Si hay un tema dominante en los medios de comunicación durante los últimos tiempos, ése es el de la crisis. Para definirla se han acuñado multitud de términos, desde la crisis ninja, pasando por la crisis inmobiliaria o crediticia hasta llegar a una crisis sistémica, donde todo el engranaje económico mundial se ve afectado. Pero todas hacen hincapié en el carácter económico, o como mucho a una pérdida de valores donde se ha preferido la ganancia a corto plazo de unos pocos antes que el crecimiento equilibrado del sistema.

Sin embargo, explicar la crisis en términos económicos ceñidos a los valores morales no deja de ser una simplificación exagerada. Básicamente porque en los últimos cien años, desde que la organización social se rige en términos económicos y de lucha de clases, se han producido varias crisis y todas por causas parecidas. El fabulista Esopo ya nos dijo que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, pero yendo un poco más allá veremos que el problema no está en la piedra, sino en el camino. Dicho de otro modo, el problema no es económico, sino histórico.

Resulta extraño comprobar cómo el avance científico no ha tenido su correspondiente reflejo social y cultural. Desde Einstein sabemos que el espacio y el tiempo son inseparables y la estructura del mismo depende del observador. Sin embargo, a nivel social seguimos pensando en un tiempo “limpio” y lineal, sin ninguna influencia en los acontecimientos. Eso es algo tan absurdo como suponer que el espacio que nos rodea no tiene accidentes geográficos, como montañas, ríos, mares, etc. De la misma forma que la geografía condiciona la sociedad, formando países y pueblos, el tiempo posee una estructura que también influye en el ser humano inmerso en él, aunque a primera vista resulte imperceptible.

De ahí que periódicamente aparezcan momentos especiales en la historia, señal de que se ha producido un cambio en la estructura del tiempo que se refleja en un cambio social profundo. El tiempo tiene su propia estructura, y en estos momentos estamos viviendo en un profundo cambio temporal. Eso ha provocado un cambio social, de manera que los esquemas sociales que nos regían ya no son útiles. De la misma forma que la masa deforma el espacio en la relatividad de Einstein, el materialismo social dominante en el último ciclo deforma la percepción del tiempo de los individuos provocando una deformación social.

LA CRISIS HISTÓRICA

Igual que un individuo está sometido a crisis vitales, la sociedad humana también está sometida a crisis históricas. Pues, a fin de cuentas, la sociedad humana es un tejido orgánico formado por células de individuos. Y es lógico que se reflejen en el tejido los mismos problemas que en las células. En principio, las crisis históricas no tienen por qué ser negativas. Recordemos que el significado etimológico de la palabra “crisis”, que proviene del griego, es cambio. Y los cambios pueden ser para mejor o para peor.

¿Cómo se producen las crisis individuales? Por la suma de experiencias no superadas en los recuerdos del individuo. El peso de estas experiencias inclina la conciencia, ya que no han sido transmutadas en elementos válidos para la construcción de los valores. Pero como hay una relación entre los individuos y la sociedad, la sucesión de acontecimientos históricos no transmutados en experiencias válidas produce las crisis históricas. Los valores y motivaciones sociales han perdido su validez, deben ser renovados.

Quizás sea esa la mayor paradoja del siglo XX; que el desarrollo tecnológico y científico haya permitido un enorme crecimiento económico que no ha sido equilibrado a nivel artístico, religioso y político. En la era de la globalización y de internet todavía nos regimos por sistemas políticos de hace dos siglos, y las religiones continúan ancladas en dogmas más propios de la anterior Edad Media que de los tiempos actuales.

Como consecuencia del convulso siglo XX, en el siglo XXI se manifiestan los síntomas de una crisis histórica, de la llegada de una nueva Edad Media. Uno de ellos es el creciente aumento del terrorismo y la piratería. Con la caída de las Torres Gemelas en Nueva York ha tomado protagonismo esta nueva forma de guerra; se busca el efecto psicológico más que la destrucción de objetivos visibles y bélicos. De esta forma, vemos el creciente aumento de terroristas suicidas que se justifican a sí mismos como mártires de una religión y de un ataque contra un enemigo que aparece como encarnación del demonio.


MIRAR HACIA DENTRO


Todo lo anterior son síntomas externos de una descomposición interna, de la decadencia de las ideas y los sentimientos vigentes en nuestra sociedad. Tomamos la vida como si fuera un espectáculo, hasta tal punto que los acontecimientos deportivos cada vez son más numerosos, de manera que lo que comenzó siendo una distracción actualmente se vuelve algo diario y condicionante de la vida de muchas personas. La identificación tribal con los colores de un equipo de fútbol es algo evidente, así como la creciente frustración sentimental y emocional que se manifiesta en estallidos de violencia deportiva. Es el fruto de querer vivir la vida como si fuera un espectáculo y una diversión continua.

Las soluciones a todo esto pasan por entender que igual que existen los ciclos en la naturaleza y en el hombre existen también ciclos en el tiempo. No todos los tiempos son igualmente propicios para realizar grandes progresos. Pero tampoco debemos dejarnos llevar por la apatía y el desánimo. El hombre debe comenzar a verse como actor en la Historia, y no simple espectador de los sucesos que acontecen en torno suyo. Un papel activo es imprescindible para superar las Edades Medias que, recordémoslo, solamente son momentos de caída entre dos cumbres civilizatorias.

En este sentido es necesario integrarse en la naturaleza, practicando una ecología no sólo física, sino también emocional y mental. Aprender a no ser depredadores del planeta, de otros países y de los propios vecinos. Todas las crisis tienen detrás un factor moral. La crisis humana se debe al exceso de codicia, a querer buscar siempre el máximo beneficio posible y el mínimo esfuerzo posible. Todo ello nos ha debilitado como personas. El ser humano ha dominado el planeta, pero no se ha dominado a sí mismo; hay una ruptura  del equilibrio ecológico, social y humano.

Hay que dejar de buscar soluciones externas al hombre; ni la tecnología puede crecer siempre, ni la economía puede crecer siempre, ni se puede vivir sumido en un espectáculo continuo como propone la sociedad. Es imprescindible aprender a mirar de nuevo dentro de cada uno para encontrar las respuestas y las soluciones a todos los problemas que hoy nos aplastan.

Javier Ruiz

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