Enero 2019

Un nuevo paradigma evolutivo: aportaciones de Ken Wilber

Escrito por  Manuel Ruiz Torre
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Carter Phipps[1] define a Ken Wilber como un «evolucionario», es decir, una «persona que ha interiorizado la evolución, alguien cuyo conocimiento de la evolución no es solamente intelectual, sino visceral. Los evolucionarios no solo admiten el amplio proceso en el que nos hallamos inmersos, sino la urgente necesidad de que nuestra cultura evolucione, una empresa en la que cada uno de nosotros está llamado a desempeñar un papel muy importante». Y es que en la filosofía integral de Ken Wilber, el papel de la evolución ocupa un lugar destacado.

¿Cree usted que hablar de evolución es solo una conversación científica para especialistas? ¿Piensa que las consecuencias de escoger una u otra teoría acerca de la evolución no influyen en su vida cotidiana? Pues nada más lejos de la realidad. Lo que se acepta o no se acepta sobre el paradigma evolutivo es determinante de la manera como abordamos la vida en el día a día.

Según la Real Academia Española, un paradigma es una «teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento», y en el caso de la evolución, su paradigma actual mayoritariamente aceptado ha ejercido (y sigue ejerciendo) una notable influencia en la vida de todos nosotros.

Para empezar, la evolución no es algo referido exclusivamente al campo de las especies animales y vegetales, sino que puede referirse a muchas realidades. El verbo evolucionar puede aplicarse a las personas, cuando modifican su actitud, su conducta o su propósito; o cuando se va pasando de un estado a otro (puede ser un estado material, vital, psicológico o mental) mediante un proceso de desarrollo o desenvolvimiento; o cuando una idea o teoría va transformándose a través de fases sucesivas.

Evoluciona la profundidad espiritual de una persona, o la gestión de sus emociones. Evoluciona el urbanismo de una ciudad, o la forma de relación entre el capital y el trabajo, o la creación artística. Evolucionan las especies, las oportunidades y las ideas.

Por tanto, cualquier consideración que se haga de la evolución, tiene una repercusión directa o indirecta en nuestro modo de vida.

Evolución y creación

Hay creencias que niegan la evolución de las especies, en favor de una situación fija, inmutable desde el origen, desde el mismo acto de la Creación. Esta percepción rígida, invariable, se expresa en un modo de vida muy conservador, clasista, donde las posiciones no pueden alterarse sin alterar un orden superior. Todo está predestinado, y sujeto a la voluntad divina. No es difícil imaginar cómo esta actitud frente al hecho evolutivo, negándolo, va influyendo y determinando los detalles del día a día de las personas que así lo asumen, incapaces de imaginar la sucesión de cambios, a no ser que se produzcan desde instancias superiores.

El creacionismo, o negación de la evolución, y sus diferentes variaciones (diseño inteligente) conforman un tipo de paradigma que no es el aceptado mayoritariamente por la ciencia. Y sus influencias en la vida cotidiana ya se han sugerido en el párrafo anterior.

El paradigma científico acepta la evolución como un hecho, y descansa en la teoría de Darwin, basada en tres pilares fundamentales: a) En el genoma de cada individuo se producen pequeñas mutaciones al azar, las cuales originan cambios individuales. b) Algunos de estos cambios son favorecidos por la selección natural, dando lugar a la supervivencia de los más aptos. c) La acumulación de pequeños cambios favorecidos por la selección natural, produce una evolución gradual de unas especies en otras.

La aceptación de la evolución según estas premisas tiene su correspondiente influencia en el día a día: sacralización de la competitividad frente a la cooperación, selección del más fuerte, carencia de finalidad en la vida, determinismo genético (frente al determinismo divino de los creacionistas), trivialización de cualquier atisbo de dimensión espiritual, y en general, de cualquier parte de la realidad que no sea explicada por los genes, y a nivel económico, la preponderancia del ciego e insensible «mercado» en nuestras vidas, por poner algunos ejemplos.

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Sin embargo, las costuras del paradigma científico están siendo sometidas a las tensiones de nuevos descubrimientos que no encajan con los postulados darwinistas: evidencias de una dimensión no material; influencias de la actividad psicológica y mental sobre el organismo físico; la importancia que está cobrando la epigenética…

Cada vez hay más publicaciones e intervenciones públicas de pensadores que plantean la necesidad de cambiar el paradigma evolutivo para dar cabida a una descripción más amplia de la vida en general y del ser humano en particular. Hay una insospechada revolución en marcha, que desafiaría la exclusividad del «hecho positivo» (solo es válido lo que puede medirse) y la muy poderosa industria «positiva» (como la farmacéutica convencional), que abriría las puertas a una concepción de la vida diferente y que obligaría a una revisión del método científico para estudiarla.

Uno de estos pensadores de vanguardia es el filósofo estadounidense Ken Wilber, que durante años ha ido buscando un sistema integral que englobe las diferentes visiones de la realidad.

Propuesta sobre la evolución

La forma en que Ken Wilber ha elaborado su propuesta acerca de la evolución no es fruto de una ocurrencia ingeniosa o de una feliz inspiración, sino de un esfuerzo metódico, que le llevó a indagar en todas las ramas del saber. Él suele referir cómo empapeló literalmente su domicilio con representaciones de todos los esquemas jerárquicos que recopiló. Si la evolución es un proceso dinámico que se encuentra jerarquizado, Wilber recopiló y estudió todo tipo de esquemas jerárquicos. Y los halló en todas las ramas del conocimiento: en la biología clásica, pero también en la psicología, en la lingüística, en la economía, en la sociología, en la cultura, en la fonética, en la historia, en la mística, etc. Y su gran trabajo fue buscar un patrón, ¡un modelo que las contuviese!

Finalmente, elaboró la teoría de los cuatro cuadrantes [1], en los cuales puede incluirse todo. La evolución se produce en cada uno de ellos, y representan cuatro perspectivas diferentes de una realidad. Si nos imaginamos un cuadrado dividido en otros cuatro cuadrados, la fila superior se refiere al aspecto individual, y la inferior al colectivo. Igualmente, la columna de la izquierda se refiere al interior y la derecha al exterior. Así, si nos referimos a una persona, el cuadrante superior izquierdo está en relación a todo su mundo interior (Yo, subjetivo), el cuadrante superior derecho a su realidad individual externa (Ello, objetivo), el cuadrante inferior izquierdo engloba todo lo que tiene ver con su relación con los demás (Nosotros, intersubjetivo) y el cuadrante inferior derecho es el sistema colectivo en que se desarrolla (Ellos, interobjetivo).

Cualquiera de nosotros tiene sentimientos, que solo él puede percibir en su plenitud (subjetivo, cuadrante superior izquierdo). Estos sentimientos tienen su asiento material en el cerebro (objetivo, cuadrante superior derecho). Los mismos sentimientos generan un comportamiento que se desenvuelve en un entorno social (cuadrante inferior izquierdo), que objetivamente corresponde a un sistema concreto, por ejemplo, una sociedad democrática occidental (cuadrante inferior derecho).

Como puede adivinarse, estos cuatro cuadrantes se influyen unos a otros en un proceso dinámico. En el ejemplo de la persona, si esta disfruta de una intensa vida interior, con control de sus emociones, desarrollo de ideas y pensamientos (dimensión subjetiva), tendrá repercusión positiva en su salud, incluso en el propio desarrollo funcional de su cerebro (dimensión objetiva). Su relación con los demás (entorno social) será productiva y gratificante, e incluso por las decisiones que tome o por grado de compromiso, puede llegar a inducir cambios en el sistema en el que se encuentra su entorno social.

Ken Wilber reconoce que la realidad se rige por las leyes de la complejidad, que los humanos somos sistemas complejos. Y su propuesta de los cuatro cuadrantes es un esquema en el que se representan las interacciones posibles de esta complejidad. Cada paso evolutivo que se produce en cualquier cuadrante tiene su consecuencia en el resto.

La evolución, para este filósofo estadounidense, tiene algo (o mucho) de teleología[2], es decir, hay una dirección, un sentido; y este sentido se traduce en sucesión de jerarquías. En cada cuadrante pone ejemplos de desarrollos jerárquicos. Así, en el superior derecho, el de la dimensión objetiva, señala como ejemplo: átomos > moléculas > procariotas > eucariotas > organismos neuronales > cuerda neural > tronco cerebral reptiliano > sistema límbico > neocórtex > neocórtex complejo > EF1 > EF2 > EF3 [3].

Evolución e involución

Para Wilber está claro que existe un proceso de involución [4] (desde la dimensión espiritual a la material) y otro de evolución (en sentido inverso, en el que nos encontramos). El primero lleva implícito un proceso de olvido del origen, y la evolución, por el contrario, requiere volver a recordar esa causa-finalidad espiritual.

En el proceso de evolución, cada holón [5] trasciende el anterior (en el sentido holístico, con nuevas propiedades emergentes, que no pueden reducirse a la suma de propiedades del nivel anterior) y a su vez también lo incluye. Este proceso también es explicado por Ken Wilber como un cambio de perspectiva, la cual es considerada como una especie de «unidad» evolutiva. Mientras se permanece en el mismo nivel evolutivo, se tiene la misma perspectiva de la realidad. Cada ser que evoluciona, desarrolla una perspectiva de la Realidad plena.

No puede exponerse todo el pensamiento de Wilber sobre la evolución en un artículo como este. Pero queda claro que realiza importantes aportaciones a la cuestión evolutiva desde la filosofía, la filosofía perenne, como él define «al núcleo de las grandes tradiciones de sabiduría del mundo entero».

Para concluir, el paradigma evolutivo actual no contiene satisfactoriamente los incesantes nuevos avances científicos y hay nuevos enfoques filosóficos (y el de Ken Wilber es uno de ellos) que proponen nuevos escenarios para explicar la evolución, en un auténtico trabajo de síntesis. Quién sabe, tal vez una comprensión más global de la evolución se exprese en una realidad social mejor que la que vivimos, porque el azar y la selección natural no logran sostener una sociedad más humana y justa.



[1] Esta teoría constituye la base del método AQAL (« All Quadrants, all levels»), que se utiliza en desarrollos de liderazgo, pedagogía, psicología.

[2] La aceptación de la teleología en evolución supone admitir que esta tiene una dirección y un sentido predeterminado, lo cual se rechaza en el paradigma científico imperante, porque sería admitir la posibilidad de un ser superior que dirige la evolución por encima de las leyes naturales, por lo que estas leyes no serían universales. No obstante, es evidente que el proceso evolutivo marca una dirección, por lo que se tiende a admitir cierta teleología que, para diferenciarla de una teleología consciente, se denomina a veces teleonomía.

[3] Tomado de Ken Wilber (1997) Breve historia de las cosas. Editorial Kairós, Barcelona. 450 pp. EF1, EF2 y EF3 son capacidades más complejas que se desarrollarán.

[4] Ken Wilber (1995) Después del Edén. Editorial Kairós, Barcelona. 516 pp.

[5] Wilber utiliza el término “holón” para referirse a algo que es totalidad en un contexto y parte en otro contexto. Por ejemplo, un átomo es un holón, porque es totalidad a nivel atómico y parte a nivel molecular.



[1] Carter Phipps (2013) Evolucionarios. El potencial espiritual de la idea más importante de la ciencia. Editorial Kairós, Barcelona. 491 pp.

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