Hasta hace poco más de una década, se pensaba que la evolución del ser humano era lineal desde los antecesores prehumanos (la idea «el hombre desciende del mono»), con una serie de especies intermedias en las cuales iban mezcladas las características simiescas con las humanas, en un gradiente desde mayor proporción no homínida y menor proporción homínida hasta llegar al Homo sapiens, siendo este momento, además, relativamente reciente. Sin embargo, en los últimos años se han ido haciendo una serie de descubrimientos que parecen introducir nuevos aspectos.

«Podemos dejar volar la imaginación y pensar en una máquina del tiempo que nos permitiera viajar al pasado. Tras alcanzar nuestro objetivo de llegar al Pleistoceno, quizá hasta una época alejada de nosotros medio millón o incluso un millón de años, podríamos regresar con algún recién nacido de cualquiera de aquellas especies que nos han precedido. Ese niño o niña podría educarse en el seno de cualquiera de nuestras familias, recibiría cuidados, educación esmerada, la escolarización correspondiente, aprendería nuestro lenguaje y escribiría igual que nuestros hijos.

Con el paso del tiempo, aquel niño antecessor o neandertal, quizá podría matricularse en la universidad. Seguro que algunos colegas discreparán de este escenario, que humaniza sobremanera a aquellas especies ancestrales. Puede que un individuo de la especie Homo antecessor educado en la actualidad no llegase a ser un brillante arquitecto o un biólogo de reconocido prestigio; pero no me cabe duda de que cumpliría su papel en nuestra sociedad moderna con absoluta solvencia». (Bermúdez de Castro, 2010).

Estas palabras, de uno de los codirectores del equipo de investigación de Atapuerca, ponen de manifiesto los avances espectaculares que se están produciendo en el ámbito de la evolución humana en lo que llevamos de siglo XXI, que contrastan con la percepción popular que todavía se tiene de nuestro periplo evolutivo. Ya no se puede decir con rigor científico que el hombre procede del mono, sino más bien al contrario, que estos proceden de un tronco común con características homínidas como el bipedismo. Y, sin embargo, la idea que se tiene todavía es la de nuestros orígenes simiescos más o menos cercanos.

Últimos hallazgos en evolución humana

Hasta hace poco más de una década, se pensaba que la evolución del ser humano era lineal desde los antecesores prehumanos (la idea «el hombre desciende del mono»), con una serie de especies intermedias en las cuales iban mezcladas las características simiescas con las humanas, en un gradiente desde mayor proporción no homínida y menor proporción homínida hasta llegar al Homo sapiens, siendo este momento, además, relativamente reciente, cuando el «hombre de Cro-Magnon».

Sin embargo, en los últimos años se han ido haciendo una serie de descubrimientos que parecen introducir los siguientes aspectos en el proceso de antropogénesis:

1. La evolución no es lineal, sino un proceso ramificado.

2. La antropogénesis dio comienzo hace mucho más tiempo del que se pensaba, como mínimo 6, 5 o 7 millones de años.

3. Los procesos de hominización [1] y de humanización se han producido de manera conjunta.

4. Hay muchas más especies de homínidos.

5. Características netamente humanas se encuentran mucho antes de lo que se creía, incluso en especies diferentes al sapiens.

En el año 2001 se produce el descubrimiento de Orrorin tugenensis en Kenia, en estratos de hace seis millones de años. Esta especie tenía una altura de 140 cm, y caninos reducidos y, lo más sorprendente, caminaba erguido como nosotros.

Ese mismo año, en una localidad de Tchad, se descubren los restos de otra nueva especie, Sahelanthropus tchadensis, con una capacidad craneana de 350 centímetros cúbicos (como los chimpancés). Lo revolucionario de este hallazgo fue que Toumai tenía una locomoción bípeda y su antigüedad era de entre seis y siete millones de años. Y vivió en un ecosistema de selva cerrada, lejos de los espacios abiertos de las sabanas que, supuestamente, habrían propiciado la primera característica humana, el bipedismo, según se pensaba en el siglo XX.

Pero todavía hay más. En 1994 se descubrió un pequeño homínido de hace cuatro millones y medio de años, que se denominó Ardipithecus ramidus, y que tenía unos caninos muy diferentes de los de los chimpancés y de los nuestros. A lo largo de estos años, los hallazgos fósiles de esta especie concluyeron que el A. ramidus se encuentra en nuestra genealogía y que caminaba erguido, y posiblemente fuese antecesor de los australopitecos. Lo notable de estos hallazgos es que el ecosistema en el que se desenvuelven es de nuevo un bosque cerrado.

Los chimpancés actuales (Pan troglodytes) son la especie viva más próxima a nosotros, con el 98.8% de genoma idéntico, y desde hace unos seis millones de años evolucionamos de manera separada. Sin embargo, con los últimos hallazgos, los chimpancés no se encuentran entre nuestros ancestros, sino más bien al contrario. Por decirlo de una manera más sencilla, es el mono el que desciende del linaje humano, no al revés.

Otros descubrimientos, como el del Australopithecus garhi, hacen retroceder la posible fabricación de herramientas más allá del Homo habilis.

En nuestro país, el yacimiento de Atapuerca nos ha proporcionado importantes hallazgos. En 1997 se describió una nueva especie, denominada Homo antecessor, con una antigüedad que rondaba el millón de años y unas características mucho más cercanas a nosotros de lo que nunca hubiera podido sospecharse hace dos o tres décadas. En un principio se pensó que sería una especie antecesora del linaje de Homo neanderthalensis, por un lado, y de Homo sapiens por otro (tal y como se ilustra en la figura 1), pero en la actualidad se sitúa en una rama diferente, una suerte de vía paralela al sapiens. La filogenia se encuentra en constante revisión, debido a los constantes hallazgos.

En Atapuerca también se ha encontrado el 90% de todos los fósiles de una especie posterior, Homo heidelbergensis, antecesora del hombre de Neandertal, obteniendo una información valiosísima acerca del modo de vida de estos humanos. Y digo bien, humanos, porque a partir de esta especie, y como consecuencia de estos descubrimientos, se hacen más patentes rasgos propios del ser humano, como el pensamiento simbólico, la conciencia de sí mismo o el comportamiento altruista, y posiblemente, la noción del más allá. Estamos hablando de hace 700.000 años. Estas características genuinamente humanas se encuentran presentes y potenciadas en la especie que les sigue, Homo neanderthalensis, entre 300.000 y 30.000 años. Y no deja de ser significativo que estas características humanas se dan en dos especies que no tienen continuación con la nuestra, sino que fueron una rama paralela.

Los hallazgos y descubrimientos hacen evidente que los procesos de hominización y humanización se han ido produciendo de manera simultánea, lo cual hace que la conformación de los rasgos culturales, conductuales y comportamentales (humanización) se haya producido desde hace al menos 2.4 millones de años, cuando aparece el Homo habilis, lo cual rompe con la tendencia anterior, que establecía que la humanización fue posterior a la hominización, y siempre en los estadios casi inmediatos a la aparición del Homo sapiens.

Finalmente, hay que destacar que la frecuencia y trascendencia de los descubrimientos, así como la interpretación de los mismos gracias a la incorporación de nuevas tecnologías a la paleoantropología (como las técnicas biomoleculares), hacen que las teorías que se construyen sean, ahora más que nunca, provisionales, sujetas a constante revisión y con mínimos consensos por parte de la comunidad científica.

Cambios culturales, la humanización

Hay autores que defienden que los procesos de humanización son un logro evolutivo para suplir el hecho de que el ser humano nace como un animal incompleto, un animal deficiente, que ha perdido parte de las aptitudes biológicas del resto de especies (es menos veloz, menos fuerte, carece de defensas naturales o elementos para el ataque). El hecho es que se considera que la humanización se produce de manera simultánea a la hominización, y no después. Los principales rasgos de la humanización son:

 La conciencia refleja, o conciencia de uno mismo , es el rasgo humano por antonomasia. Se complementa con la conciencia de los demás y de la realidad vivencial. Evidencia de la aparición de la autoconciencia es el hallazgo de una piedra tallada con rasgos del rostro humano, en un horizonte cercano a los dos millones de años, probablemente con los primeros Homo, cuando ya hay una capacidad de producir herramientas, que suponen la capacidad de abstracción de un problema y de su solución, así como la previsión de guardar las herramientas para solucionar futuros problemas. Hace posible que uno se reconozca a través del tiempo, y permite hacer acopio de experiencias, que forman parte de las soluciones potenciales a disposición del clan.

 La capacidad de contactar con lo sagrado; primeros vestigios de religión . Los antropólogos definen esta capacidad como la posibilidad de vivir una experiencia completamente diferente de la experiencia profana, sin espacio ni tiempo, donde se perciben las respuestas a las preguntas que la propia capacidad de autoconciencia comienza a hacerse, y de alguna manera se intuye el porqué de la naturaleza. Esta capacidad de contactar con lo sagrado es difícil de poner en evidencia en los yacimientos, pero puede inferirse cuando se encuentran prácticas con los difuntos. El desarrollo de la conciencia de sí produce la conciencia de la muerte de los seres queridos, que lleva a la eterna pregunta acerca del sentido de todo. Así, cuando se encuentran prácticas con los difuntos, nos encontramos frente a una abstracción frente a la muerte. Lo más antiguo que se conoce al respecto es en Atapuerca, una acumulación intencionada de cadáveres (Figura 2a), de Homo heidelbergensis, hace medio millón de años. No se puede hablar de enterramiento porque no hay evidencias de ritual, pero indica una percepción diferente de la muerte, que induce a una respuesta concreta frente a la misma. Posteriormente, en el Homo neanderthalensis hay muchas más evidencias de un trato ritual frente a la muerte, como las exequias con flores. Y por supuesto, en el Homo sapiens. Esta capacidad de conectar con lo sagrado la encontramos en el propio origen del arte rupestre, que según las últimas investigaciones no es fruto de una mentalidad mágica primitiva para favorecer la caza (por ejemplo, se ha encontrado que las especies animales consumidas no se corresponden con las pintadas), sino que posiblemente fuesen empleadas para experiencias chamánicas.

 La imaginación y la capacidad simbolizadora. La capacidad de trabajar con imágenes se posibilita gracias al gran desarrollo del neocórtex (corteza cerebral) en el proceso de encefalización. Uno de los muchos rasgos de este neocórtex es la división en dos hemisferios cerebrales, que tienen una función diferente. El hemisferio izquierdo es el responsable del lenguaje verbal, los procesos lógicos, las matemáticas, la música; el hemisferio derecho se ocupa del lenguaje simbólico, los procesos analógicos, trabajar de manera plástica con lo espacial, el arte visual.

Las evidencias paleontológicas han puesto de manifiesto que hay mentalidad simbólica desde el Homo heildelbergensis, del cual se encontró un bifaz en Atapuerca (llamado «Excalibur», Figura 2b), que habría sido depositado deliberadamente junto a un cadáver, denotando una intención simbólica en el más allá. Esta capacidad de trabajar mentalmente con imágenes también se reconoce en el H. neanderthalensis y, por supuesto, en el H. sapiens. La función simbólica es crucial en el proceso de humanización, por varios motivos, siendo dos los más relevantes: nos permite crear los escenarios mentales en los cuales pensar y nos permite comprender y tomar conciencia de aspectos no tangibles y metafísicos de la realidad. En este caso, la imaginación es un logro evolutivo que permite transmitir experiencias inefables.

 El lenguaje. Investigaciones de los últimos años también han revelado que el uso del lenguaje humano no parece haber sido privativo de nuestra especie. Uno de los equipos investigadores de Atapuerca, trabajando sobre huesos del oído fósiles del H. heidelbergensis, han podido reconstruir la escala de audición de esta especie y han concluido que se comunicaba a distancia corta mediante sonidos con la misma frecuencia que nuestro lenguaje actual. Posteriormente, en 2007, se descubrió en el genoma de los neandertales el gen FOXP2, involucrado en el lenguaje humano. Incluso hay no pocos investigadores que creen que el Homo ergaster, hace un millón y medio de años, cuando comienza a fabricar herramientas más elaboradas, que requieren de una secuencia precisa de órdenes y una lateralización del cerebro, pudo haber empezado a desarrollar un lenguaje humano. Igualmente sorprendente ha sido el descubrimiento de signos de escritura de hace 60.000 años en una localización sudafricana, en 2010. Efectivamente, se trata de inscripciones grabadas en cáscaras de huevo de avestruz, y que señalan la existencia de una escritura paleolítica, que choca por completo con el paradigma que establece el inicio de la Historia con la aparición de la escritura, en el Egipto o Súmer antiguos.

 La creación de una sociedad compleja es otro de los rasgos notables de la humanización. La sociedad humana que va surgiendo es completamente diferente a otras agrupaciones de animales, porque los individuos son conscientes de sí mismos y de los demás, y por tanto desarrollan una conciencia colectiva, que puede reconstruir la historia del clan. Se potencian las posibilidades del grupo social como elementos integrador, porque se toma conciencia de las posiciones de cada individuo y, sobre todo, puede preverse lo que va a hacerse y cómo va a afectar al propio interesado ( inteligencia maquiavélica). En 2010, se han descubierto evidencias de ayuda social en individuos con taras y malformaciones (Figura 3) que no podían valerse por sí mismos y llegaron a ser ancianos, pero hace medio millón de años.

 El dominio y uso del fuego es otro rasgo relevante, de mayores consecuencias que las que pudieran sospecharse a simple vista. Se tienen pruebas de uso intencionado de fuego hace 400.000 años, y posiblemente más atrás (en África se han encontrado usos desde hace más de un millón y medio de años, pero no son concluyentes acerca de su intencionalidad). El uso del fuego es uno de los rasgos típicamente humanos. Proporciona luz, calor, posibilidad de cocinar los alimentos. Pero también se ha visto que puede haber influido notablemente en el desarrollo del cerebro, gracias a su capacidad de protección. El sueño REM o paradigmático, en el que se desactiva nuestro estado de alerta, es muy importante para nosotros, porque permite fijar los conocimientos y experiencias en nuestro cerebro («sueño reparador»), y, sin lugar a dudas, ha facilitado nuestro proceso de encefalización. Según los especialistas, la tranquilidad necesaria para la aparición del sueño REM bien pudo encontrarse en la protección que daba el fuego. Pero hay más: desde un punto de vista ecológico, el uso del fuego permitió comenzar a moldear los ecosistemas a un nivel y escala mucho mayor.

 La creación de refugios y casas es también otro rasgo característico de humanización. Popularmente se ha considerado que el hombre primitivo vivía en las cavernas. Sin embargo, según los especialistas, este hecho no es del todo cierto. Generalmente las cavernas y grutas se han usado para rituales relacionados con el uso de las pinturas y signos rupestres, y para vivir seguramente se han construido chozas, refugios, etc., de distintos materiales, lo cual, junto con la fabricación de herramientas, proporciona una idea del desarrollo mental.

La construcción del ser humano

El complejo proceso de la antropogénesis se halla lejos de ser conocido por completo por la ciencia; sin embargo, los descubrimientos y avances de la última década han revolucionado el conocimiento que se tenía de la paleoantropología. Ahora, desde el punto de vista científico, no podemos seguir considerando un pasado relativamente reciente de «hombres-mono» como nuestro linaje directo. Los procesos de hominización y la adquisición de los rasgos humanos, la humanización, se hunden en el tiempo, hace millones de años.

Las consecuencias del proceso de humanización son logros evolutivos, que han hecho posible el éxito de la especie, que seamos como somos. La posibilidad de conectar con lo sagrado, con todo lo que ello implica de búsqueda de un sentido de la vida, la capacidad de trabajar con la conciencia, el desarrollo de virtudes sociales como el altruismo, el desarrollo de tantas facultades inteligentes que permiten anticipar soluciones a problemas definidos, el desarrollo de la sensibilidad artística o el pensamiento simbólico, por poner algunos ejemplos de rasgos del proceso de humanización, son conquistas de nuestra evolución. Lejos de lo que creemos habitualmente, el conjunto de virtudes, como la generosidad o la empatía, no son la resultante de sistemas morales, que son opinables, sino la consecuencia de logros obtenidos a lo largo de millones de años de evolución. Por lo tanto, consolidar modos de vida que no tengan en cuenta estos éxitos evolutivos va en contra de nuestro propio sentido evolutivo, de igual manera que lo haríamos si adoptásemos un modo de vida completamente insano. No deja de sorprender que los principales modelos éticos que podemos explorar con la filosofía mantienen una asombrosa semejanza con las consecuencias de los rasgos de la humanización.



[1] La hominización es el proceso evolutivo de adquisición de la morfología y anatomía características de los homínidos, y la humanización es el proceso de desarrollo de los patrones culturales y conductuales singulares del ser humano.

Publicado en Arqueología
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