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Febrero 2014

Estambul: el recuerdo vivo de la historia

Escrito por  Cinta Barreno Jardí
Estambul: el recuerdo vivo de la historia

Cada ciudad es fruto de su pasado, y su idiosincrasia contiene los rasgos peculiares que la definen en sus calles y en sus gentes. Pocos lugares como Estambul pueden presumir de ser herederos de tantas culturas diferentes, que la han convertido en sede de un patrimonio cultural de gran riqueza.

Bizancio, Nueva Roma, Constantinopla y Estambul, nombres que evocan la historia. Cuatro nombres para una misma ciudad.

A caballo entre dos continentes, Europa y Asia, la situación geográfica de Estambul la convierte en una de las ciudades más privilegiadas del mundo y de las más apetecibles históricamente. El control del estrecho del Bósforo, unión del Mar Negro y el Mar de Mármara, quitó el sueño a emperadores, reyes y sultanes a lo largo de la historia. Y hoy sigue deslumbrando al viajero.

Cuando divisas la península donde se sitúa la ciudad antigua, bordeada por el Bósforo y el Cuerno de Oro, y todavía bien marcada por sus legendarias murallas, la imaginación empieza a volar.

Su historia: cuatro pinceladas

Según cuenta la leyenda, en el año 667 a.C. Bizas, hijo de la ninfa Semystra, y casado con Phidaleia, la hija del rey tracio Barbyzos, fundó un enclave comercial siguiendo las instrucciones del oráculo de Delfos: “Instálate enfrente de los hombres ciegos”. Vagando por la zona, llegó con su gente al Bósforo y vio que al otro lado del estrecho, en la parte asiática, había otro asentamiento. Observándolos, cayó en la cuenta: “¡Estos son los hombres ciegos! No ven que esta orilla, con el puerto natural del cuerno de oro, es mucho mejor”.

La luminosa Bizancio, situada entre siete colinas, fue una de las polis más prósperas de la antigua Grecia, pese a sus muchos conflictos con otras ciudades helenas y los persas.

Su privilegiada situación geográfica hacía de ella una presa codiciada, y Roma también se fijó en ella anexionándola a su provincia de Tracia. Fue entonces cuando vivió sus momentos más dramáticos. El emperador Septimio Severo, después de sitiarla durante tres años, la arrasó en el año 196, hundiéndola en un periodo de oscuridad del que la sacaría el emperador Constantino.

Constantino, el reunificador del Imperio romano, con el objetivo de trasladar el poder de Roma hacia Oriente, dudó entre la mítica Troya y la deshecha Bizancio. El emplazamiento bizantino lo convenció. Rebautizó la ciudad como Nueva Roma y la convirtió en la flamante capital de un imperio que, cada vez más, se expandía hacía Oriente. Arquitectos y artesanos embellecieron la vieja polis.

Constantino llevó a cabo la reforma administrativa de sus dominios y trajo el cristianismo, impulsando los primeros concilios. La admiración por su emperador hizo que la gente llamara a Nueva Roma Constantinopla (Ciudad de Constantino).

Constantinopla siguió aumentando su esplendor. Tras la caída de Roma en el 476, quedó como la única depositaria del legado y la tradición romana.

Su edad de oro llegó con Justiniano, quien, propiciando un florecimiento de las artes y la cultura, levantó el gran edificio que todavía hoy define la ciudad, la iglesia de Aya Sofía.

En los siglos posteriores las continuas amenazas incrementaban y en el siglo VIII, el Imperio romano solo controlaba una parte de los Balcanes y de Asia Menor. Durante este periodo de altibajos, los turcos, un pueblo nómada de Asia Central que al entrar en contacto con los árabes se islamizó, avanzaban rápidamente, y en el 1071 conquistaron el sultanato de Bagdad y tomaron Nicea (actual Iznik) convirtiéndola en la capital del reino selyúcida.

Entretanto, en 1204 más de treinta mil cruzados, con el apoyo del dux de Venecia, el más poderoso rival comercial de Constantinopla, tomaron la ciudad “en nombre de Dios”, expulsando a los emperadores bizantinos, que recuperaron el gobierno en 1261.

Mientras, una nueva potencia surgía amenazante: los otomanos, guerreros de origen turco, que en 1301 crearon un Estado independiente, cuya capital era Bursa, al sur de Constantinopla y relativamente cerca. Con Mehmet I cayó Grecia, y con Mehmet II cayó la joya más preciada: Constantinopla, que había quedado reducida a una ciudad-estado encerrada entre sus gruesas y poderosas murallas.

Los otomanos levantaron una gran fortaleza en el Bósforo mientras reunían un gran ejército e imponían un bloqueo naval a la ciudad. Las peticiones de ayuda a Occidente del último emperador bizantino, Constantino XI Paleólogo, no tuvieron respuesta. Y tras siete semanas de asedio, cayó la ciudad en manos otomanas el 29 de mayo de 1453. Eran trescientos mil invasores contra ocho mil defensores.

El Imperio romano llegaba a su fin y emergía y se consolidaba el otomano. Constantinopla volvió a cambiar su nombre, esta vez por el de Estambul, nombre curiosamente derivado de las palabras griegas “eistin polis”, en la ciudad.

Un gran patrimonio cultural

estambul-2El patrimonio cultural e histórico de Estambul es muy grande. Para ayudar a digerirlo y saborearlo, lo mejor es tomárselo con calma e ir descansando acompañado de un çay (té turco) y los deliciosos dulces turcos.

Aya Sofía, el monumento por excelencia de Constantinopla, levantada hace más de 1500 años por los arquitectos Isidoro de Mileto y Antemio de Tralles por encargo del emperador Justiniano, fue uno de los grandes templos de la cristiandad. Dicen que Justiniano, al ver su magnificencia, exclamó: “¡Salomón, te he vencido!”. Aquí se guardaron durante siglos las grandes reliquias de la cristiandad. Era tal su carga simbólica que cuando Mehmet II se vio dueño de la capital cristiana, aquel mismo 29 de mayo de 1453 entró en la basílica y se postró a rezar hacia la Meca, gesto que la convertía en mezquita.

Su interior es de una gran belleza; el nombre de Alá y Mahoma junto al Pantocrátor es el mejor resumen de su historia. Actualmente es un museo.

Cerca de Aya Sofía se encuentra la cisterna, un gran depósito subterráneo de agua, herencia, también, de los romanos. Una prueba más de su gran sentido de urbanidad.

Frente a Aya Sofía encontramos la Mezquita Azul o del Sultán Ahmed. Son sus bonitos mosaicos azulados los que le dan el nombre; con sus seis minaretes, es competencia directa de la Meca.

La zona del hipódromo siempre ha sido el centro neurálgico de la ciudad. Por la mañana es ocupado por los turistas, pero durante el Ramadán, hacia las seis de la tarde lo van reconquistando los istambulitas: los manteles a cuadros y las ollas con comida van extendiéndose por los parterres y un jolgorio de familias se va preparando para la cena, que se inicia cuando en el minarete se reza la oración en el justo momento en que cae el sol.

Durante siglos las cúpulas de Aya Sofía obsesionaron a los arquitectos otomanos. Entre ellos destacó Mimar Sinán, quien consiguió armonizar dos geometrías cerrando un edificio cuadrado en una cúpula circular.

Sinán también dejó su huella en la capital imperial, en la imponente mezquita de Solimán, situada en la más alta de las siete colinas entre las que se sitúa la ciudad antigua, con su mausoleo y un bonito jardín con vistas al mar. ¡Solo tardaron siete años en construirla! El recinto también acogió cinco madrazas, una escuela, un hospital, una facultad de medicina, un caravasar, un hammam… Algunas de estas construcciones actualmente se están reconstruyendo.

El interior de la mezquita es de una gran belleza; los juegos de luces de sus vidrieras son una maravilla; sentarse y disfrutar de ellos es una gozada. “Dios es la luz de los cielos y de la tierra”, reza una sura del Corán, y Sinán quiso trasladarla a sus mezquitas. Dicen que en Aya Sofía, Dios habla con los rayos de luz; en la Süleymaniye, Dios es luz.

Hay dos joyas más de Sinán: la mezquita de Rustem Pasa, detrás el Bazar Egipcio, donde la cúpula se levanta sobre una planta octogonal, y quizás, la más deliciosa de todas, la Semsi Ahmed Pasa, en la parte asiática. Por unas pocas liras vale la pena cruzar el Bósforo en ferry hasta Üsküdar; cerca del muelle, esta pequeña y atrevida mezquita intenta besar el mar.

Pasear por la parte asiática también vale mucho la pena. Esta parte es más tranquila y podemos ver las yalis, pequeñas mansiones de madera que eran las antiguas residencias de verano de los ricos istambulitas.

Otra belleza que guarda Estambul es el palacio otomano, el Topkapi, iniciado por Mahmet II y posteriormente ampliado. Su desmesura abruma, la sucesión interminable de salas, patios, dependencias… decorados con azulejos de Iznik, a cual más bonito y delicioso, la madera tallada y decorada con marfil…; con sus historias de odaliscas, eunucos, sultanes y tesoros… encienden la imaginación.

Se puede tomar el ferry, esta vez para navegar por el Cuerno de Oro hasta Eyup, y subir andando por el cementerio otomano hasta el Café Pierre Loti; también se puede subir en teleférico, para tomar un çay con unas buenas vistas de la ciudad.

Recorrer la muralla, e incluso escalarla por unas empinadísimas escaleras hasta la iglesia bizantina de San Salvador de Chora, que cuenta con bellos y magníficos mosaicos que son un placer para los ojos, es una buena opción que nos descubre callejuelas que nada tienen que ver con la ciudad antigua y los edificios acristalados del otro lado del puente Galata.

Al regresar de Chora a Eminönu, podremos contemplar lo que queda del acueducto, sello por excelencia de gran ciudad romana.

El museo arqueológico, con la supuesta tumba de Alejandro Magno, es también parada obligada para darnos cuenta de la importancia estratégica e historia milenaria de este país: hititas, frigios, helenos, romanos, cristianos, judíos, turcos, otomanos, han dejado sus huellas.

Quedan todavía cosas en el tintero: la fastuosidad del palacio Dolmabache, donde la protagonista de “De parte de la princesa muerta” pasó su infancia, la frescura del palacio de verano de Beylerbeyi, en la parte asiática, el museo de mosaicos, la mezquita subterránea al otro lado del puente Galata, la Torre Galata…

Una ciudad vital y cosmopolita

estambul-3Se estima que en esta megápolis viven casi trece millones de almas. Ríos de gente arriba y abajo y un tráfico loco que te pone los pelos de punta, en algún momento puede agobiarte.

Pero callejear sin rumbo prefijado y perderse entre la gente con los sentidos bien atentos te descubre olores, comportamientos y rincones que te muestran la cotidianidad de la ciudad.

El Gran Bazar y el Bazar Egipcio o de las especias, son de los puntos más bulliciosos de la ciudad, donde turcos de todas partes del país y turistas se mezclan, aunque actualmente los bazares parecen haber quedado para turistas, sobre todo el de las especias. Pero esto no es excusa para no recorrer sus pasillos a primera hora de la mañana y disfrutar de la belleza del recinto, sus patios, tomar un çay en sus caravasares, antiguas posadas de la Ruta de la Seda, y entablar una conversación con alguno de sus vendedores, que solo con oír una palabra descubren tu procedencia.

Las empinadas callejuelas adyacentes al Bazar están llenas de vida porque es aquí donde compran los istambulitas. Recorriéndolas, sin más, vas dibujando el mapa de las zonas de compra: ropa, zapatos, piel, enseres del hogar, mercerías… Hombres cargados con grandes fardos suben cuesta arriba pidiendo paso, mujeres cargadas de bolsas, vendedores que llaman tu atención…

Estambul siempre ha sido una ciudad de paso de mercaderes y, sobre todo una ciudad de acogida; en ella han convivido musulmanes, judíos, cristianos, ortodoxos, gitanos...

Actualmente se está produciendo un proceso de “turquización” del país, exaltando el nacionalismo turco en detrimento de las minorías, cosa que también está sucediendo en otros países. No hay que olvidar que Turquía, como tierra de paso que ha sido, es una amalgama de comunidades con sus propias tradiciones y lenguas que han sabido convivir en paz y, lo más importante, que han enriquecido el país.

Durante siglos el flujo continuo de gente de muy diversas procedencias ha hecho de Estambul una ciudad rica económica y culturalmente, abierta y respetuosa. Y es que el gran baluarte de las ciudades abiertas al mar es la brisa marina que trae nuevas ideas y ventila las viejas, haciéndolas ciudades tolerantes y ricas por la comprensión de lo diferente. Estambul, a lo largo de su dilatada historia lo ha sabido aprovechar muy bien convirtiéndose en un ejemplo de convivencia y tolerancia. Sería una lamentable pena que perdiera esta singularidad.

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