Junio 2011

La leyenda del Cid Campeador

Escrito por  Francesc Xavier Capacete
La leyenda del Cid Campeador

Se cumplen 50 años del estreno de la película “El Cid”, de Anthony Mann, interpretada por Charlton Heston y Sofía Loren. Es una buena ocasión para recordar el personaje histórico, protagonista del film, que representa el prototipo de héroe medieval.

Han sido tantas las leyendas que se han tejido alrededor de nuestro Cid que es difícil separar lo histórico de lo legendario. Sin embargo, las leyendas también forman parte de los entresijos de la Historia, de tal modo que si se separan demasiado los ideales de los hechos, se corre el riesgo de dejar a la Historia sin alma.



El Rodrigo Díaz histórico nació en Vivar, pequeña villa de Burgos, alrededor del año 1043. Hijo de Diego Laínez, se formó en la corte del emperador de las dos religiones, Fernando I. En la Navidad del año 1065 falleció este rey, emperador de León, Castilla, Galicia y Portugal y protector de los reinos árabes de Zaragoza, Toledo, Badajoz y Sevilla. Por considerar que sus dominios eran demasiado extensos, los dividió entre sus hijos varones, Sancho, Alfonso y don García. Una de las primeras disposiciones del rey don Sancho como rey de Castilla fue nombrar  alférez a Rodrigo Díaz de Vivar, quien ya desde adolescente daba muestras de valor y prudencia. Al jurar el cargo de alférez, Rodrigo Díaz se comprometía a defender y amparar el reino, proteger el derecho de las viudas y los huérfanos, así como hacer justicia. También le correspondía batirse en nombre de su rey, siempre y cuando este así lo demandara.

La primera ocasión en que Rodrigo tuvo que batirse en riepto fue cuando su rey reclamó a los vascones el castillo de Pazuengos, que pertenecía a Castilla. Por los vascones combatió el caballero Jimeno Garcés, señor de Lizarra, de quien se decía que era un portento de la naturaleza. Contaba Rodrigo veintidós años y tras pelear en el riepto durante todo el día, por fin, venció al de Lizarra. Desde ese día, se llamó a Rodrigo con el sobrenombre de Campeador, el maestro del campo de batalla, Campi Doctor. Y así lo demostró el resto de su vida, jamás perdió una batalla.

Gran estratega, conocedor de lo que hoy se conoce como “guerra psicológica”, venció incluso cuando su ejército estaba en inferioridad numérica.
El título de “Cid”, Sidi en hebreo, que en árabe y castellano quería decir “ mi señor”, se le comenzó a dar después de vencer a Hariz ben Haffa, corpulento soldado del señor de Medinaceli, cortándole la cabeza de un mandoble. Ya por estas fechas comenzó la leyenda del héroe castellano como caballero a quien no puede vencer ni la misma muerte.

Tras la muerte de Sancho II en el cerco de Zamora (1072), a manos de un traidor llamado Vellido Dolfos, que le asesinó por la espalda, Rodrigo pasó a ser vasallo del nuevo monarca, Alfonso VI. Una vez que el rey prestó su juramento en Santa Gadea, fue proclamado rey de Castilla, pero se sintió tan rebajado en su honor por la doble exigencia de juramento a que le sometió el de Vivar, que de por vida guardó rencor al Campeador. Enviado a cobrar los impuestos (parias) a la taifa de Sevilla, el Cid fue acusado, por nobles envidiosos, de haberse quedado con parte de la recaudación. Las intrigas palaciegas forzaron al monarca a declarar que Rodrigo Díaz había incurrido en la “ira regia”, siendo desterrado y quedando roto el vínculo de vasallaje. Así, el 9 de octubre de 1081 el Cid se vio obligado a abandonar Castilla.
Partió en compañía de sus hombres, pero era tal la fama del Campeador que muchos otros caballeros se le unieron, pues preferían, por encima de todo, una vida de honor y gloria y no servir a un rey sobre el que pesaba la duda del regicidio. En cierta ocasión, Álvar Háñez Minaya dijo que cuando llegaran a cinco mil caballeros estarían en disposición de atacar al rey Alfonso y recuperar lo que era suyo. Pero el Cid le respondió que nunca lidiaría contra el rey, al que había besado la mano en Santa Gadea, y que quien no pensara igual a tiempo estaba de dejar la mesnada, a lo que Minaya replicó: “Si tú besaste la mano a don Alfonso, nosotros te la hemos besado a ti. Si de ti hemos aprendido a pelear, igualmente queremos aprender fidelidad”. Los poetas de nuestro país han cantado de forma magistral el destierro del Cid. En estos poemas se nos muestra a un caballero fiel a sus ideales de la caballería, fiel a la palabra dada, a pesar de las muchas privaciones y los numerosos sacrificios que le impuso el destierro.

Y es que el Cid era una caballero en el más puro e ideal sentido del término. Los valores de la magnanimidad, del sentido del deber, de la equidad y la prudencia estuvieron encarnados en su persona. Jamás combatió sin motivo. Sacrificó la vida familiar por el cumplimiento del deber. Fue más allá de lo humano, como cuando salvó distancias enormes con su ejército en pocos días para auxiliar a los amigos. Y, más allá del juramento de vasallaje, el Cid se sintió comprometido con la justicia, un ideal que le llevó al destierro en dos ocasiones y a tener como enemigos a casi todos los reyes de la España cristiana y mora.

Sirvió a las órdenes del rey de la taifa de Zaragoza, Al-Mutamín. En aquella España de fronteras más volubles que el humo arrastrado por la tormenta, presentó batalla a algunos reyes cristianos, realizando algunas incursiones en Aragón y Valencia, y llegó a tomar prisionero a Berenguer Ramón II de Barcelona, al que dejó en libertad poco después.

Durante esta etapa, el Cid trató de recuperar el favor de Alfonso VI para poder vivir con su familia. Y aunque le prestó auxilio cuando el soberano fue atacado por las tropas del alcaide musulmán de Rueda, Alfonso se mostró inflexible, de modo que Rodrigo regresó a Zaragoza. Alfonso VI perdonaría, finalmente, al Cid, en 1086, tras la llegada a tierras hispanas de los temidos almorávides y su derrota en la batalla de Zalaca. Una vez rehabilitado, obtuvo la cesión de todas las tierras que pudiera conquistar en Levante.

Rodrigo Díaz se dedicó a combatir por su cuenta en las tierras levantinas y llegó a controlar un extenso principado feudal. Su éxito más relevante fue, sin duda, la conquista de Valencia. Nombrado por los nobles de la ciudad Administrador de Justicia, anunció que los musulmanes valencianos conservarían sus heredades y únicamente habrían de contribuir con el pago del diezmo señalado por el Corán. A cambio exigió la fidelidad de los valencianos. Una fidelidad que le guardaron hasta los días de su muerte, cuando Jimena tuvo que luchar contra los almorávides.

Rodrigo Díaz de Vivar permaneció en Valencia hasta su muerte, acaecida el 10 de julio de 1099. No murió en el combate, sino exhausto, porque su cuerpo ya no aguantó más. El de Vivar vivió con intensidad cada día de sus cincuenta años. Quienes lo conocieron decían que era un ciclón en el campo de batalla. Los cronistas inventaron luego leyendas tan desmesuradas que su viuda, Jimena, se enfadaba; pero el judío Ben Elifaz, que le asistía en la administración de sus riquezas, le decía: “Entre la realidad y la leyenda, deja que elijan la leyenda; por muchas que se inventen respecto de nuestro señor Campeador, siempre se quedarán cortos”.

A veces la leyenda no deja ver la Historia; otras veces tan solo la anuncia. Tal es el caso de Rodrigo Díaz de Vivar, que de infanzón llegó a ser alférez, de alférez a señor y de señor a leyenda, cuyos nietos llegaron a ser reyes y llamado por su sabiduría en la victoria el Cid Campeador.

Francesc Xavier Capacete González
Corresponsal de la revista Esfinge en Palma de Mallorca

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