Viernes, 01 Junio 2018 00:00

El Sol, antiguo símbolo de renacimiento

Renovación, movimiento, lucha, resurgir. Parece ser que a través de la observación de la naturaleza en la Antigüedad, estas características del astro rey han servido para colorear su simbolismo e inspirar en los pueblos el renacimiento interior como forma de evolución del ser humano.

América: guerra y movimiento igual a evolución

En la América precolombina, más precisamente en Mesoamérica, actual México, nos encontramos con la cultura náhuatl, con varios pueblos, entre ellos los aztecas, conocido como «el pueblo del Sol».

El simbolismo del Sol en la cultura náhuatl está relacionado con la guerra y el movimiento. La guerra florida que ellos llamaban. No es la guerra de unos contra otros; es una guerra más profunda que está en toda la naturaleza, en todos sus aspectos y, por lo tanto, también está dentro de nosotros. Es la lucha de la luz contra la oscuridad, porque el Sol, cada día, resurge de las tinieblas, porque después del invierno siempre viene el renacimiento de la primavera, porque toda semilla hace un esfuerzo para nacer, ver la luz y ser flor. Es la lucha de nosotros mismos contra nuestros enemigos interiores, que nos impiden ser más luminosos, más solares. Y que nos permite renacer renovados de las batallas.

Por eso, en el mito del dios del sol, Huitzilopochtli, este ya nace luchando. Es más, nace porque tiene que luchar, por eso viene al mundo. Cuenta el mito que 400 enemigos perseguían a su madre embarazada, y cuando la iban a matar, nace él, el Sol, simbolizando toda la potencia capaz de hacer retroceder las tinieblas.

Este mito encierra un profundo sentido de la vida para estos pueblos. Es decir, que la vida en la Tierra está para que estemos en batalla, en movimiento. Es el emblema de la espiritualidad consciente, del que ha luchado, ganado y, por su propio esfuerzo, ha adquirido conciencia, dominando la oscuridad para llegar a la plenitud espiritual.

Representacion de Kepri el sol naciente

El peligro para la evolución del ser humano está en la inercia, la comodidad y la falta de movimiento, tan propia de la materia y de lo material, del materialismo. La salvación está en el movimiento que se realiza en el corazón del ser humano por la lucha entre las fuerzas contrarias.
A cada lucha, es decir, en cada vida, el alma, que es un colibrí en la mitología náhuatl, gana más fuerza para volar más alto. Cada vez que abandona el cuerpo físico tras haber luchado interiormente, es más fuerte para ir subiendo, subiendo, hasta que, tras muchas vidas, adquiere tal fuerza y evolución que se eleva a punto de alcanzar el Sol y fundirse con él, el gran espíritu que nos rige y de donde hemos venido. Entonces, ya no tiene que regresar a la batalla en la Tierra porque ha completado su evolución.

Egipto: el Sol renace todos los días

El Sol en Egipto, Ra, es el creador y simboliza el renacimiento. En un ciclo eterno, parte de toda la vida, el Sol «moría» todos los días al atardecer. Pasaba sus pruebas por la noche, viajando con su barca por el río de las tinieblas y enfrentando a los enemigos que intentaban cortar su paso. Al final, vence las dificultades y vuelve a nacer al amanecer repitiendo constantemente el mismo proceso de la creación del universo.

En cada punto de su viaje diario de renacimiento, el Sol tenía su simbolismo. El Sol del amanecer, el que acaba de resurgir de la batalla contra la oscuridad, se llamaba Kepri y era representado por un escarabajo empujando un disco. Y Kepri, en Egipto y a nivel humano, era también el discípulo, es decir, aquel que aprende de las pruebas y renace más sabio de ellas.

Todos vemos este movimiento del Sol todos los días, y lo vemos bastante mecánicamente: amanece, es mediodía, se pone, vuelve a amanecer… Pero en Egipto este simbolismo caracterizaba toda la vida. Toda la naturaleza y todo ser humano vive en ciclos de enfrentar las tinieblas para poder renacer si vence las pruebas.

Y para coronar de belleza el simbolismo de Kepri, el escarabajo, cuando este renacía y le daba la luz y el calor del Sol en todo su esplendor (Ra), que en este caso representan la sabiduría adquirida, el fuego espiritual, este escarabajo abría sus alas y podía volar. Es decir, que ya no tenía que arrastrarse por la tierra, por el mundo material, sino que podía elevarse hacia la luz y fundirse con el Sol, de la misma manera que cada uno, cuando aprende de las batallas y se levanta renovado y evoluciona y «vuela» porque es más libre.

Grecia: el Sol y la luz del conocimiento

En la Grecia antigua, como siempre, hay una exuberancia de belleza y de símbolos.

Cuenta la mitología que cada mañana se abren las puertas del cielo y de ellas parte el dios del Sol Helios con radiante majestad, conduciendo su carro de oro y portando su yelmo dorado, mientras la brisa de la mañana hace flotar su ropaje. Va lanzando ardientes miradas que proyectan inmensas ráfagas de luz que iluminan el mundo entero. Eos, la aurora, le precede y va alfombrando su camino con flores.

No va solo, su comitiva está formada por las Horas, los Días, los Meses, los Años y los Siglos.
Uno de los atributos más importantes de Helios es que es «el que todo lo ve», otorgando así a los seres humanos la vista o la ceguera.

El Sol es el que nos permite ver, eso queda claro, por la luz. Sin luz no se ve. Pero este simbolismo no habla solamente de la luz física. Y la luz que nos permite ver en el mundo sutil es el conocimiento. Esta es una clave simbólica y filosófica muy importante.

Este simbolismo del Sol representando la luz del conocimiento, que es lo que hace al ser humano evolucionar, aparece en el mito de la caverna de Platón. Si la caverna es nuestro mundo y estamos encadenados mirando sombras de la realidad, la verdadera realidad está afuera, donde está el Sol. Cuando el personaje del mito sale de la caverna, lo que puede contemplar en última instancia cuando ya está preparado es el Sol, es decir, el verdadero conocimiento. Salir de la caverna simboliza salir de la ignorancia del mundo material, y contemplar el Sol significa comprender la verdadera luz de la sabiduría y renacer como un ser humano completo que ha llegado a tener conciencia de todos los planos de existencia.

Roma: la festividad del Sol invicto, época de renovación

Hubo un culto solar muy difundido en Roma: el de Mitra. Un culto «importado» de Oriente, más precisamente de Siria, según la mayoría de los autores. Mitra es el Sol.

Fue muy popular, sobre todo entre los legionarios, porque trataba el tema de la muerte de forma filosófica, sin dogmatismos, como algo natural dentro de estos ciclos que componen toda la vida en el universo. Y también porque se basaba en una ética de responsabilidad personal: uno se tiene que acercar a Mitra a través de su purificación y del trabajo interior. No ocurrirá ningún milagro, sino que para llegar a la divinidad hay que ser mejores.

La festividad de nacimiento de Mitra se llamaba Natalis Solis Invictus, el Sol Invicto. Una festividad en homenaje al Sol, pues es invencible, siempre renace, reluce y vuelve a traer luz.

Era celebrada el 25 de diciembre, día en que el Sol «vence a las tinieblas». Después del solsticio de invierno, sobre el 21 de diciembre, la noche más larga del año, hay un periodo de algunos días donde hay una especie de «lucha» entre el día y la noche. Hasta que, finalmente, sobre el 25 de diciembre es cuando la luz vuelve a reinar: el día se hace más largo que la noche un año más. Representa la renovación de todos los años.

Dejar atrás todo lo acumulado con las experiencias del año y renacer purificados, más conscientes, habiendo aprendido de estas experiencias pero sin cargar ya con su peso, era el sentido de la celebración del Sol Invicto.

Toda la naturaleza está en constante renovación. Un árbol no guarda sus hojas muertas durante el invierno para en primavera acumular más hojas, sino que deja caer lo que ya no sirve, se purifica y renace renovado en primavera, con nuevas hojas y flores.

De tomar como ejemplo al Sol y a la naturaleza, surge una importante clave de evolución y de trabajo interno: la posibilidad de renovarse constantemente, de desechar lo que no sirve y hace daño pesando en la vida para volver a brillar, renacidos.

Movimiento, lucha, renovación, renacimiento, son atributos de todo lo que está vivo. El que abandona la batalla, se deja llevar por la inercia, puede considerarse muerto. Puede comer, trabajar, comprar, vivir mecánicamente, si es que esto se puede llamar vivir. Pero estará muerto en su parte solar luminosa, la más elevada. El simbolismo antiguo del Sol viene a transmitir un ideal de búsqueda de la luz que traspasa todas las formas de culto y habla de la misma evolución humana, relacionada con dominar la materia, el cuerpo, «lo oscuro» y llegar al espíritu, lo luminoso, el Sol en nosotros.


 

Publicado en Culturas del Mundo
Jueves, 01 Febrero 2018 00:00

Los Pueblos del Mar

Para un arqueólogo, el hallazgo de una losa de piedra con escritura grabada es mucho más valioso, y, por supuesto, emocionante, que el del más hermoso de los diamantes. Y si tiene 3200 años, mucho mejor. Ha sido en Turquía. Y ha costado mucho leerlo, porque no llegan a la docena los expertos que pueden descifrar la lengua luvita, que se habló, hace miles de años, en el oeste de Anatolia.

La losa habla del surgimiento de un poderoso reino llamado Mira, que formaba parte de la confederación de los pueblos del mar. Mira controló Troya, teniendo al frente al rey Kupantakuruntas. Luchó con el rey troyano Muksus, que conquistó Ashkelon por mar, y que hoy es territorio palestino. Nos narra que acabaron con varias civilizaciones de Oriente Medio, de las que ignoramos su importancia.

Añade datos desconocidos a una historia de por sí muy enterrada en la lejanía de los tiempos.

A los luvitas se les llama también luvio-arameos o sirio-hititas. Aparecen como consecuencia de la caída de los Imperios hitita y mitanio, cuando tiene lugar la transición de la Edad del Bronce en el Mediterráneo occidental a la Edad del Hierro en el Mediterráneo oriental, época de grandes movimientos políticos y sociales. Toda la costa mediterránea está en ebullición. Es entonces, a río (o a mar) revuelto, cuando surgen los llamados Pueblos del Mar, grupos guerreros que se unen para llevar a cabo incursiones militares.

De esos pueblos sabemos muy poco; ni quiénes eran, ni su lugar de origen, ni qué pasó con ellos. Al parecer los egipcios los conocían, según sabemos por fuentes de la XIX dinastía, desde un punto de vista militar; o sea, se enfrentaron con ellos. La Estela de Tanis, de época de Ramsés II, habla de los rebeldes shardana (posibles sardos), grandes combatientes de los que se dice que llegan de lo profundo del mar en invencibles naves de guerra.

Incluso se ha llegado a decir que la desaparición simultánea, ocurrida en torno al 1175 a. C., de las civilizaciones hitita, micénica y mitanni, se debió a las feroces incursiones de los Pueblos del Mar. Por lo menos, si debemos creer las crónicas de Ramsés, dice que destruyeron Hatti, Ugarit y Hazor. Y debieron asentarse, siquiera por un tiempo, en los territorios conquistados, porque no fueron solo incursiones militares, sino grandes movimientos de población llegados también por tierra, en busca de asentamiento.

LOS PUEBLOS DEL MAR 1

Lo que no sabemos es la causa de esa migración masiva, si por guerras en sus propios territorios, hambrunas, epidemias o desastres naturales; quizá sequías o inundaciones. Ni por qué crearon esa confederación, en una época en que cada pueblo actuaba por sí solo, tenía a su rey o señor de la guerra y eran poco dados a unirse y obedecer a uno sobre los demás poniéndose de acuerdo en la estrategia de una batalla. Sabemos solo que era una serie de poblaciones del sur de Europa, que invaden Anatolia, Siria, Palestina, Chipre y Egipto, y que son citados por algunas fuentes e inscripciones: el obelisco de Byblos, las Cartas de Amarna, la Estela de Tanis y las inscripciones de Merenptah.

Tenemos nombres: Kukunnis, hijo de Lukka, que luchó contra Ramsés en Kadesh, y luego contra los hititas a los que había ayudado. Se nos habla de los shardana, posibles sardos, en las Cartas de Amarna, en la época de Akenatón, donde se les describe armados de largas espadas, lanzas y rodelas, vestidos con faldellín y tocados con casco cornado.

También de los sekeles, quizá sicilianos, citados en las inscripciones de Merenptah, y en torno al escenario de la guerra de Troya.

Pero los más enigmáticos son los danuna, a los que la leyenda, o la historia, que tantas veces se entrelazan, nos presenta como atlantes establecidos en Rodas. Nos dicen que adoraban a una diosa primordial, Danu, a la que representaban como una luna rodeada por una serpiente. Los danuna, en sí, entran en la leyenda mitológica: eran seres anfibios, de pies palmeados, dotados de poderes mágicos. ¿La reina Pied d’Auque lemosina?

Historia y leyenda. ¿Poderes mágicos? ¿Quizá restos de una avanzada tecnología? ¿Eran los supervivientes de la Atlántida?
¿Y España? ¿Hubo en España pueblos del mar? Los hubo. Lo fue la andaluza Tartesos, el lugar donde moraban los llamados príncipes de Occidente. Concretamente se localiza su zona, según recientes hallazgos arqueológicos submarinos, en Doñana. Sabemos que este lugar sufrió dos probables tsunamis, uno en 1500 a. C. y otro en el siglo II d. C. Lo hallado se corresponde con bastante exactitud con las descripciones de Platón en el Timeo , en que habla de cómo en esa zona se detuvo la marcha, en una terrible batalla naval, de un gran imperio que avanzaba desde el Atlántico por Asia y Europa, frente a las Columnas de Heracles, en torno a una isla desde la que se podía pasar con facilidad a tierra firme. Dice que fue una enorme potencia, famosa por su modo de vida y sus dotes guerreras; pero tras un violento terremoto y un consiguiente diluvio la isla atlante se hundió en el mar, aunque no a mucha profundidad.

Estos son los restos recientemente descubiertos. Los restos de la mítica ciudad de Tartesos, en la desembocadura de Doñana; entre ellos destacan unas enormes columnas y una amplísima escalinata de mármol, posiblemente pertenecientes a algún templo.

LOS PUEBLOS DEL MAR 4

Platón habla de sus reyes, uno de los cuales se llamaba Gadiro seguro origen del nombre de Gadir, Cádiz, antes de que los fenicios le pusieran, o así se supone, ese mismo nombre, la que los griegos consideraron la primera civilización de Occidente. Cita muchos más nombres que sería pesado enumerar. Cita la Gadírica, junto a las Columnas de Heracles, y su dominio de la costa africana hasta Libia. Efectivamente, el oriente mediterráneo sufrió una invasión masiva de una confederación de reinos, algunos de origen incierto. Los llaman los Pueblos del Mar. Cádiz está entre ellos.

La Biblia habla del comercio de la Jerusalén del rey Salomón con las naves de Tartesos. Tarschish llamada en el Libro. El nombre del rey de ese momento es Argantonios. El Rey de la Plata.

Pueblos del Mar fueron los vikingos. Una confederación de pueblos del norte que se aliaban para ir «de viking», de expedición. De ahí les viene el nombre. Pueblos guerreros que a bordo de sus drakar, de los siglos VIII al XII aproximadamente, comerciaban, conquistaban o arrasaban pueblos de la costa europea, y que en Britania y Normandía formaron colonias permanentes.
Tantos mares. Tantos navegantes. Tantos sueños ganados y perdidos en el mar.

Publicado en Maestra historia

En unas excavaciones arqueológicas situadas en el corazón de Tel Aviv (Israel), se encontraron los restos de una cervecería de 5000 años de antigüedad, que pertenece a un establecimiento egipcio de la Edad del Bronce (entre 3500 y 3000 años a.C.). Fue excavado por arqueólogos del IAA con motivo de la inminente construcción de una nueva torre.

La excavación entregó útiles de hace 6000 años, incluyendo una daga de bronce e instrumentos de sílex, así como un tipo de cerámica característica de la cultura local y fragmentos de tinajas en que se confeccionaba la cerveza. La cerveza egipcia era una especie de grapa con un contenido bajo en alcohol que formaba parte habitual de la dieta, acompañada de pan.

Al parecer, «Los egipcios bebían cerveza en la mañana, al mediodía y en la noche», comentó el director de las excavaciones, Diego Barkan. «Encontramos diecisiete hoyos en las excavaciones, que fueron usados para almacenar productos agrícolas en la Temprana Edad del Bronce». También se halló una inscripción del tercer milenio a.C. que decía: «La boca de un hombre perfectamente contento está llena de la cerveza».

http://www.timesofisrael.com/ancient-egyptian-brewery-found-in-downtown-tel-aviv/#ixzz3Vqzxq3RH
Cortesía del Instituto Hermes http://www.hermesinstitut.org/

Publicado en Chispas Científicas
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