Miércoles, 01 Enero 2020 00:00

Dónde jugarán los niños, Maná

Perteneciente a su tercer álbum, publicado en 1992 (para muchos el mejor), Dónde jugarán los niños, de Maná, se ha convertido en un himno en favor del planeta y de la terrible herencia que estamos dejando a nuestros hijos:

Cuenta el abuelo que de niño él jugó

entre árboles y risas y alcatraces de color.

Recuerda un río transparente sin olores,

donde abundaban peces, no sufrían ni un dolor.

Decía el gran jefe Seattle en su famosa carta el presidente de los EE. UU: «La tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra».

Aunque todavía hay gente que piensa que el hombre es el centro de la creación y que todo lo que le rodea está a su servicio, son cada vez más los piensan que la Tierra no es una roca que gira alrededor del Sol.

Tales de Mileto, en los siglos VII-VI a. C., afirmaba que la materia de nuestro universo y de nuestra Tierra no es inerte, sino que está viva, todo está vivo: los árboles, las piedras, los ríos.

En 1969, el investigador británico James Lovelock expuso la hipótesis Gaia, en la que decía que el planeta es un ser vivo.

Y sin embargo… la Tierra llora:

La tierra está a punto de partirse en dos.

El cielo ya se ha roto, ya se ha roto el llanto gris.

La mar vomita ríos de aceite sin cesar.

Y hoy me pregunté, después de tanta destrucción:

¿dónde diablos jugarán los pobres niños?

Observamos atónitos como políticos y ecologistas se reúnen periódicamente y llegan a la conclusión de que la Tierra está enferma. Pero parece ser que los intereses políticos y económicos se anteponen a las necesidades de nuestra Madre.

Por eso la Tierra llora, por ella misma y por los seres humanos que la maltratan como si el destino de su Madre no fuese algo importante y urgente. Es casi imposible respetar la naturaleza mientras el egocentrismo humano siga pensando en un destino diferente para el ser humano y la naturaleza.

Pero no todo está perdido, todavía hay tiempo para recuperar el sentido de los filósofos antiguos, que pensaban que la naturaleza está animada por principios divinos, todavía estamos a tiempo de dejar a nuestros niños un lugar donde jugar.

Miércoles, 01 Enero 2020 00:00

Séneca: la filosofía como terapia

Personaje multifacético, Lucio Anneo Séneca (4 a. C.-65 d. C) vivió una de las épocas más controvertidas del Imperio romano. Fue filósofo, político, abogado, escritor de prestigio ya en su época y preceptor del emperador Nerón. Es uno de los máximos exponentes del estoicismo romano.

Su filosofía es una auténtica terapia para el alma y un consuelo para los momentos difíciles de la vida.

Han pasado más de dos milenios y sus enseñanzas adquieren una tremenda actualidad por su profunda comprensión de los resortes psicológicos del ser humano.

Séneca pretendía que la filosofía realmente ayudara al ser humano a ser más feliz, a conocerse y a vivir más acorde con la naturaleza. Por eso, no consideraba filosofía lo que enseñaban otros personajes que se llamaban a sí mismos filósofos y que se dedicaban a hacer juegos de sofismas o silogismos cuya única finalidad era agudizar el ingenio. Cicerón llamaba a los sofismas «Cavillationes» o «cuestioncillas sutiles», que no sirven para la vida.

Séneca decía de su maestro Papirio Fabiano que era un «filósofo no de los de salón, como los de ahora, sino a la vieja usanza». Llama a los falsos filósofos Cathedrariiphilosophi, filósofos que enseñan desde la cátedra, no con el ejemplo de su vida (la cátedra era la silla de brazos desde donde enseñaban).

Ortega y Gasset, en su libro ¿Qué es la filosofía?, explica por qué la filosofía en nuestra época ha sido suplantada por otras ciencias que tienen la finalidad de «dominar la materia». En la segunda mitad del siglo XIX, con la Revolución Industrial, se dio especial importancia a lo utilitario en detrimento de las humanidades, pero como afirma el gran pensador español, una sociedad en la que la filosofía, la reflexión no tiene lugar, es una sociedad fácilmente manipulable.

La filosofía nos plantea preguntas fundamentales para el ser humano, como cuál es el sentido de la vida. Si carecemos de grandes preguntas, en lugar de acercarnos a una dimensión mayor de la vida, una más grande perspectiva, nos quedamos con la visión de un «paisaje mutilado».

Habría una diferencia entre sabiduría y filosofía.

La sabiduría es el logro del ansiado Bien, es la llegada a la cumbre, es poder vivir el arte de la vida, haber llegado a la meta. La filosofía, en cambio, es el amor o anhelo de la sabiduría. Busca lo que la sabiduría ya posee. El filósofo (filo, ‘amor’, y sofos, ‘sabiduría’) es el que «ama la sabiduría». A través del camino de la virtud que le lleva a la esencia de sí mismo, puede aproximarse a lo esencial de todas las cosas. Lo que el filósofo anhela, el sabio ya lo ha alcanzado.

Solo el sabio goza de verdadera salud. Los filósofos o aspirantes a la sabiduría se llaman también proficientes y son los que aspiran a la perfección, los que pretenden curarse de las enfermedades del alma.

«No es lo mismo recordar que saber. Recordar supone conservar en la memoria la enseñanza aprendida; por el contrario, saber es hacerla suya, sin depender de un modelo, ni volver en toda ocasión la mirada al maestro», nos dice Séneca.

También nos dice que la sabiduría, a diferencia de los conocimientos técnicos destinados a hacer más cómoda la vida del hombre, no alecciona nuestras manos, sino nuestras almas.

SENECA LA FILOSOFÍA COMO TERAPIA 3

La escuela estoica tuvo buena acogida en Roma. Su ideal de excelencia moral y de virtud daba seguridad interior en unos momentos de gran inestabilidad por las guerras civiles y, más tarde, por la conducta de algunos emperadores.

Séneca no se preocupa por transmitir los planteamientos clásicos de los fundadores del estoicismo como Zenón, Crisipo o Cleantes; resaltará principalmente el valor práctico de su pensamiento. A él no le importa tanto de quién son los preceptos sino que sean adecuados para el problema o la persona a la que se dirigen. «El filósofo no está para servir de archivo sapiencial, sino para administrar con prontitud y lucidez el remedio adecuado».

Vemos en Séneca al filósofo ecléctico que acoge en su pensamiento lo mejor de las diferentes corrientes filosóficas: estoicismo, cinismo, epicureísmo, neopitagorismo. Para Séneca, al igual que para Cicerón, todas estas escuelas persiguen la felicidad; lo que cambia es el método, el camino por el que cada una persigue el tan ansiado bien al que llaman Sumo Bien. Pero es en los filósofos del pórtico en los que encuentra mayor inspiración, tanto en sus obras como en su vida.

Séneca hará especial hincapié en la moral. Escribió un libro sobre filosofía moral que se ha perdido, pero en sus obras queda plasmada su enseñanza moral, especialmente en los diálogos y en sus Cartas morales a Lucilio. Séneca eleva la moral atemporal al lugar que le corresponde, una ética profunda que rebasa las costumbres propias de una época o lugar determinado, y su puesta en práctica nos acerca a lo más noble en nosotros y en la naturaleza, nos permite no depender de lo circunstancial en la vida. La práctica de esta filosofía moral nos conduce a la apatía (sin pasión o perturbación del alma), es decir a la serenidad, a la salud perpetua e integral.

Séneca no es simplemente un filósofo de preceptos para llevar una vida más feliz, sino que lo que pretende principalmente es que el ser humano sepa quién es y qué lugar ocupa en el mundo; solo entonces, cuando el ser humano quiere vivir de acuerdo con su naturaleza, surge el camino de la ética y la virtud.

«El estoicismo es amarga medicina. Séneca pertenece a esta estirpe de antiguos filósofos que nos trae el amargo despertar de la razón, que nos sacude de nuestros delirios y ensueños para “hacernos entrar en razón”, como el pueblo español dice todavía. Vemos en Séneca a un curandero de la filosofía, que sin ceñirse estrictamente a un sistema, burlándose un poco del rigor del pensamiento, nos trae el remedio» (María Zambrano).

Séneca recoge de la filosofía la función sanadora; el filósofo se convierte así en conductor de almas o psychagogos.

Si consideramos la enfermedad como una falta de armonía entre las partes de un todo, esta se puede dar no solo a nivel corporal, sino también a otros niveles, como el emocional o mental.

Si la virtud es armonía con uno mismo, con la naturaleza y con Dios, la enfermedad del alma se daría cuando algo ha ocupado el lugar que no le corresponde.

Para Séneca, la enfermedad estaría producida por las pasiones y los vicios que se han adherido tanto al alma que se han hecho crónicos, dando lugar a la enfermedad, al igual que un catarro que, si se cronifica, se puede convertir en una bronquitis. La enfermedad también sería la consecuencia de un error en los juicios o razonamientos sobre las cosas.

La filosofía a la manera clásica es un camino para vivir en armonía con la naturaleza y para lograr un desarrollo integral del ser humano. En este sentido, la filosofía es terapéutica.

Las antiguas filosofías desarrollaron una serie de prácticas que sirvieron de terapia para el alma. Los diferentes discursos constituían el remedio oportuno para restablecer la salud del alma: exhortación, reprimenda, consuelo o instrucción.

Estas filosofías, que desempeñaron un gran papel en la dirección espiritual de las almas dolientes, albergaron un gran conocimiento del «corazón humano», de sus motivaciones, conscientes e inconscientes, de sus intenciones profundas, etc.

Sus diálogos morales son un ejemplo del procedimiento usado por los filósofos estoicos y cínicos para llevar al alma a través del razonamiento, de un planteamiento erróneo y, por lo tanto, que tiende a la enfermedad, a un restablecimiento de la salud al aplicarse las directrices de la razón que llevan a salir de la ignorancia. A través del diálogo surgen las argumentaciones que llevarán, tras superar las oportunas objeciones, a exponer el remedio saludable para lograr las virtudes sanadoras.

El diálogo es el estilo literario escogido por Séneca para aportar los remedios para los males del alma. Para ello utilizará los recursos propios de la predicación popular: el empleo de términos propios de la medicina, los ejemplos extremos que espolean las conciencias, las preguntas oportunas, los ejemplos históricos o mitológicos, las citas de los sabios, etc. Al igual que las tragedias, parece que los tratados de Séneca pretenden impresionar al lector a través de lecciones más que a través de razonamientos lógicos.

Cuando leemos las obras de Séneca, vemos que continuamente hace alusiones a la curación. Él quiere saber para enseñar, para ser útil a los demás, para exhortarles, consolarles, para darles remedios curativos que son sus enseñanzas filosóficas. En sus obras, especialmente en sus Cartas morales a Lucilio, encontramos numerosos párrafos que demuestran sus conocimientos de medicina, y muchas alusiones a la terapia o curación del alma por medio de la filosofía. Y es que el contacto con las ideas de los grandes filósofos y pensadores produce una elevación de la conciencia que favorece la salud del alma.

SENECA LA FILOSOFÍA COMO TERAPIA 4

En una carta a Lucilio, Séneca, en lugar de comenzar como era de cortesía en las cartas, «Si tienes buena salud, me alegro, yo disfruto de buena salud», le dice: «Si cultivas la filosofía, me alegro, porque esto es en definitiva tener buena salud. Sin esto, el alma está enferma; hasta el cuerpo, por grandes energías que posea, no está igual de vigoroso. Por eso, cultiva primero esta salud; luego, la del cuerpo».

La terapia filosófica de Séneca pretende que confiemos la dirección del timón de nuestra alma a nuestra mejor parte, a la razón. Los juicios o razonamientos acertados sobre nosotros mismos y sobre las cosas nos conducen a la salud.

Para poder guiarse por la virtud, el hombre debe conocerse a sí mismo.

«¿Cómo hallarás lo que sea mejor para el hombre si no examinas la naturaleza de este? Llegarás a conocer tus deberes positivos y negativos cuando sepas qué es lo que debes a tu naturaleza».

Para cada cosa, lo mejor es aquello para lo que nació, y en esa conformidad se cumple su perfección (el Dharma de los hindúes). La libertad consiste en unificar la propia voluntad con la necesidad divina, en asentir al orden universal. «Es libre quien libremente obedece a lo que necesariamente sucede».

Para el estoico, solo se considera bueno lo bueno en sentido moral, las demás cosas no son verdaderamente bienes. Séneca, en sus escritos, quiere que no se confundan estas realidades con «lo Bueno», porque sería hacer depender al hombre de cosas exteriores: fama, riquezas, etc. Pero como esto no depende de nosotros mismos, por ese camino no es posible alcanzar la plenitud humana ni la felicidad. Séneca se refiere a esas realidades comoindiferentes. Eso no significa que algunas sean preferibles o comoda a otras, pero en sí mismas no son buenas ni malas, no hacen bueno o malo al que las posee. Igual de falso sería medir la estatura de los actores cuando están subidos a los coturnos en la escena que apreciar a los hombres junto con las cosas que poseen.

Para cada cosa, es bueno lo que está de acuerdo con su naturaleza, y cuando realiza el bien específico y es laudable, llega su razón de ser.

Lo que caracteriza al hombre en cuanto tal es la razón; por tanto, su bien propio es la razón perfecta o «recta razón».

Lo honestum se identifica con la razón perfecta, son buenas las acciones que provienen de la recta razón. La virtud es una disposición de regularidad armónica, implica la adhesión voluntaria a lo honestum, la rectitud en la intención.

Es entonces cuando se produce la eudaimonía (buen daimon ), que sería «estar en gracia», estar en dios. Es la verdadera felicidad, claritas. Surge cuando el hombre está en armonía con el orden universal. Dice Crisipo: «La eudaimonía llega cuando se ha hecho todo de acuerdo con el daimon [recordemos a Sócrates] que cada cual lleva dentro de sí, con la voluntad del Gobernador del Todo».

De entre las virtudes, Séneca da preferencia a la justicia; luego, a la moderación, el ahorro, la continencia, la serenidad, la tranquilidad de ánimo, la sinceridad, la elegancia, la nobleza de carácter, la clemencia y la sociabilidad.

Virtud viene del latín Virtus-utis, actividad o fuerza de las cosas para producir o causar efectos. Virtud es fuerza, vigor, valor.

El ser humano tiene cuerpo y alma. Debe cuidar y custodiar su cuerpo, como un tutor, pero no vive solo a su servicio. Hay que comportarse no como si debiéramos vivir para el cuerpo, sino como si la vida no nos fuera posible sin él.

Si lo específico del hombre es la razón, las acciones propiamente humanas serán las que tienen su origen en la parte superior del alma. La razón ennoblece al hombre, da sentido a su vida, le hace semejante a Dios; en cambio, la pasión es inmoderación, desequilibrio interior, pérdida de voluntad, y nos aleja de nuestra verdadera naturaleza.

Si «lo propio» del hombre es la razón, es ella la que ha de gobernar nuestra vida, y esa es la tarea de la ética.

«La virtud es el perfecto equilibrio y tónica de la vida, siempre en consonancia consigo, la cual no puede ser sin el conocimiento y experiencia de las cosas, por el que se conoce lo humano y lo divino» (Séneca).

Al igual que el Logos ordena la naturaleza, la razón debe ordenar toda la existencia del hombre. Eso es vivir acorde con la naturaleza, en armonía con ella.

De este vivir conforme a la naturaleza surge la ataraxia, que es la forma de vida del sabio, es una quietud que erradica del alma los elementos de discordia y falta de armonía. Si hay dolor, la razón lo privará de todo lo que sea en él superfluo e innecesario.

De la armonía con la naturaleza surge también la eutimia, la estabilidad de ánimo que Séneca traduce por tranquillitas.

Pero Séneca, si bien se pliega a los dictados de lo inexorable, no por eso deja de luchar contra lo evitable. En la tragedia Medea, encontramos esta frase: «La fortuna teme a los fuertes y acosa a los cobardes».

Herramientas para la salud en la filosofía de Séneca

Atención: Vivir cada día como si fuera el último. Tener conciencia del presente.

Meditación: Prever problemas y dificultades para encontrar soluciones.

Reflexionar: sobre las máximas o praecepta.

Rememoración: Antes de empezar el día, pensar en lo que queremos realizar y cómo. Al terminar el día, hacer un repaso de lo realizado, revisar las actitudes ante el «tribunal de la conciencia».

Revisarse: Tomar conciencia de lo que pensamos sobre las cosas, ver si podemos tener un criterio más acertado.

Conocerse para dominarse: Que nuestra mejor parte sea la que nos rija.

No añadir sufrimientos innecesarios. No atormentarnos con males que no han sucedido.

Aceptar lo que no podemos cambiar.

Acostumbrarnos a buscar el porqué de los acontecimientos. Las causas de las cosas.

Tener cada día una máxima o enseñanza de algún filósofo que nos inspire y tratar de llevarla a la práctica.

Tener una buena amistad o alguien con quien compartir nuestros sueños de crecimiento interior.

Tener criterio propio sobre las cosas, no dejarse llevar por la opinión de los demás.

Vivir como si un sabio nos estuviera observando.

 

Bibliografía

Séneca y los estoicos. Juan C. García-Borrén Moral.

Séneca y el estoicismo. Paul Viene.

Séneca o el poder de la cultura. Julio Mangas Manjares.

Séneca. Isabel M.ª León Sanz.

El ideal del sabio en Séneca. M.ª A. Fátima Martín Sánchez.

Séneca. María Zambrano.

Séneca. Diálogos. Matías López López.

Diálogos. Lucio Anneo Séneca. Carmen Codoñer.

Anales. Tácito.

Urbs Roma. José Guillén.

Suetonio. Los doce césares.

¿Qué es la filosofía? José Ortega y Gasset.

La sabiduría recobrada. La filosofía como terapia. Mónica Caballé.

Momentos estelares del mundo antiguoAño uno y los orígenes del cristianismo. Antonio Piñero.

Hadot, Pierre. ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica. 1998. Madrid.

Publicado en Filosofía
Miércoles, 01 Enero 2020 00:00

Humor estoico para mejorar tu carácter

Una sonrisa es la distancia más corta entre dos personas. ¿No hemos esbozado alguna vez, una mínima sonrisa al leer a Epicteto o a algún otro filósofo estoico? Por eso los sentimos tan cerca, tan actuales.

A veces una imagen vale más que mil palabras. Cuando vemos alguna imagen de Séneca (Córdoba, 4 a. C., Roma, 65 d. C.), es muy probable que pensemos que el filósofo cordobés era una persona atormentada, triste, amargada, con escaso sentido del humor; y esa es precisamente la imagen que tenemos de los filósofos estoicos. Pero ¿realmente podemos resumir la filosofía estoica en la resignación por todo lo que nos acontece? ¿Podemos afirmar que los filósofos estoicos eran unos hombres, siempre con caras largas y carentes de un mínimo sentido del humor?

Muchas veces confundimos la seriedad en el estudio de las enseñanzas de los grandes filósofos clásicos, con mostrar un rostro serio. Nos parece que usar palabras incomprensibles para los demás y mostrar un carácter serio y distante, sin una mínima sonrisa, da más prestigio a lo que decimos. Quizás por eso nos resulte difícil descubrir un fino sentido del humor en las enseñanzas que nos dejaron los filósofos estoicos, y nos conformamos con una lectura superficial que nos los presentan como unas personas resignadas o amargadas. Filósofos más o menos modernos, han contribuido en cierta medida a esta visión de la filosofía estoica. Por ejemplo, Nietzsche decía de ellos: «Los estoicos comen vidrio picado, sapos y culebras, para acostumbrar el estómago frente a cualquier comida que les pueda venir en la vida». Creo que, pensando así, Nietzsche no se iría de cañas con Epicteto para hablar, por ejemplo, de cómo no ser una persona atormentada.

El sentido del humor es una actitud que nos permite afrontar con entusiasmo las diversas situaciones de la vida, sobre todo las más difíciles, sin dejarnos atrapar por un espíritu derrotista. Nos puede ayudar a relativizar lo que nosotros creemos que son barreras infranqueables, dándonos valor para superar todos los obstáculos, superar nuestros miedos y, sobre todo, ayudar a mejorar la convivencia.

Las personas con sentido del humor suelen tener un alto nivel de autoestima; son auténticos especialistas en encontrar siempre la parte positiva de todo lo que les ocurre y reinterpretar los hechos de una forma positiva. Es una actitud vital interna, que la mayor parte de las veces transforma lo que ocurre a nuestro alrededor, es una actitud vibrante frente a lo cotidiano.

En todas las lenguas nos encontramos con refranes o frases de uso coloquial que reflejan muy bien esta actitud. Sirva a modo de ejemplo una frase muy común en Galicia. Es el famoso ¡malo será!, expresión optimista, casi un grito de guerra; aunque haya miles de adversidades en un momento de tu vida, siempre se puede salir adelante. Siempre. Malo será que no apruebes el examen, malo será que no mejore tu enfermedad, malo será que no encontremos aparcamiento…; esta frase fue usada hace unos años por una cadena de supermercados en Galicia, en una campaña publicitaria que tuvo mucho éxito; recomiendo ver los vídeos de esta campaña en internet. Estas dos palabras, unidas aparentemente de forma absurda, reflejan muy bien el humor estoico del que estamos hablando. No te preocupes por lo que pueda acontecerte si no depende de ti, ¡malo será!

Resulta sorprendente la capacidad que tenemos para etiquetarlo todo, personas, animales, coches, escuelas de filosofía…, y casi siempre con un desconocimiento total. Así ha ocurrido con los estoicos; nos los presentan con la etiqueta de personas tristes y resignadas con su cruel destino. Después de leer y reflexionar sobre los escritos que han llegado hasta nuestros días de los filósofos estoicos, creo que podemos encontrar en ellos el sosiego necesario para no ver oscuros nubarrones en un futuro que no depende de nosotros.

Veamos a Crisipo (281 a. C.), filósofo griego y máxima figura de la escuela estoica antigua. Se cuenta de él que murió partiéndose de risa al ver a un burro comiendo higos en su jardín; quizás venga de ahí la expresión morirse de risa.

Humor estoico para mejorar tu carácter 2

Como observa Séneca, «todas las cosas son causa para la risa o el llanto. Y como ese es el caso, es más apropiado que un hombre se ría de la vida que lamentarse por ella».

Los escritos estoicos están salpicados de un gran ingenio, aquí representado por Epicteto: «Tengo que morir. Si es ahora, bueno, entonces muero ahora; si es más tarde, entonces ahora tomaré mi almuerzo, ya que la hora para el almuerzo ha llegado, y morirme, lo atenderé más tarde». Creo que si cogiéramos la frase anterior y la pusiéramos en boca de maestros del humor como Gila o Forges, diríamos: ¡que chiste más bueno!

También nos regala este divertido consejo, muy útil para los vanidosos que persiguen honores y recompensas: «Si tanto ansías llevar una corona, ¿por qué no llevar una de rosas? Te verás aún más elegante».

Epicteto nos muestra cómo responder a la opinión de los demás sobre nosotros: «Me río de los que piensan que pueden dañarme. No saben quién soy, no saben lo que pienso, ni siquiera pueden tocar las cosas que son realmente mías y con las que vivo. Escucha a los demás, pero sigue tu propio consejo: Si se habla mal de ti y es verdad, corrígete; si es una mentira, ríete».

Séneca nos advierte sobre la vida filosófica: «Si tienes un gran deseo de alcanzar la filosofía, prepárate desde el primer momento para que se rían y burlen de ti. Debes recordar que, si te adhieres a tu propósito, esas mismas personas que al principio te ridiculizaron te admirarán después. Pero si eres conquistado por ellos, incurrirás en un doble ridículo»También nos recuerda que, en primer lugar, debemos reírnos de nosotros mismos: «Nadie es risible si se ríe de sí mismo».

El gran filósofo estoico Marco Aurelio dijo: «La alegría se encuentra en el fondo de todas las cosas, pero a cada uno le corresponde extraerla. Y la vida de un hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella».

Pero, dentro de la moderación que nos enseñan los estoicos, Epicteto nos recuerda: «No permitas que tu risa sea mucha, ni en muchas ocasiones, ni profusa. No busques la risa de los demás. Este es un signo de vanidad y se refleja mal en ti. En las partes de conversación, evita una mención frecuente y excesiva de tus propias acciones y peligros. Por muy agradable que sea para ti mencionar los riesgos que has corrido, no es del mismo agrado que otros escuchen tus aventuras. Evita, asimismo, un esfuerzo por provocar la risa. Porque este es un punto resbaladizo, que puede arrojarte a los modales vulgares y, además, puede ser capaz de disminuirte en la estima de tus conocidos». Vamos, no quieras hacerte el gracioso.

Y para concluir con esta colección de reflexiones que podría ser mucho más extensa, otra de Séneca: «Muestra una mente más grande el que no reprime su risa que el que no niega sus lágrimas».

La risa estoica no es la risa de un público que asiste a la representación teatral de una comedia; es una risa que tiene su origen en el interior del ser humano, una risa constante, sincera y vibrante como la vida. Una risa que se refleja en los ojos, y no solamente en la bella arruga que se forma en la comisura de los labios al sonreír. Cuando miramos a los ojos de una persona que refleja en su mirada esa alegría interior, percibimos algo de la condición humana que está a nuestro alcance, pero que no nos atrevemos a coger con las manos porque nos falta valor. Percibimos una profunda integridad y una invitación a ver la vida con otros ojos.

Han pasado siglos, milenios, y parece que Epicteto, Séneca o Marco Aurelio (un esclavo, un senador romano y un emperador) están a nuestro lado charlando con nosotros acerca de lo que es la vida buena; dándonos consejos para ser felices y llevar una vida digna. Con un lenguaje actual, sencillo, pero directo al corazón. Al leer a estos maestros nos damos cuenta de lo poco que ha cambiado el ser humano en miles de años. Seguimos teniendo las mismas preocupaciones.

¿Por qué nos empeñamos en inventar técnicas para mejorar nuestra vida cuanto tenemos a nuestro alcance tanta sabiduría? La filosofía estoica, la filosofía en general, es la llave que nos permite abrir una puerta que nos da acceso al conocimiento de nosotros mismos para mejorarnos, a otra forma de vivir, a la vida buena.

Bibliografía

Hadot, P. (2015). Manual para la vida feliz. Madrid, Ed. Errata Naturae.

Artículo de Arnau, j. (28 de abril de 2018). Más Séneca y menos ansiolíticos. El País.

Artículo Epicteto, el filósofo de la no preocupación. https://www.filco.es/epicteto-estoico-no-preocupacion/

Blog de Filosofía estoica: cómo la aplico (cada día) a mi ética y actitud: http://pau.ninja/estoicismo

 

Publicado en Filosofía

Pierre Hadot ha sido uno de los más importantes historiadores del pensamiento antiguo de nuestros días. Su profundo amor por la filosofía y el mundo antiguo le hizo reparar en supuestas incoherencias en las enseñanzas de los autores clásicos. Es entonces cuando descubre que la filosofía en el mundo antiguo no es un discurso teórico sin más, sino una reflexión compartida, resultado de una manera especial de vivir. Así, los ejercicios espirituales aparecen ante la mirada del profesor Hadot como la pieza que falta para completar la imagen de la filosofía antigua. Las incoherencias en el discurso desaparecen y en su lugar brilla una auténtica correspondencia entre pensamiento, sentimiento y acción.

Recoge en su libro Ejercicios espirituales y filosofía antigua una recopilación de ejercicios espirituales de Filón de Alejandría, de inspiración estoico-platónica. La reconstrucción de las listas que realiza el autor nos remite a tres tipos de ejercicios:

1. La atención, la meditación y la rememoración de cuanto nos es beneficioso.

2. La lectura, la escucha, el estudio y el examen en profundidad.

3. El dominio de uno mismo, el cumplimiento de los deberes y la indiferencia ante las cosas indiferentes.

La atención consiste en una continua vigilancia y presencia de ánimo, en una conciencia de uno mismo siempre alerta, en una constante tensión espiritual. Permite dar una respuesta inmediata a los acontecimientos si previamente se han asimilado las enseñanzas que se han encontrado en la meditación.

ejercicios espirituales de los filósofos estóicos 2

La meditación es sobre los principios fundamentales formulados en pocas palabras, a fin de que se pueda recurrir a ellos con facilidad, resultando aplicables con la seguridad y constancia de un movimiento reflejo. Uno debe representarse anticipadamente los problemas propios de la existencia: la pobreza, el sufrimiento, la muerte. Hay que mirarlos de frente, recordando que no son males, puesto que no dependen de nosotros. Deberán ser fórmulas de carácter persuasivo a las que uno podrá recurrir frente a cualquier suceso, a fin de controlar los impulsos de temor, cólera o tristeza.

Estos ejercicios de meditación y memorización exigen entrenamiento. Es en este momento cuando entran en escena los ejercicios de carácter más propiamente intelectual enumerados por Filón: la lectura, la escucha, el estudio, el examen en profundidad. Se trata de llegar a una formación del carácter, del ánimo, y no quedarse en la mera información. Nuestro filósofo cita a Goethe para explicar la esencia de la lectura como ejercicio espiritual y aquí la reproducimos: «La gente no sabe cuánto tiempo y esfuerzo cuesta aprender a leer. He necesitado ochenta años para conseguirlo, y todavía no sabría decir si lo he logrado». La meditación se alimentará de la lectura de las sentencias de poetas y filósofos. Pero la lectura puede incluir también la explicación de los textos. Y se pueden leer o escuchar, o pueden ser enseñanzas impartidas por un maestro. El estudio y el examen en profundidad suponen, pues, la puesta en práctica de tales enseñanzas.

ejercicios espirituales de los filósofos estóicos 1

Por la mañana, habrán de examinarse, previamente, las actividades que se realizarán a lo largo de la jornada, estableciéndose los principios que las gobernarán. Por la noche, serán analizadas de nuevo para rendir cuentas de las faltas o de los progresos. Los ejercicios de meditación intentan dominar el discurso interior para hacerlo coherente, por medio del diálogo con uno mismo o con otros, o también recurriendo a la escritura, dirigiendo ordenadamente los pensamientos, alcanzando así una transformación completa de nuestra representación del mundo, de nuestro paisaje interior, pero al mismo tiempo de nuestro comportamiento exterior. Tales métodos revelan un enorme conocimiento del poder terapéutico de la palabra.

Por último, los ejercicios prácticos destinados a crear hábito. Algunos son todavía de carácter muy interno, por ejemplo, la indiferencia ante las cosas indiferentes, dado que el sufrimiento de los hombres proviene del temor ante cosas que no deben temerse y del deseo de cosas que no es preciso desear. Otros son absolutamente cotidianos: practicar el autodominio a través del esfuerzo por despojarnos de nuestras vanidades, de nuestras pasiones, de la pereza, la lujuria, la gula, y liberarse de toda pena, tristeza, odio o rabia. Amar a todos los hombres libres.

Para ello es necesaria la perseverancia, la constancia. La práctica cotidiana de estos ejercicios espirituales pone al descubierto nuestro deber como seres humanos. Para el estoicismo ese deber es ayudar a la naturaleza humana a elevar la convivencia humana construyendo una sociedad más justa. Esta es la esencia de la actividad espiritual, la universalidad. Ejercitarse individualmente sin tener en cuenta a los demás, al mundo ni a la naturaleza es vulgarizar y envilecer la práctica espiritual. Por el contrario, la perseverancia cotidiana en el cumplimiento de nuestro deber permite alcanzar esa característica que la tradición antigua llamó grandeza de alma.

Bibliografía

Hadot, P. Ejercicios espirituales y filosofía antigua. Ediciones Siruela, 2006.

Hadot, P. ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, 1998.

Publicado en Filosofía
Martes, 01 Octubre 2019 00:00

Congreso: Filosofía y Progreso

Los días 15 y 16 de noviembre tendrá lugar en Madrid, con motivo de la celebración del Día Mundial de la Filosofía proclamado por la UNESCO, el congreso anual que organiza la Escuela Internacional de Filosofía Nueva Acrópolis, que este año dedicará sus ponencias a debatir sobre «Filosofía y Progreso».

Entre los ponentes se confirman nombres como:

Joaquín Araújo. Es naturalista, escritor y poeta, y hablará de la relación del hombre con la naturaleza y su influencia en la conformación del carácter de las sociedades. Araújo es autor de numerosos libros y columnista habitual en los principales periódicos de España. Trabaja asimismo como director, realizador, guionista y presentador de series y documentales de televisión.

Gonzalo Rodríguez Fraile. Abordará el tema «¿Es el progreso sinónimo de felicidad? Necesidad de un nuevo paradigma». Rodríguez Fraile es máster en Administración de Empresas (MBA) por Harvard Business School y licenciado en Derecho por la Universidad de Navarra. Antes de cambiar el propósito de su vida, tuvo una amplia trayectoria empresarial: cofundador de PRS Investment Advisory y de A&G (Asesores y Gestores Financieros), consejero de Banque Piguet & Cie (perteneciente a la Banque Cantonale Vaudoise), así como de muchas otras empresas internacionales.

M.ª Dolores Fernández-Figares. Es periodista y doctora en Antropología. Hablará sobre cómo el verdadero progreso debe contemplar los aspectos humanísticos y de valores, no solo los factores de crecimiento económico y tecnológico.

Manuel Ruiz Torres. Es biólogo y director del Instituto Hermes de Antropología en España. Ruiz hablará sobre la mentalidad de la sociedad de consumo y su impacto medioambiental, y de cómo una vida filosófica-espiritual conduce al equilibrio hombre-natura.

Carlos Adelantado. Es director adjunto de la Escuela Internacional de Filosofía Nueva Acrópolis. Hablará de la falsa dialéctica entre progreso y tradición, ahondando en los verdaderos vectores del desarrollo humano como indicadores de progreso.

Congreso: Filosofía y Progreso

Días 15 y 16 de noviembre.

Teatro Victoria de Madrid, calle Pez, 17.

ENTRADA LIBRE HASTA COMPLETAR AFORO

Organiza: Escuela Internacional de Filosofía Nueva Acrópolis ( https://www.nueva-acropolis.es )

Colabora: FECU (Federación Española de Centros y clubes UNESCO), entre otros.

Publicado en No te lo pierdas
Martes, 01 Octubre 2019 00:00

Gandhi, el hombre que no quiso reinar

Parafraseando el título de la novela de Kipling, podemos hacernos una idea de lo que ha supuesto la figura de Mohandas Karamchand Gandhi para el mundo contemporáneo. En el pequeño y tímido alumno que, al acabar las clases del colegio, salía corriendo a su casa por miedo a que sus compañeros se burlasen de él, era difícil vislumbrar el personaje que llegaría a ser. En el subconsciente de millones de personas, permanece Gandhi como revolucionario y sabio. Nadie lo relaciona con la clase política ni el gobierno. Ciertamente, nunca quiso presidir, gobernar ni reinar.

Las cosas no aparecen de la nada. El hombre que se enfrentó al Imperio británico heredó de su padre, Karamchand, una inteligencia práctica. Este llegó a ser primer ministro de su ciudad, a pesar de ser prácticamente analfabeto. De su madre, Putlibai, aprendió a desarrollar la fuerza de voluntad. Inteligencia práctica y fuerza de voluntad fueron los dos pilares en la lucha personal de Mohandas.

A los diecinueve años viajó a Londres para cursar Derecho. En 1888, nos encontramos a un Gandhi estudiando leyes, vestido como un gentleman, tomando cursos de oratoria, violín, bailes de salón. Pensaba que Inglaterra era el país modelo para el resto del mundo y, en esos años, quería vivir como un aristócrata inglés. Se interesó por la filosofía oriental, que la mayoría de jóvenes indios rechazaban por completo. Un amigo le dio a conocer el Baghavad Gita, y quedó tan impresionado que lo tuvo como libro de consulta toda su vida. Este descubrimiento fue el inicio de la vida del Gandhi que conocemos. Aprendió que, si nos apegamos de manera enfermiza a algo, un estatus social, un trabajo, el reconocimiento, el dinero, el placer, viviremos infelices. Aprendió que el apego nos lleva al olvido de lo fundamental: en la vida, lo importante no es tener, sino ser. En el Baghavad Gita encontró las bases de su lucha por la paz. Y sacó la inspiración para sus campañas del «Satyagraha», término que significa «conducta verdadera», y también «esfuerzo por la verdad». Gandhi declaró en una ocasión que «una nación de 320 millones de habitantes no necesita la pistola de un asesino, no necesita lanzas ni puñales, necesita simplemente tener voluntad propia, esa es la fuerza del Satyagraha».

mahatma gandhi 3

Otra gran idea que Gandhi recogió de la sabiduría oriental es Ahimsa. Literalmente significa «ausencia de violencia». Gandhi consideraba que había que luchar activamente, todos los días, sin descanso, pero con métodos éticos, no usando odio ni violencia. No tiene, pues, nada que ver con la «resistencia pasiva», una traducción desgraciada que él siempre rechazó, pues defendía una fuerza activa y provocativa. Gandhi enseñaba que el poder no reside en las armas. El poder residía en no ceder ante la maldad y, a la vez, no cooperar con el Gobierno británico. Comprobó que, cuando se tiene un sueño, cuando se tiene un ideal, se tiene una fuerza enorme para conseguirlo. La no violencia no es el arma de los débiles, es el arma de los corazones fuertes, de los que son capaces de luchar por aquello en lo que creen. Y esa lucha no tiene por qué ir seguida de violencia. La no violencia es lucha espiritual. Significa aguantar, responder al odio con el amor, como dijo Buda.

La independencia política no era el fin que perseguía Gandhi, sino un medio. La finalidad de su lucha era liberar a la India de la pobreza y la ignorancia. Creó la Asociación Educativa India. Se dio cuenta de que, si no se educaba a la gente, no serviría de nada la independencia política. Aunque se cambiasen las leyes, sin educación ética siempre habría explotadores y explotados, amos y esclavos.

Gandhi se pasó toda la vida defendiendo los derechos de los sin casta, poniendo en evidencia la injusticia del sistema de las castas. Le costó mucho, venció siglos de prejuicios religiosos y lo consiguió en el ashram y en miles de pueblos de la India. Decía: «Si es posible la justicia, la fraternidad, en este grupo, ¿por qué no va a ser posible en el mundo entero? Sí es posible, pero muchos no quieren».

gandhi 6

Tuvo que sufrir las divisiones internas entre los propios indios. Por un lado estaba Neru, quien era partidario de una independencia rápida, costase lo que costase; por otro, Jiná, líder de los musulmanes, que presionaba por un Estado nuevo solo para los musulmanes, que más tarde fue Pakistán. Gandhi les instaba a no precipitarse y a prepararse para gobernar. Instituciones, ministerios, red de comunicaciones, ¿quién haría funcionar todo eso? Al visitar los hospitales, viajando en los trenes, se daba cuenta de la situación pésima en que se encontraba la India. Muchos hacían sus necesidades en los pasillos, ¿qué pasaría si consiguieran ya la independencia?

En 1947, la India consiguió su tan ansiada independencia, pero a Gandhi no le agradó. Mientras se alzaban triunfantes las banderas de la India y del Pakistán, él permaneció en su casa, silencioso, triste, temeroso de lo peor. Se trazó un plan esperpéntico. Se desplazó a millones de familias según su religión, los musulmanes a Pakistán (¡qué estaba en dos partes extremas de la India!) y los hindúes a la India. La comunidad sij quedó entre dos bandos, sin que se les reconociera su propia identidad nacional. Los pueblos, azuzados por líderes mezquinos, siguieron enfrentándose unos contra otros. Hubo decenas de miles de muertos y una guerra fratricida que aún no ha terminado.

Gandhi se retiró de la política. Pero no detuvo su marcha, siguió caminando, hablando de paz y de sencillez. El 30 de enero de 1948 salió al patio como todas las tardes, para orar y hablar con las personas que venían a escucharlo. Un hombre se interpuso y le ofreció una reverencia, mas al levantarse le disparó tres balas que le mataron al instante. Gandhi apenas tuvo tiempo de decir «Oh, Rama» y su cuerpo cayó al suelo.

ghandi 1

Todo el planeta se conmovió cuando supo que el profeta de la paz había caído. La India se paralizó. Una infinita multitud silenciosa se congregó a orillas del Ganges para despedir a ese hombre, a quien llamaban «Bapu», «padre». Hasta el virrey de Inglaterra se sentó lloroso en la arena junto a la hoguera de aquel hombre que nunca tuvo posesiones, títulos ni talentos especiales. Simplemente, era un hombre que se atrevió a defender la paz en un mundo en guerra. Un corazón abierto a los ricos, a los pobres, a los brahmanes y a los intocables; a los europeos, a los hindúes y a los musulmanes.

 

Publicado en Filósofos
Viernes, 01 Febrero 2019 00:00

Ciencia y Filosofía

Uno de los signos que nos hacen pensar que a pesar de todo vamos avanzando viene a ser la abundancia de debates sobre ciencia y filosofía, dos ámbitos del conocimiento que estuvieron unidos y relacionados hasta el siglo XIX. La necesidad de postulados éticos sólidos para que las ciencias avancen en sentido favorable a la evolución de la humanidad podría ser una de las causas de un cierto movimiento de regreso a la fructífera colaboración entre científicos y filósofos, conscientes de que tienen mucho que aprender los unos de los otros. Este regreso tiene un cierto aroma de vuelta a los inicios, cuando en las ciudades griegas de Jonia se pusieron las bases para hallar el método de conocimiento que era necesario en una nueva época que se iniciaba.

En Esfinge nos congratulamos de que tenga lugar ese diálogo tan necesario, al que nos gustaría pensar que estamos contribuyendo. Nuestros colaboradores habituales, que nos ofrecen sus trabajos con tanta generosidad, nos tienen acostumbrados a establecer relaciones y comparaciones entre diferentes disciplinas y, con frecuencia, presentan ejemplos de coincidencia de materias artificialmente opuestas.

Una de estas relaciones es la que se encuentra entre los paradigmas propios de civilizaciones antiguas, como la egipcia, por ejemplo, que nos siguen admirando por sus logros y su sentido de la justicia y los postulados científicos más innovadores, como es el caso de los postulados del Kybalion y los de las ciencias avanzadas. Un extraño nexo entre lo muy antiguo y lo muy nuevo parece existir, haciéndonos percibir el devenir cíclico del tiempo.

Publicado en Editorial

Ken Wilber nació en Oklahoma, Estados Unidos, en 1949. Como su padre trabajaba en el Ejército, vivió en varios lugares durante su infancia. Se interesó inicialmente por la medicina, pero, tras dos años de estudio, se dio cuenta de que le interesaba algo más creativo. Pasó a estudiar Bioquímica en la Universidad de Nebraska. Aun habiendo terminado con buenas notas la carrera, comprendió que ni la medicina, ni la bioquímica ni la ciencia respondían sus eternas preguntas: ¿quién soy yo?, ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿por qué estoy aquí?

El Einstein de la conciencia

Ken Wilber comenzó a estudiar con entusiasmo las psicologías y filosofías de las grandes tradiciones de Oriente y Occidente. Dice: «Había estado dedicando mi vida al estudio de la ciencia para toparme con la lamentable conclusión de que, sin estar equivocada, la ciencia posee una perspectiva brutalmente limitada y estrecha». Wilber criticará luego en sus obras no a la ciencia en sí, sino al intento de la ciencia de acaparar toda la realidad, el cientifismo.

Dejó el doctorado y se puso a fregar platos para tener un sustento material que le posibilitara cumplir su sueño: dedicarse a la investigación de la conciencia y a publicar libros. Sus profesores de la facultad quedaron horrorizados. A los veintitrés años escribió su primer libro, El espectro de la conciencia, que tuvo una gran acogida: «Durante los cinco años siguientes seguí lavando platos, sirviendo mesas, trabajando en una tienda y escribí cinco libros más».

Eso de que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer no deja de cumplirse en el caso de nuestro autor. En Gracia y coraje, su trabajo más personal, narra el hecho más importante de su vida: el encuentro con la mujer que sería su esposa, Treya, y el periplo vital de los siguientes años, cuando ella padeció cáncer y finalmente murió.

Lo llamaron el Einstein de la conciencia, por su intento de sintetizar e integrar todas las ramas del saber en una fórmula simple. Y se puede decir que lo ha conseguido. Wilber es considerado como el gran teórico de la psicología transpersonal e integral, que se caracteriza por contemplar las amplias experiencias espirituales, negadas o ignoradas por la psicología convencional. Pero su obra no se limita a la psicología, sino que, como un auténtico filósofo, integra muy diversas ramas del saber práctico y teórico.

En sus investigaciones encontramos referencias a los grandes filósofos y místicos de Oriente y Occidente, como Platón, Buda, Plotino, Shankara, Ibn Arabi, Eckart, así como a los grandes pensadores de la modernidad, como Kant, Hegel, Freud, Jung, Piaget, Habermas, etc.

Wilber no se ha dedicado a los estados transpersonales desde un punto de vista solo teórico, sino también experimental, practicando durante décadas diversas disciplinas del budismo zen, tibetano, psicología, etc. No se considera a sí mismo un maestro espiritual, un gurú , sino más bien un pandit, un estudioso, a la vez que practicante, de disciplinas espirituales.

Filosofía perenne e integral

La obra de Wilber se construye a partir de lo que él llama generalizaciones orientadoras, que son verdades amplias de los diferentes campos del saber. Busca una realidad que tenga en cuenta las verdades de la ciencia, pero también las de la philosophia perennis.

En sus obras encontramos un bello despliegue de ecuanimidad; una exposición sencilla, metódica y asequible al lector. Trata de construir un modelo de la realidad que sea realmente comprensivo, que incluya las diversas teorías sobre el hombre y universo que han aparecido en la historia, las limpie de sus limitaciones e integre sus verdades en un modelo mucho mayor.

ken wiber mapa integral

Siguiendo a Leibniz , Kumaraswami, Huxley, Huston Smith, etc., busca la filosofía común y eterna que subyace tras todas las religiones y místicas . Y además, su integración con todas las otras ciencias humanas o exactas desarrolladas por la humanidad. Como ya defendiera H. P. Blavatsky en el siglo XIX, cree que la mística es otro tipo de conocimiento científico, aunque se desarrolle en el interior del ser humano. Y que todas las religiones, simbolismos e incluso ciencias físicas y biológicas se complementan perfectamente entre sí, si las colocamos correctamente cada una en su lugar y altura de la realidad.

Por eso se desmarca del movimiento transpersonal, para realizar el esfuerzo del enfoque integral. Busca una «teoría de todo» que englobe las verdades de todas las grandes tradiciones psicológicas, científicas, filosóficas y espirituales. Lo plasma en libros comoBreve historia de todas las cosas,La conciencia sin fronteras, Un Dios sociable o Los tres ojos del conocimiento.

La teoría integral busca una comprensión lo más abarcante posible del ser humano y del universo ; y que lleve a una transformación y mejoramiento del cuerpo, la mente y el alma. En este sentido, Wilber coincide con otros filósofos contemporáneos como Aurobindo , Jean Gebser , Don Beck o Chris Cowan .

La tradición teosófica ya trató de recuperar la filosofía perenne dándole un lenguaje moderno, recuperando enseñanzas del platonismo y de Oriente, e intentaron integrarlo con la evolución científica, sin renunciar a ninguna de las dos vertientes. No era fácil conciliar el creacionismo, el budismo, la idea de Dios o los dioses con el evolucionismo y la ciencia. Eran dos posiciones tremendas autoexcluyentes y, a menudo, enemigas. Wilber, con valentía y estudio, asume ese reto y lo resuelve con bastante éxito, enfrentándose a complicadísimos temas, presentes en la filosofía perenne, como:

- La constitución interna del individuo.

- Los niveles y estructuras de existencia, en lo individual y colectivo.

- La involución y evolución como grandes procesos cósmicos.

Holones, jerarquía y Gran Cadena del Ser

El universo es holónico. ¿Qué significa esto? Que está constituido por totalidades-partes. Un holón es algo que constituye una unidad en sí mismo y, al mismo tiempo, es una parte de un conjunto mayor. Por ejemplo, una letra. Es una unidad en sí misma, pero al mismo tiempo es una parte de una palabra, que es una unidad en sí misma y una parte de una frase, totalidad en sí y parte de un párrafo.

Otra serie holónica sería la formada por átomo-molécula-célula-órgano-cuerpo…, donde cada elemento es una unidad en sí misma, a la vez que una parte del siguiente sistema que las trasciende, al mismo tiempo que las conserva. Un ser humano es también un holón, pues es una unidad en sí mismo (compuesto de muchas partes) y al mismo tiempo es una parte de una realidad mayor.

Los holones tienen cuatro movimientos o capacidades: dos verticales y dos horizontales. El primero de los impulsos horizontales es la individualidad, que es la tendencia del holón a conservar su totalidad, su unidad, su actividad propia frente a las presiones del medio. La otra tendencia horizontal es la comunión, que es la tendencia a conservar la parcialidad, el impulso a seguir siendo parte de una unidad mayor.

Las capacidades verticales son la autodisolución, que ocurre cuando un holón fracasa en conservar su individualidad o las relaciones que mantiene con otras individualidades y se disgrega en los subholones que lo componen (las células se descomponen en moléculas, que a su vez se disgregan en átomos).

Por el contrario, la autotrascendencia es el impulso a crecer, a evolucionar, un proceso que incorpora lo que ya existía y le agrega componentes nuevos (por ejemplo, el cerebro humano consta del tallo reptiliano, al que se le añade el sistema límbico, al que se le añade el neocórtex).

ken wiber Pirámide de Maslow 1

Los holones no están dispuestos al azar, como producto de una mera casualidad. Wilber recupera la idea de jerarquía (hieros: sagrado; archos: gobierno), como la forma en la que el cosmos se ordena de forma natural. El hombre no puede sustraerse, por mucho que quiera, a este principio ordenador.

Frente al terror que produce hablar de jerarquías hoy día, Wilber distingue entre jerarquías naturales y jerarquías patológicas. Una jerarquía natural es simplemente el orden evolutivo, que va del átomo a la molécula y de esta a la célula; un proceso de crecimiento hacia sistemas cada vez más holísticos e integradores. Una jerarquía patológica o de dominio tiene lugar cuando un holón no ocupa el puesto que le corresponde y trata de tiranizar a la totalidad (por ejemplo, una célula cancerosa en el cuerpo o un tirano en la sociedad).

Así, llegamos a la Gran Cadena del Ser, legado de las grandes tradiciones espirituales y de la filosofía perenne: el cosmos se compone de diversos estratos de realidad que van de lo más burdo a lo más sutil, llegando finalmente a Dios (el espíritu), fundamento de todo (aspecto inmanente) y cumbre de la evolución (aspecto trascendente).

Cada nivel superior trasciende, a la vez que incluye, al inferior. Entonces, podemos decir que esta Cadena se compone de materia, cuerpo, mente, alma y espíritu. O fisiosfera, biosfera, noosfera, teosfera y espíritu. Estos niveles del ser son holones y se ordenan jerárquicamente. El mundo de la materia es trascendido por el mundo biológico. Así, un vegetal trasciende, pero incluye, a la piedra; un animal trasciende e incluye al vegetal y al mineral.

La intuición (alma) supera a la razón (mente), pero la incluye en una totalidad de orden superior. Podemos hablar de niveles de ser o de niveles de consciencia. Todos los niveles de la Gran Cadena son importantes, pero obviamente cada nivel más elevado es más real, más verdadero, más trascendente, pues es como un recipiente cada vez más grande y más pleno del espíritu. Los niveles superiores van emergiendo a través de los inferiores, pero esto no quiere decir que los inferiores sean la causa de los superiores, al contrario: lo inferior viene de lo superior, pero su despliegue se hace a través de lo inferior. Por ejemplo, la mente se actualizará en el hombre después del cuerpo, lo que no quiere decir que el cuerpo sea la causa de la mente.

Los cuatro cuadrantes

Los cuatro cuadrantes son las cuatro esquinas del cosmos, las cuatro caras de los holones. Se basan en dos premisas: la primera, que podemos ver todo holón desde dentro y desde fuera, pues todo holón tiene un aspecto exterior y otro interior. La segunda, que a los holones podemos verlos de forma individual o en colectividad. Si combinamos estas cuatro facetas, obtendremos los cuatro cuadrantes.

Superior-derecho

Es el aspecto individual y exterior de los holones, es decir, todo aquello que puede ser estudiado y medido empíricamente. La ciencia puede estudiar el cerebro humano, por ejemplo, y constatar que se compone de determinadas partes; que tienen determinadas funciones y que producen determinadas reacciones bioquímicas. Wilber llama a este cuadrante conductual.

Si se conecta a un yogui un electroencefalógrafo mientras medita, se podrán observar (cuadrante superior-derecho) los cambios fisiológicos que acontecen en su cerebro (ondas alfa, beta, delta). Pero lo que el investigador no podrá conocer serán las iluminaciones sutiles que el yogui experimentará en su interior (será en el cuadrante superior-izquierdo). Si desea conocer algo de esa experiencia, deberá hablar con él; aun así, todo lo que podrá obtener será una descripción mental de la experiencia y no la experiencia misma.

Superior-izquierdo

Es el aspecto individual e interior de los holones, la conciencia, el mundo de los significados internos, de la estética, de los pensamientos de cada ser humano, su historia personal. Este cuadrante no puede ser visto ni oído ni sentido de forma sensible. Las ideas, los sentimientos, no se pueden tocar con las manos. Para conocer a una persona hay que hablar con ella e interpretar lo que dice, no se la puede conocer científicamente. Wilber llama a este cuadrante intencional.

Inferior-izquierdo

Es el aspecto colectivo e interior de los holones. Son los significados internos compartidos, las culturas, las ideas compartidas por los grupos. Cada hombre nace en una familia con una determinada visión del mundo. La familia está a su vez integrada en una comunidad, en una nación, en una gran cultura, y la persona se va configurando en un mundo lleno de significados internos (no tocables ni medibles). Este cuadrante es llamado de lo cultural.

Inferior-derecho

Es el aspecto colectivo y exterior de los holones. Son todos aquellos aspectos de un grupo de holones que pueden ser verificados desde fuera, de manera empírica, objetiva, medible y cuantificable. Son, por ejemplo, los sistemas de producción, el tamaño de la población, la estructura de las edades de dicha población, el nivel tecnológico, los sistemas arquitectónicos, jurídicos, etc. Es llamado el cuadrante de lo social.

Los cuadrantes de la mano izquierda son los del mundo de la cualidad, del valor, mientras que los de la mano derecha son los de la cantidad. La ciencia, que se encarga de la mano derecha (todo lo empírico, medible, cuantificable) no puede ofrecernos criterios de valor. El mal de nuestro tiempo es la colonización de los dominios de la mano izquierda por los de la mano derecha, la usurpación por la ciencia y la técnica de todas las esferas de cualidad, que da como resultado un mundo chato, unidimensional, incoloro, insípido, muerto. La Gran Cadena del Ser reducida a su más baja expresión, la materia.

Todos los cuadrantes son igualmente importantes y no pueden ser reducidos a uno en particular. Todos se influyen mutuamente. Ha habido grandes teóricos de un determinado cuadrante, pero generalmente no han reconocido la importancia de los otros y sus teorías perdieron finalmente notoriedad ante los huecos que dejaban sin explicar. Por ejemplo, Marx se ocupó de lo colectivo-externo, por lo que no reconoció la existencia de los cuadrantes de la izquierda (lo interior) y convirtió el arte, las leyes, la moral y la religión en meras proyecciones de la organización económica. Wilber intenta rescatar en su obra lo más interesante de las teorías de grandes pensadores como Marx, Freud, Jung y muchos otros. Y nos sugiere, al mismo tiempo, cuáles son las partes de sus teorías que debemos rechazar por incompletas o insostenibles.

El desarrollo humano

El Hombre Real (Self, Atman, Testigo), es básicamente uno con el espíritu, pero antes de alcanzar esa consciencia de la unidad, encarna en sucesivas vidas en las que va perfeccionándose sucesivamente. Así, va pasando por los distintos niveles de la Cadena, identificándose y des-identificándose sucesivamente, a medida que progresa con la materia, la vida, la mente y, en algunos individuos, el alma y el espíritu. El espectro del desarrollo de un ser humano pasa por tres grandes etapas: pre-personal, personal y transpersonal; o pre-egoica, egoica y trans-egoica o pre-mental, mental y trans-mental.

Lo pre-egoico comprende el nacimiento y la infancia, hasta que va surgiendo una cierta conciencia mental de la propia identidad. Ahí nace lo egoico, que en la adolescencia se manifiesta plenamente y que, con el paso de los años, va madurando hasta llegar a una etapa existencial, en que la persona se pregunta por su existencia y por el porqué de la vida. Esa sería más o menos la frontera entre lo egoico y lo trans-egoico, la etapa final de lo personal y la antesala de lo transpersonal.

Lo que se llama transpersonal o trans-egoico constaría a su vez de varios niveles más: psíquico (o nivel del yogui o del chamán), sutil (nivel del santo), causal y no dual (niveles del sabio). Todo esto, por supuesto, es un resumen.

Las sociedades actuales ayudan a llegar hasta lo mental, pues ahí está su centro de gravedad, su nivel evolutivo medio. Pero no conducen, e incluso obstaculizan en gran medida, el acceso a lo transpersonal, el mundo del alma y del espíritu.

Ken Wilber se muestra explícito sobre los problemas que aquejan actualmente a la humanidad: la crisis ecológica, el principal problema de Gaia, no es la polución, los desechos tóxicos, el agujero de ozono ni nada por el estilo. El principal problema es que no existen suficientes seres humanos que se hayan desarrollado hasta los niveles posconvencionales, mundicéntricos y globales de conciencia, que son los únicos que pueden llevarle a ocuparse de las cuestiones globales.

Bibliografía

Visser, Frank. Ken Wilber o la pasión del pensamiento. Kairós.

Wilber, Ken. Breve historia de todas las cosas. Kairós.

Wilber, Ken. Una visión integral de la psicología. Alamah.

Wilber, Ken. Después del Edén. Kairós.

Wilber, Ken. Los tres ojos del conocimiento. Kairós.

Publicado en Ciencia
Sábado, 01 Diciembre 2018 00:00

Concepción del ser humano en Egipto

La pregunta que el ser humano siempre ha formulado está vinculada a su propio misterio: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy? Cuando los sofistas griegos decían que «el hombre es la medida de todas las cosas», decían una verdad «para el ser humano», que es quien hace la pregunta.

Los filósofos han querido encontrar en el ser humano un rasgo definitivo que le identifique: el pensamiento, la razón, la contrariedad en que vive sumergido, la conciencia de eternidad, su identificación con el misterio que llamó Dios, el lenguaje, su libertad de elegir, su discernimiento, sus risas y lágrimas, su voluntad de ser, su imaginación, el dominio del fuego, su capacidad de hacer historia, su creatividad artística, etc. Cada filósofo eligió un rasgo característico y lo creyó determinante.

La perspectiva de las antiguas civilizaciones fue distinta. Ellos no especulan sobre la naturaleza del ser humano, exponen lo que sobre ella conocen a través de símbolos: geométricos, como la cruz; naturales, como el fuego; enigmas, como la pregunta de la esfinge. La ventaja de los símbolos es que presentan el conocimiento de forma sintética, no discursiva. Hablan a la intuición y cada uno obtiene un mensaje. Su enseñanza se fija en la memoria, vive en la imaginación con vida propia y se convierte, desde su propio mundo, en semilla de futuros conocimientos.

H. P. Blavatsky habla de la diferencia entre misterios mayores y menores, explicando que en los menores el discípulo percibe la realidad a través de un «velo». Este velo es el ser humano como símbolo, como medida de todas las cosas. En los mayores, nos encontramos con los epoptai, los que contemplan la realidad sin velos.

Los egipcios expresaron en símbolos sus conocimientos. Siguiendo las claves de los misterios, patrimonio común de los iniciados de todas las épocas, un mismo símbolo puede ser usado para referirse a una verdad metafísica, teogónica, astronómica, matemática, moral, espiritual o fisiológica. Siete son las puertas para acceder a lo real, los velos que encubren y a la vez difunden su esplendor. Vamos a referirnos a símbolos del ser humano, entendiendo que estos símbolos, utilizados en otras claves, nos aportan otros significados.

Diversos filósofos, como Nilakantha Sri Ram, afirman que el ser humano es una intersección de distintas líneas evolutivas. Su unidad devendría del impacto de distintos seres de naturalezas diversas. Está hecho de lo uno y de lo otro, como diría Platón, sin que pueda prescindir de nada mientras sea humano.

Pero también se afirma que el ser humano es un punto que irradia su propia realidad, como una estrella que irradia su luz, una individualidad independiente de los vehículos que utiliza para expresarse.

Se dice que existen dos caminos para acceder a este misterio del ser humano; uno está relacionado con el ser humano como punto central, como luz emanada directamente del espíritu. Está representado geométricamente como una pirámide, con el ascenso vertical e ininterrumpido desde el centro de la base al vértice. En este ascenso, iniciático, el ser humano se identifica con el dios que en él mora y prescinde de toda identificación con su entorno.

El otro camino está representado por el ascenso a través de las caras de la pirámide, la búsqueda de lo Uno a través de sus proyecciones en los arquetipos que rigen toda actividad: ciencia, arte, religión y sociopolítica. Es en este camino en el que entendemos al ser humano como símbolo y donde está relacionado con sus semejantes y con la Naturaleza. El hombre se conquista a sí mismo conquistando el entorno que lo aprisiona y limita, se encuentra a sí mismo amando a su prójimo, y se conoce a sí mismo trabajando con su circunstancia.

Cada símbolo egipcio que se refiere al ser humano presenta una faceta de lo que es; todos juntos darían una visión completa y evidente para la intuición.

El ser humano como nave celeste

Para el conocimiento egipcio todo está vivo, todo navega en las celestiales aguas formadas por la luz de Nut. Las estrellas son las naves de los grandes dioses que bogan en los pliegues del espacio y el tiempo.

El ser humano es también un dios que boga en el Nilo celeste, mientras que su sombra lo hace en las aguas de la existencia. Es a la vez la nave, el barquero y el constructor de la nave. Ante la vida, somos un bloque de madera inerte, abandonado a sus corrientes; si despertamos los poderes latentes y nos modelamos desde el interior, somos una nave que surca esas aguas hasta la fuente de la que todo mana.

Los egipcios representan frecuentemente las proas y popas de dichas naves floreciendo en un loto. También suele aparecer un ojo de Horus en la proa, símbolo de la visión interior que permite al ser humano hallar su rumbo y evitar los escollos de la existencia.

En el Libro de la salida del alma hacia la luz del día (o Libro de los Muertos) encontramos: «asimismo (como una nave que eficaz y ligera surca las aguas) es modelado mi ataúd durante la travesía».

Los nombres de las partes de la barca nos dan velados mensajes sobre lo que es el ser humano y cómo debe trabajar su cuerpo y su psique:

Concepción del hombre en Egipto 4

«Alma que se concentra» es el nombre de mi barca.

«Navega-derecho-delante-de-ti» es el nombre de mi timón.

Adivina mi nombre, dice la vela. La diosa Nut, este es tu nombre.

Es decir, las velas de nuestra alma están tejidas con la luz de Nut. El alma es de origen celeste.

El timón es, en este simbólico barco, la facultad que tiene el ser humano de enderezar el rumbo.

El nombre de la barca se refiere a la necesidad de armonizar las distintas «almas» que en nosotros viven, los distintos vehículos de la personalidad. El nombre del timón se refiere a un enderezar incesante del rumbo: «Está mal», «está mal», «está mal», son los golpes de timón de nuestra alma en su ascenso, pues siempre hay algo que perfeccionar.

Lo importante en este símbolo es no olvidar que el cuerpo, la psique y la mente son vehículos del alma, y que deben ser conformados como nave eficaz que bogue en el mar de la existencia.

El hombre como estrella

Para los egipcios, el ser humano es hijo de una estrella, cuya luz ha sido proyectada sobre el barro del mundo. Es la estrella como centro de todos los caminos, relacionada con las demás estrellas por una malla de luz. Es el hombre como perfecta individualidad.

Platón, formado en los templos de Heliópolis, explica que la etimología de estrellas (en griego) significa «aquello que atrae nuestras miradas». «Atraer las miradas» significa atraer nuestras almas y llevarlas hacia su divino origen. El hombre como estrella es también la imagen del ser humano sin mancha que boga en la eternidad del espacio sin límites.

Las estrellas están vinculadas con el concepto egipcio de inmortalidad, puesto que no solo eran habitantes del cielo, sino también del reino subterráneo de la muerte a través del cual pasaba el sol cada noche.

Existe un jeroglífico que es la estrella de cinco puntas inscrita en un círculo. En su clave humana, simboliza al hombre como una emanación de una estrella envuelto en su escudo áurico, el huevo donde su conciencia desarrolla la transmutación.

Quizás no exista un texto egipcio que mejor exprese la condición del hombre como estrella, inmóvil y radiante en el cielo de su conciencia, que el Libro de la salida del alma hacia la luz del día:

Solo recorro las soledades cósmicas. Una irradiación de luz fluye de todo mi ser.

Si existe una identificación del ser humano con una estrella determinada, esa es Sirio, llamada Sothis o Sept.

Concepción del hombre en Egipto 1

Sothis es representada como una estrella de cinco puntas y Sept por un triángulo isósceles. Su jeroglífico significa «estar provisto», es decir, que rige las posesiones del alma, las armas mágicas, las virtudes celestes en el ser humano.

El ser humano, como ser consciente, sería hijo de Sirio y de Sekhmet (la Necesidad). O en otra clave, hijo de su conciencia (Sirio) y de sus obras (Sekhmet).

El hombre como Horus (como guerrero interior)

Horus representa al hombre interior y a la Humanidad. Combatiente en nombre de Osiris, extermina a sus enemigos y lucha contra Seth, su maestro-enemigo. En clave psicológica, es el símbolo por excelencia del ser humano como guerrero interior. Los textos jeroglíficos y las escenas pintadas en los templos se refieren incesantemente a la lucha que mantiene contra Seth. Seth es el dios de la luz devoradora de la vida. Horus es la conciencia, y Seth, la circunstancia árida y dolorosa que la rodea.

El combate interior dará lugar a una reconciliación armónica entre lo que nos rodea y nuestra personalidad. Tras la victoria, la «paz en alerta perpetua», la Gran Síntesis. Thot, la inteligencia, actúa de juez entre estos dos combatientes.

El ser humano que, despierto por fin, resurge y se yergue sobre sí mismo, es Horus. Ya es consciente y porta en sí la semilla poderosa de las divinidades. No es ya una momia, no es horizontal, se ha erguido formando una cruz que habla del hombre como encrucijada.

Horus es la clave de la victoria en el hombre. Es venciéndose a sí mismo como el hombre recupera su verdadera dignidad, su verdadera naturaleza. Y las victorias auténticas son semillas de nuevas victorias.

El hombre como mago

Es el hombre-síntesis, que domina las fuerzas de la Naturaleza. El jeroglífico para referirse a la magia es «heka», la fuerza espiritual que todo lo impregna.

El mago también sería el preservador de los ritos, aquel que actúa en los ritmos sagrados en el tiempo, aquel que permite mantener el sagrado vínculo entre los dioses y los hombres. El hombre como mago recupera su olvidada condición de dios. Es la corona de su condición humana en la Tierra. Ha recuperado su conciencia de inmortalidad.

Según la cosmovisión egipcia, el ser humano aparece como:

– En los jeroglíficos, piedra cúbica de la estructura del cosmos.

– Ra, impulso creador de voluntad en incesante marcha, vivificador de los mundos.

– Unidad, fraccionada al caer en la materia.

– Ju, espíritu puro, rayo de luz inmaculada que atraviesa la eternidad.

– Ciudad celeste donde habitan los dioses, Montaña de Fuego, Isla Seca donde se posó el Ave de la Resurrección, el Bennu.

– Peregrino ofrendante, recogiendo las experiencias espirituales.

– Lo que no es, y por lo tanto de lo que debe precaverse.

– Lo que es, es decir, lo que debe lograr.

– Esfinge, los distintos animales que aglutinó mediante su conciencia espiritual.

– Loto, expansión de las propias potencialidades.

– Señor de las Transformaciones, Kepher, el Escarabajo.

– Lira impulsada por vientos divinos.

– Viento divino, eternamente joven.

– Corazón, sede de la conciencia.

– Nefer, suma excelencia, bondad y belleza.

– Pez que debe evitar el karma, la red de Thot.

– Escriba, aquel que escribe su propio destino y debe responder ante él.

– Diseñador del templo de fuego, aquel que forja su propia mente.

– Huevo, en transformación.

– Momia.

– Serpiente.

– Rana.

– Ankh, llave y luz de vida.

– Encrucijada.

– Templo.

– Trigo o divino sembrador.

– Juramento vivo, es decir, como Nombre.

– Columna de la estabilidad.

Todas estas formas señalan la excelencia de los egipcios a la hora de señalar qué es el ser humano y cuál es el arquetipo que lo rige, conformando una verdadera Pirámide de Ideas, símbolo perfecto del Hombre, símbolo perfecto de Egipto.

 

Publicado en Antropología
Sábado, 01 Septiembre 2018 00:00

Ciencia y verdad, paradigmas enfrentados

En los planteamientos actuales para acceder al conocimiento, se abre paso una cuestión que fue resuelta de modos distintos según las épocas: ¿debe la ciencia prescindir de todo lo que no sea estrictamente racional para obtener resultados? Tal vez algunas respuestas se hallen analizando algunos ejemplos que nos antecedieron.

Hemos hablado mucho de ciencia, hemos hablado mucho de filosofía, pero me gustaría concentrarme sobre el «y», porque vivimos en una cultura del «o».

Hoy estamos hablando de ciencia y filosofía, una visión en la que la ciencia pueda ser parte de la filosofía. La filosofía debe aportar a la ciencia criterios de validez de sus conocimientos: ¿Qué pasos debo yo seguir? ¿Qué supuestos puedo o no tomar para que los conocimientos a los que llegue puedan considerarse válidos o no? Y la respuesta es: «depende».

Es un planteamiento un poco distinto. En las obras de Platón no es absolutamente imprescindible llegar a una definición exacta, por ejemplo, de las virtudes que explora en sus distintos libros. Y uno dice: ¿dónde está la conclusión? Pero es que, tal vez, el camino mismo nos está presentando nuevos horizontes y hay cosas de las que quizás no sea tan importante el definirlas sino el vivirlas.

En Occidente se dice que, hasta Descartes, impera el realismo. Es decir, el mundo existe, independientemente de que lo conozcamos o no. A partir de Descartes se dice que lo único de lo que tengo una evidencia es de que existe una actividad cognitiva psíquica, cogito, por lo cual soy. Hay un sujeto que tiene esta actividad, lo cual no significa que lo que estoy pensando sea correcto.

Pero como todavía estamos en un mundo muy impregnado por la religión, Descartes sigue diciendo: «Bueno, yo tengo la idea de perfección en mi mente, yo soy imperfecto; por lo tanto, alguien perfecto tiene que haberla insertado en mi cabeza; ese alguien es Dios». Ya estamos yo y Dios, y a partir de ahí voy a reconstruir el mundo.

Pero, concentrémonos en este «y». Hay una vieja parábola de cinco ciegos y un elefante. Los cinco ciegos van a describir un elefante. Un ciego se pone debajo y dice: «es como un enorme barril». Otro, que le toma la cola dice: «no, no, estás muy equivocado, es como una soga». Otro, que coge la pata dice: «no, no, están equivocados, es como el tronco de un árbol». El cuarto, le toma la oreja y dice: «señores están equivocados, es como la hoja de una palmera». Y el quinto, dice: «no, todos ustedes están equivocados, porque en realidad es como una manguera» porque le está tocando la trompa.

¿No nos pasa mucho esto? Cada cual tiene un punto de vista, pero considera que ese punto de vista es «el punto de vista». Si simplemente cambiamos la partícula del «o» por la posibilidad del «y», tal vez cambien las cosas.

La siguiente cita me parece muy pertinente al respecto. «Y así como la misma ciudad vista por distintas partes parece otra, y resulta como multiplicada por la perspectiva, así también sucede que por la multitud infinita de sustancias simples, hay como otros tantos universos diferentes, los cuales no son, sin embargo, sino perspectivas de uno solo, según los diferentes puntos de vista de cada uno» Elogio de la duda).

Bien... ¿cómo podemos pensar en el «y»?

Quiero que nos concentremos en la imagen de La escuela de Atenas, de Rafael, en la que hay un espacio de encuentro, donde aparecen reunidas, ordenadas según unos criterios platónicos de las cuatro virtudes, el arte, la política, la mística o religión y la filosofía y ciencia.

Fijémonos en algunos detalles. Tenemos a dos personajes en el centro: Platón, mostrando un dedo hacia arriba, probablemente tomando la cara de Leonardo da Vinci, y llevando un texto bajo el brazo que es el Timeo, el libro sobre la naturaleza, y observamos que tanto el gesto de Platón como el libro están en vertical.

En cambio, Aristóteles lleva su Ética trazando una línea horizontal, la misma dirección que muestra la palma de su mano, con lo cual ya tenemos una cruz de una visión vertical, que mira hacia los orígenes, hacia las causas, mira hacia el mundo de las ideas, y el otro ámbito del mundo de causalidades horizontales, que es el de la ciencia de la tradición aristotélica.

A los teóricos les interesa descubrir las causas últimas. A los físicos les interesa más este mundo. Pero, para Rafael, estas son realidades complementarias. Y yo me atrevería a decir incluso más. Aparecen otros elementos, hay una complementareidad y es un tiempo imaginario que permite los encuentros del «y», Porque en este cuadro se unifica a personajes que no vivían en el mismo lugar y, especialmente, no vivían en el mismo momento. ¿Esto es mito o es logos? Ellos no se encontraron físicamente, pero tal vez, los grandes espíritus no necesitan encontrarse.

Tenemos a Pitágoras, con una numerología simbólica que habla de los orígenes últimos de las cosas, y que muy probablemente Platón explicitó, en parte, en su Timeo, donde habla de las series numéricas en relación con las proporciones del alma del mundo. La geometría a nivel arquetípico. Los modelos del mundo en relación con los cuatro elementos, en relación con los cinco cuepos poliédricos regulares que después dibuja Leonardo da Vinci durante el Renacimiento, ilustrando un libro sobre la proporción áurea. Y destacamos la palabra armonía.

La palabra griega cosmos manifiesta belleza y orden. Es bello porque está ordenado, está ordenado porque es bello. Con lo cual, además, integramos el arte. Hoy nos cuesta mucho integrar la ciencia y el arte. Ya nos cuesta integrar la filosofía y la ciencia. Sin embargo, en Leonardo da Vinci encontramos a un científico y a un artista.

Un artista ha interiorizado las proporciones áureas y las refleja en sus obras de forma natural: hace sabiendo. Tenemos que descubrir esa armonía, y podemos hacerlo porque esa misma armonía está en nosotros, como vamos a ver en la imagen de Leonardo da Vinci, el hombre de Vitruvio, donde encontramos la proporción áurea.

Con los Médici vuelve el mundo clásico, apoyan el Renacimiento. Se buscan viejos textos, reaparece Platón, se vuelve a traducir la República y otras obras...

El elemento «y» tal vez pertenezca a otro nivel de la filosofía. Porque lo básico es el nivel analítico-lógico. Antes de empezar a leer hay que aprender el abecedario. Pero en otra escala, uno llega a escribir poesía después de aprender ciertos cánones. Es el ser interior, esa conciencia, que se va a expresar. Es otro lenguaje.

Como elemento a destacar, encontramos a Leonardo da Vinci, el gran arquetipo que integra la ciencia y el arte. Es un científico totalmente racional, pero no desconectado de la armonía del universo.

En nuestro cerebro tenemos dos áreas: el hemisferio cerebral izquierdo y el hemisferio cerebral derecho. Hoy sabemos que el habla, el logos, se halla en el hemisferio cerebral izquierdo; la palabra y el análisis están en la izquierda. Pero la percepción de un todo está en la derecha. Es muy interesante; la música se relaciona más con el tiempo que con el espacio. Todo lo que es gráfico se relaciona más con el espacio que con el tiempo.

Si se destruyen o afectan ciertos centros, a veces hay dispersión del habla, de la comprensión... Esa otra parte, que yo relacionaría con el mito, con la comprensión del símbolo, está en el lado derecho. En cambio, el lenguaje discursivo, que sirve más para explicar que para comprender, está al lado izquierdo.

Entonces, tal vez, uno de los problemas de algunos planteamientos científicos muy generalizados sea el trabajar solo con medio cerebro. ¿Y si integrásemos el otro lado?... Tendríamos, entre otras cosas, la creatividad.

Esto lo va descubriendo Einstein. Y se le plantea el gran problema porque no quiere terminar de darle realidad a los entes matemáticos, pero se da cuenta de que son lo más importante, y que a partir de la experiencia de los casos particulares, que podríamos llamar método analógico, es imposible llegar a las ideas generales. Él mismo va a decir que para ello son imprescindibles la intuición y la imaginación. De manera autobiográfica, nos va explicar cómo se usa la imaginación como método. Porque los principios de la teoría de la relatividad ya están en experimentos mentales imaginarios que él hacía cuando era joven.

Por eso es el tema del «y». Porque hoy aceptamos en ciencias la observación, la experimentación y la razón. Pero ¿qué pasa con la imaginación y la intuición? Vamos a tener un método muchísimo más completo y complejo integrando de manera sistemática la imaginación y la intuición.

Lo mismo pasa con nosotros, utilizamos mucho la inducción y la deducción, pero ¿qué pasa con la analogía? Es uno de los métodos fundamentales que utiliza Leonardo da Vinci.

En el árbol cabalístico, con los diez principios constructores del universo, encontramos un concepto muy interesante: los tres principios superiores, Keter, Hokhmah y Binah, corresponden a la cabeza, y se diferencia, en la cábala, entre la sabiduría, Hokhmah, y la inteligencia, Binah. Y nosotros, en la ciencia contemporánea, trabajamos poco con la sabiduría. La inteligencia es la que sigue explicitando, pero no tiene la comprensión profunda de las cosas. Para alcanzar las causas últimas hay que seguir subiendo. Lo otro es simplemente echar la barca al río e irse con la corriente.

Kepler toma los poliedros regulares que aparecen en el Timeo de Platón y los encaja unos dentro de los otros para ubicar y tratar de descubrir la relación entre las órbitas planetarias. Con este sistema, relacionándolo con las órbitas planetarias tomadas como circulares, llega a un modelo que está errado solo un 5%, y sigue investigando hasta llegar a la famosa formulación de las órbitas elípticas, que es más perfecto.

Cuando un profesor trata de enseñar griego, seguro que hace malabarismos, y se siente con un enorme sentido de frustración porque, de diez cosas que quería enseñar, ha enseñado una o dos. Sin embargo, sus alumnos están contentos porque han entendido. Dicho de otra manera, tenemos una partitura de un coro a cuatro voces, pero terminamos todos cantando solo la melodía porque las aptitudes musicales son limitadas.

¿Qué es más completo y qué es más verdadero? En la mecánica clásica, si yo conozco dónde está el coche en cualquier momento en carretera, puedo calcular, si tengo esa fórmula, en función de la posición y del tiempo a través de la primera y segunda derivada, puedo calcular la velocidad y la duración. Pero hay mundo en el que eso no es posible, y ahí es donde se resquebraja el tema y para Einstein esto es muy desconcertante.

«En el templo de la ciencia hay muchos tabernáculos, y muy distintos entre sí son, por cierto, quienes a ellos acuden acuciados por motivos muy diversos. Muchos obtienen de la ciencia gozoso sentimiento de poderío y superioridad intelectual, la ciencia es su deporte favorito y en ella buscan experiencias vividas y la satisfacción de sus ambiciones. En ese mismo templo habrá otros que ofrecerán los productos de sus cerebros para sacrificarlos con propósitos utilitarios.

Si un ángel del señor llegara para arrojar del templo a todos los que pertenecen a esas dos categorías, quedarían solo unos pocos hombres, tanto del tiempo presente como del pasado. Nuestro homenajeado Max Planc sería uno de ellos y por tal motivo le estimamos profundamente.

Soy consciente de que con esta imagen he expulsado a la ligera a muchos hombres excelentes que han sido responsables importantes y hasta casi totales de la construcción del templo de la ciencia. Y en muchos casos, el ángel se encontraría con que le resultaría muy difícil decidirse. Pero, de algo estoy seguro: si los tipos de científicos a los que hemos arrojado fueran los únicos existentes, el templo jamás habría llegado a existir. Tal cual como no podría haber un bosque donde solo crecen enredaderas » (Einstein).

Y para terminar, el hombre de Vitruvio. Tenemos un cuadrado, tenemos un círculo y un pentágono. En el centro del cuadrado están los órganos sexuales, ese es el centro de la materia. Pero el ónfalos, el ombligo, divide al hombre de acuerdo a la proporción áurea, imprimiéndole al todo una dinámica espiritual.

Publicado en Ciencia
Página 1 de 2
Utilizamos cookies para asegurar que damos la mejor experiencia al usuario en nuestra página web. Al utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de las cookies.