con la mochila en la espalda, te hacen comprender que hay cosas que no vale la pena llevar encima. Uno acaba distinguiendo con claridad qué es lo imprescindible. Puedes aprenderlo por las buenas, o bien, por las malas. Os daré un ejemplo.

En cierta ocasión, a punto de entrar en una población, una persona se paró delante de mí a unos metros, y respiró profundamente; es decir, resopló. Al momento, desabrochó la correa de la mochila de su cintura y, ni corta ni perezosa, se quitó el cinturón. Era de cuero, muy ancho, y con una gran hebilla de metal. Lo enrolló rápidamente y, con un gesto triunfante, lo lanzó a un cubo de basura que había a su lado. Tras un suspiro, siguió caminando. No sé cómo acabó la etapa esa persona, pero, vista la anécdota, nos lo podemos imaginar…

No hace falta recorrer el Camino Jacobeo para aprender esto. Al igual que la persona del cinturón, nosotros también nos damos cuenta de las cosas prescindibles cada vez que tenemos una mudanza. Solemos almacenar cosas «por si acaso», o porque «uno nunca sabe». Pero llevemos esta situación a otro terreno, y veremos que también almacenamos costumbres y hábitos innecesarios que pesan mucho. Y aún más. También cargamos manías y prejuicios que lastran nuestro recorrido hasta límites insufribles. El Camino te muestra, con gran transparencia, que es muy doloroso andar por la vida con tanto peso inútil.

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Jueves, 01 Febrero 2018 00:00

Cómo desarrollar un sentido especial

Hay un poder que se despierta en el peregrino del Camino de Santiago cuando lleva varias etapas a sus espaldas. Intentaré describirlo. Se trata de un sexto sentido, capaz de detectar con una facilidad asombrosa dónde hay una flecha amarilla. Puede parecer algo trivial, pero no es así, pues su desarrollo supone alargar o acortar mucho tiempo. Todo el mundo sabe que esta es la señal (y también una concha) que indica el Camino y el sentido correcto a seguir en el sendero que lleva a Santiago.

Lo natural es ver una nueva flecha poco después de pasar por la anterior. Este nuevo sentido se desarrolla con los años. Podemos estar en medio de una conversación animada, o ensimismados en cualquier pensamiento, y ese dispositivo interno, como un radar, capta todas las señales. Así, cuando uno anda un tiempo sin encontrar ninguna, aparece cierto desasosiego en el peregrino. Si pasa más tiempo, ese pequeño malestar se convierte en una preocupación que crece con cada paso. Por fin, si no asoma ninguna flecha en un recodo o un tronco de árbol, el agobio se apodera del caminante… y se para.

En los primeros días de nuestra experiencia en el Camino (siempre junto a mi pareja), antes de desarrollar este extraño poder, nos perdimos algunas veces. Una vez, aparecimos de pronto en un campo de árboles frutales y tuvimos que desandar lo caminado, perdiendo una hora. Aún no habíamos «actualizado» esta aplicación natural que no necesita ninguna conexión. El nivel más avanzado de este poder se alcanza en las ciudades que atraviesa el Camino. A pesar del movimiento y acumulación de estímulos, el peregrino experimentado puede distinguir con precisión, a decenas de metros, una pequeña flecha amarilla bajo un bordillo o en una señal de tráfico.

Estas flechas las comparo con otras que aparecen en la vida y nos marcan la dirección adecuada hacia nuestros sueños. No es poesía barata. Si logramos despertar ese dispositivo interno, más allá de los imprevistos, avanzaremos hacia nuestros objetivos más anhelados. Podemos disfrutar de mil cosas en nuestro trayecto, pero manteniendo la atención hacia lo que verdaderamente nos importa. Pararemos a descansar, o a hacer el vago un rato, pero algo en nosotros estará pendiente de localizar esa «flecha», esa señal, que nos indica el sentido adecuado, y que tenemos que seguir caminando.

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Lunes, 01 Enero 2018 00:00

El respeto hacia todos los peregrinos

Uno se encuentra en el Camino de Santiago con todo tipo de personas: agradables y desagradables, silenciosas y alborotadoras, humildes y engreídas…

Cerca de un final de etapa, los Arcos, en Navarra, decidimos parar en una aldea para comprar un bocadillo. Tras pedirlo en un bar, entraron otras tres personas. Al salir a la terraza y sentarnos en una mesa, vimos al grupo salir del bar con el gesto torcido. Se sentaron cerca y, con el lenguaje común de los peregrinos, nos dieron a entender que se había acabado el pan. Les ofrecimos uno de nuestros bocadillos; tuve que insistir, pues no querían aceptarlo. Reanudamos la marcha, y unas dos horas después, a punto de llegar a los Arcos, con un calor sofocante, paramos a descansar. Al cabo de unos minutos llegaron los tres italianos y ocurrió algo maravilloso. Entre risas, empezaron a hacer juegos de manos y todo tipo de trucos. Mi pareja y yo, sentados en medio del camino, asistimos boquiabiertos a un espectáculo de magia fantástico: eran prestidigitadores profesionales.

Por la noche, en animada charla en el albergue, un fanfarrón relataba que había hecho la etapa en tres horas. Mi pareja y yo habíamos empezado la jornada a las ocho de la mañana y terminábamos rendidos a las cuatro de la tarde, con más de 30 km recorridos. Sentimos vergüenza ajena. Nos levantamos y dimos un paseo antes de acostarnos. Comentamos entonces la gran diferencia entre los entrañables italianos y el vanidoso que tan solo quería lucirse. Sin embargo, ver a todos compartir el Camino como uno mismo provocaba un sentimiento de respeto generalizado, incluso para aquel pobre fanfarrón… Lo vimos al día siguiente; finalizó la etapa muy tarde, ayudando a un chico que llevaba las dos piernas vendadas...

Pienso en esto algunas veces. En el trabajo, en la universidad, en vacaciones, conocemos nuevas caras. A veces, surge una amistad rápidamente; en otras ocasiones, un gesto basta para que aparezcan suspicacias. No negaré valor a ciertas intuiciones que nos hacen ser desconfiados, pero eso no puede convertirse en una norma de vida. El Camino enseña a no juzgar a primera vista, a respetar a todo aquel que se esfuerza por conseguir su meta, por superarse cada día. Entonces, que nos caiga mejor o peor pasa a ser algo muy secundario.

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El Camino, más allá de la experiencia particular de cada uno, nunca deja indiferente. Y viene siendo así desde hace más de mil años... En realidad, el ser humano siempre ha recorrido largas distancias buscando lugares que anhela.

En ocasiones, elegimos un destino maravilloso y, al verlo, sufrimos una decepción. Otras veces, llegamos a un lugar con menos encanto a priori, y nos resulta impactante. Quizá, si lo pensamos, lo que hace extraordinario un castillo, una montaña, una calle, un río…, es el esfuerzo por alcanzarlo, esfuerzo que ha transformado nuestra visión y nuestra actitud. Por el contrario, un paisaje fabuloso puede resultarnos anodino si nada nos ha costado tenerlo delante.

Es fácil, en general, comparar el Camino de Santiago con el sendero de la vida, de nuestra propia vida, y obtener valiosos consejos. Santiago sería el objetivo a largo plazo de un proyecto que nos hemos propuesto; cada etapa es una meta parcial a realizar con constancia; una mochila cargada en exceso nos indica claramente que deberíamos elegir mejor nuestras preocupaciones para andar ligeros de equipaje si queremos llegar lejos… Pero empecemos ya.

Comienza la aventura

Tras un largo viaje en coche, llegamos a Sangüesa, en Navarra. Allí nos esperaba un taxista que nos llevó hasta Jaca. Todo estaba medido, pero, al llegar a Jaca, vimos que había cambiado el horario del autobús. Perdimos un tiempo precioso. Dos horas después de lo previsto llegamos a Somport, sellamos las credenciales en un hostal e iniciamos la ruta a pie. Estábamos solos, con la única excepción de un irlandés que perdimos de vista en cuestión de minutos.

En la montaña se hace de noche rápido. No nos preocupaba, pues cerca de la frontera aparecía marcado un camping en la guía. Al llegar allí, ¡estaba cerrado! La noche se nos echó encima cruzando un bosque. Pasamos junto a unas casas cargados de mal humor y decidimos acampar en un prado. Sacamos las cosas y comprobamos que las piquetas de la tienda y el martillo se habían quedado en el coche. Plantamos la tienda como pudimos. Desde el inicio de la ruta, programada con detalle, todo había salido mal: «¿Esto es el maravilloso Camino de Santiago?».

Sin embargo, antes de dormir en la pequeña tienda, empezamos a entender que los contratiempos constituían parte del viaje: sin ellos el Camino no tendría sentido; solo hacía falta cambiar de actitud y la realidad también cambiaría.

Una cosa es programar en el papel; otra, las situaciones que aparecen en la «ruta» cotidiana. Al realizar un proyecto acumulamos datos, fijamos fechas y, cuando lo vemos claro, nos ponemos en marcha… y surgen los problemas: «¡Pero si todo estaba tan claro y era tan fácil sobre el papel!».

Esos imprevistos están en la vida. Gracias a ellos desarrollamos habilidades y adquirimos experiencia. Nuestra capacidad de superación aparece en la medida en que enfrentamos retos, corremos riesgos y buscamos soluciones a las circunstancias adversas.

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