Marzo 2007

EVEREST: EL ALMA DE UNA MONTAÑA

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EVEREST: EL ALMA DE UNA MONTAÑA


“He descubierto la montaña más alta del mundo”. Era el PXV, o Chomolugma, al que se rebautizó en honor al coronel George Everest, quien promovió topografías de toda la India y que, sin embargo, nunca vio la montaña que llevaría su nombre, la “Diosa Madre del Mundo.

 

Muchas culturas hablan en sus tradiciones de la “unión” entre la tierra y el cielo, y hablaban de que sobre las altas montañas existía la posibilidad de tal contacto. Hay montañas que se han convertido en verdaderos mitos: las montañas del Cáucaso, célebres por ser el lugar donde supuestamente encadenaron al titán Prometeo; el Monte Olimpo; el Ararat, donde se supone que encalló el Arca de Noé; el Fujiyama en Japón, el monte Kailas en Tíbet o el monte Meru de los budistas. En todos los continentes el ser humano ha realizado pirámides de diversas formas y tamaños para imitar, de alguna manera, a las montañas sagradas.


El monte Everest también se ha convertido en un mito con el paso de los años, no solamente para los alpinistas, sino para todo aquel que ama las montañas.

EL TECHO DEL MUNDO


Sirviendo a veces de frontera infranqueable entre distintos países o, por el contrario, como lazo entre pueblos, el Himalaya fue desde antiguo una encrucijada de culturas, lenguas, religiones y civilizaciones. Ya en el año 399 un peregrino chino, Fa-Hieng, atravesando la gran cadena, conoció la portentosa cordillera. Pasaron más de mil años hasta que se adentraron los primeros europeos, en este caso monjes jesuitas. Pero hasta finales del s. XVIII no comenzó la era de la exploración del Himalaya con la dominación británica de la India.


El descubrimiento del Everest fue una parte del trabajo del Servicio Geográfico de la India, que emprendió un trabajo de triangulación de todas las grandes cimas. Un día, el topógrafo indio Radhanath Sikdhar corrió presuroso a la oficina de Sir Andrew Waugh, el cartógrafo general de la India, “Sir –jadeó el topógrafo- he descubierto la montaña más alta del mundo”. Era el PXV, o Chomolugma, al que se rebautizó en honor al coronel George Everest, quien promovió topografías de toda la India y que, sin embargo, nunca vio la montaña que llevaría su nombre, la “Diosa Madre del Mundo”.


Maurice Wilson, fue el primero que intentó escalar el Everest en solitario, con la única ayuda de su fe y fuerza de voluntad. Era el año 1934.


Muchas expediciones e intentos se sucedieron desde que Occidente descubrió la existencia de techo del mundo. Gran Bretaña, Italia, Alemania y EE.UU. no dudaron en invertir dinero y vidas humanas en conquistar los ochomiles del Himalaya y, por supuesto, el Everest.


A LA CONQUISTA DE LA CIMA


Irving y Mallory, fueron los que estuvieron más cerca de lograr la cima, o tal vez lo consiguieran, pero no volvieron, y jamás se ha podido saber si llegaron o no. La última vez que se les vio con vida estaban relativamente cerca de la pirámide final. Mallory dijo: “¿Hemos vencido a un enemigo? Sólo a nosotros mismos. ¿Hemos cosechado un éxito? Esta palabra carece de significado aquí. ¿Hemos conquistado un imperio? No... y sí.”


Fue el 29 de mayo de 1953 cuando un neozelandés y un serpa, pusieron por primera vez sus pies en la cima del Chomolungma. Tenzing Norgay y Edmun Hillary, un occidental y un tibetano, alcanzaron la gloria. Dos hombres de países y mentalidades diferentes que iban a compartir desde ese día, no solamente un éxito deportivo, sino una misma pasión por la naturaleza y las gentes de Tíbet y Nepal. Dedicaron gran parte de su vida a partir de entonces a ayudar al pueblo sherpa, promoviendo la construcción de escuelas y hospitales. A A estos hombres fue a los que la Diosa Madre del Mundo permitió acceder a su cima, haciéndoles un maravilloso regalo: la oportunidad de ser útiles a otros seres humanos. El éxito deportivo se transmutó en esa especie de gloria que es encontrar “el verdadero destino de uno”.


Para la mayoría de escaladores occidentales, el Everest ha significado un objeto de satisfacción de un reto personal, es la demostración ante uno mismo de que es posible superarse. Otros lo ven como una posibilidad de salir en los medios de comunicación y adquirir celebridad. En cualquier caso representa el éxito.


LA MONTAÑA SAGRADA


Pero, ¿cómo vive un oriental la ascensión al Chomolungma?


Los sherpas cuelgan banderolas de oración llamadas lungta (caballos del viento). Con cada sacudida de la bandera, el caballo pintado en el algodón galopa en el viento con plegarias que dan la vuelta al mundo y “benefician” a todos los seres vivos. Pero a un nivel más profundo, el lungta también representa el grado de madurez espiritual, la “fuerza interior” que impulsa a la persona, y por eso, el mejor lungta es el que se hace mediante acciones justas y reflexiones sabias.


El Everest es considerado la morada de la Diosa Miyolangsangma, la imperturbable y bondadosa elefanta, “protectora y benéfica”.


Los sherpas creen que anunciar las propias resoluciones, es una invitación al infortunio. Por eso no comprenden las campañas de marketing donde se anuncia la intención de escalar las montañas y cómo, a los occidentales, les encanta hablar durante horas de lo que les gustaría hacer. Ellos explican que “es mucho mejor dedicarse a ello y no hablar tanto”.


Dijo un escalador tibetano: “Preparé una plataforma de roca para mi tienda y me aseguré de que estaba situada de manera que, a la hora de dormir, mis pies no estuvieran orientados hacia la montaña, lo cual sería una falta de respeto y traería mala suerte.”



Los sherpas siempre han hablado del acercamiento al Everest con respeto, conocimiento, humildad y devoción. Si los escaladores extranjeros hubieran entendido mejor la cultura, la historia, los valores y las creencias de la gente que ha vivido a la sombra del Everest durante siglos, quizá no se habrían topado con tantas dificultades en las ascensiones. Su deseo de alcanzar la cima a toda costa consumió sus energías y eclipsó su “buena suerte”.


RITUALES PARA LA BENDICIÓN DE LA DIOSA


Los sherpas no inician la subida a la montaña hasta que no realizan la puja o bendición del campo base. La ceremonia es como una petición de “permiso” a los Dioses para escalar, además de solicitar buen tiempo y un camino seguro. Es un tipo de ceremonia Ser-Kyim, (ofrenda de la bebida dorada), y posee un amplio significado. Cualquier nueva empresa, como la construcción de una casa o la escalada de una montaña, requiere que las deidades se vinculen con un lama, quien les pedirá su comprensión y tolerancia.


La víspera se levanta una tosca construcción de roca en forma de stupa que servirá de punto de adoración. Se levanta también un mástil en el que izar banderolas de oración, siempre en número impar. Si el lhap-so se rompe o es desmantelado, se considera señal de mal augurio; por el contrario, creen que si se posa un cuervo sobre la rama de un junípero atada a la punta del mástil, la expedición tendrá éxito. Se llevan ofrendas de grano, patatas y bebida. Sentado sobre un cojín, el lama lee mientras dos serpas le sirven té. Los cánticos del lama invocan la presencia de ocho categorías de deidades, incluida la Diosa del Everest.


A pesar del tradicional aire de informalidad serpa en tales reuniones, es muy difícil que se distraigan durante su meditación y rezo. Los sherpas dicen que la inmensa desorientación que uno encuentra ante un posible riesgo de muerte –una experiencia para la cual el budismo ayuda a prepararse- distrae mucho más que el más molesto ruido de fondo. De hecho, los lamas insisten en que, a los practicantes expertos, los sonidos y la confusión les ayudan a concentrarse.



El equipo de escalada también debe ser bendecido. Entonces se distribuye tsampa, la cerveza de patata, y todos levantan la mano derecha mientras entonan al unísono, en un prolongado tono creciente “SwoooOOO” (“Arriba, que la buena fortuna nos acompañe!”) y se embadurnan unos a otros con la harina que queda en las manos, para representar que confían en “vivir hasta que el cabello y la barba se vuelvan blancos”.


DONDE SE FUNDEN LO HUMANO Y LO DIVINO


Un lama le explicó al hijo de Tenzing Norgay: “¿sabes que hay indicios de que tu madrastra, Ang Lhamu, la corpulenta, era en realidad una manifestación, una encarnación humana de Miyolangsangma? Era una protectora, una dadora de buena fortuna. Fue la que guió a tu padre hasta la cumbre. Le proporcionó una vida doméstica, y la estabilidad y el juicio necesarios para escalar la montaña sin riesgos. Todo eso se lo dio con sus bendiciones. Ella fue la plataforma de su misión, la misión que el lama de Ladakh vio en el espejo mágico. Ang Lhamu fue hasta él para que se cumpliera la profecía, y lo guió porque conocía el camino”.


Para el pueblo serpa el Everest es un gran ser vivo, Miyolangsangma, que tiene cinco hermanas, las Cinco Diosas de la Longevidad, cuyas moradas son cinco montañas que rodean a aquella. Para la India, Shiva es el Señor de la Montaña. Como dijo Ed Viestrus, “uno no conquista el Everest; pisa la cima a hurtadillas y sale corriendo”. Un sherpa añadiría, ¡con permiso de la montaña!


Francisco Capacete











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