Febrero 2012

Ghandi y la no violencia

Escrito por  Francisco Capacete
Ghandi y la no violencia

Si con las manos de la imaginación pasamos las páginas de la historia nos encontramos con hojas que están manchadas de sangre. Pero también, encontraremos otras que están bordadas de oro, que nos hablan de grandes hombres y mujeres que han dado su vida por la Verdad, la Fraternidad y la Justicia. Desde Sócrates a Hipatia de Alejandría; desde Giordano Bruno a Gandhi… Alabados o torturados… pero nos dejaron su ejemplo.

Mohandas Karamchand Gandhi demostró que, además de poseer un enorme armamento, los seres humanos poseemos una increíble potencia llamada Amor. Nació en Porbandar, al Noroeste de la India, en 1869. La India se encontraba ocupada por el Imperio Británico. Y él, como buen filósofo que siempre era, se preguntaba: ¿No es Inglaterra uno de los países donde nació la democracia? ¿Cómo ha ocupado toda la India y gran parte del mundo sin consultárselo a nadie? Pero, en fin, era el Imperio Británico y todo se le estaba permitido.

De niño era tan tímido que al acabar las clases del colegio salía corriendo a su casa por miedo a que sus compañeros se burlasen de él. Creció en un ambiente muy religioso. Se preguntaba el por qué de las castas, de ciertas costumbres, el por qué de un dios de una forma determinada… Y la religión convencional no le daba respuestas. Se preguntaba por todo lo que le rodeaba.

Sus primeros Maestros que le enseñaron las cosas importantes de la vida, fueron sus propios padres. Karamchand, era un hombre analfabeto pero tenía una inteligencia práctica y llegó a ser primer ministro de su ciudad.

Su madre, Putlibai, tampoco sabía leer ni escribir pero tenía un gran sentido común. En una ocasión, siguiendo los ritos de ayunos de la familia, se hizo la promesa de no comer nada mientras el sol permaneciera oculto. Pero en la zona en donde vivían era normal que se formaran nieblas espesas. Así transcurrieron tres días en los cuales no se vio el sol. Gandhi y su hermano estaban bastante preocupados. Hacían guardia todo el día en la puerta de casa para avisar a su madre y que volviera a comer en cuanto saliera un poco el sol. Al tercer día, por fin los dorados rayos llegan hasta el rostro de los dos pequeños y, como si en ello les fuera la vida, salieron corriendo para avisarla. Pero cuando llegan con su madre a la puerta, la niebla otra vez ocultó el sol. Los dos niños, desconsolados, la miraron pero en su rostro no vieron ni un asomo de queja. Siguió como si nada, haciendo sus labores.

En otra ocasión le dijo: ”El átomo es igual que el Universo, lo que le pasa al átomo le pasa al Universo. Tendremos un mundo mejor si cada uno se ocupa de su entorno”. Esto marcó profundamente al pequeño Mohandas.

Gandhi se casó a los trece años pues era costumbre de aquella época. Le buscaron una jovencita de su misma edad llamada Kasturba, que fue una fiel y activa compañera en su misma lucha por la Paz. Gandhi quería ser un marido ideal pero tenía unos celos tremendos. Era una persona muy normal y de hecho, él siempre se consideró una persona cuyas imperfecciones y errores le servían para conocerse mejor. Y para tolerar los defectos de los demás.

Un episodio que lo marcó fue la muerte de su padre. Le costó muchos años perdonarse el no haber estado junto a él en sus últimos momentos.

Gandhi fue sobretodo un alma rebelde. Una vez se rebeló contra toda la tradición religiosa y familiar de no comer carne. Junto a un amigo compraron el alimento tabú y fueron al bosque a probarlo. En otra ocasión junto a su primo decidieron que se iban a suicidar, ya que estaban hartos de tener que soportar los caprichos de los mayores, y no aguantaban más. Compraron unas semillas venenosas mas cuando llegó la hora final decidieron que: ¡No era para tanto! Que cuando fueran mayores ya podrían mandar. Eso sí, comieron una semilla cada uno, para salvar el honor.

A los diecinueve años viajó a Londres para cursar derecho. En 1888 nos encontramos en Londres a un Gandhi estudiando leyes, vestido como un “gentleman”, tomando cursos de oratoria, violín, bailes de salón... Pensaba que Inglaterra era el país modélico. El Imperio Británico era el “sumum” de un país civilizado y él, como tantos otros, quería vivir como un aristócrata inglés. Afortunadamente, se dio cuenta del sacrificio enorme que hacía su familia y, cambiando de idea, empezó a cocinar su propia comida. Dejó los cursos y evitó las fiestas sociales a las cuales era casi obligado ir si uno quería aprobar la carrera y cultivar “influencias”.

Así empezó a investigar y conoció la filosofía oriental que la mayoría de jóvenes indios rechazaba por completo. Es curioso que tuviera que salir de su país para hallar la hermosa y profunda filosofía hindú. Un amigo le dio a conocer el Bagavad Gita y quedó tan impresionado, que lo tuvo como libro de consulta toda su vida: “cuando tengo dudas, me dirijo al Bagavad Gita y en él encuentro siempre esperanza y consejo”.

Gandhi aprendió que si nos apegamos de manera enfermiza a algo: un estatus social, un trabajo, el reconocimiento, el dinero, el placer… viviremos infelices, dependientes de los demás. Aprendió que el apego nos lleva a olvido de que lo fundamental en la vida no es tener, sino ser, y compartir cosas. En el Bagavad Gita encontró las bases de su lucha por la paz. Y sacó la inspiración para sus campañas del “Satyagraha”, término que significa “conducta verdadera” y también “esfuerzo por la Verdad”.

Gandhi nos dice que esa fuerza reside en el corazón: “una nación de 320 millones de habitantes no necesita la pistola de un asesino, no necesita lanzas ni puñales, necesita simplemente tener voluntad propia, esa es la fuerza del Satyagraha”.

Una vez se hubo licenciado como abogado, volvió a la India con cierto temor pues era muy tímido. En su primer juicio, hacía esfuerzos para hablar pero las palabras no le salían... y así perdió su primer caso. Un día llegó la oportunidad de llevar un caso importante en el que no hacía falta hablar ante un tribunal, pero el caso era en Sudáfrica… y así, embarcó rumbo al estado de Natal.

Cuando entró en los tribunales, lo primero que escuchó fueron los gritos del juez: “¿Cómo se atreve a entrar en el juzgado sin quitarse el turbante? ¡Quíteselo!” Pedir eso a un hindú es el peor insulto así que se negó y fue echado casi a patadas. Poco después, viajando en un tren de primera, como corresponde a un hombre de leyes, leía en su asiento tranquilamente cuando llegó el revisor: “¿Un miserable negro se atreve a viajar en primera? ¡Este vagón está reservado para los europeos! ¿De dónde diablos robó el billete?” Gandhi le dijo que había pagado el billete y, por lo tanto, tenía derecho a viajar en ese vagón. Pero el revisor, sin escuchar, lo tiró con sus maletas del tren.

En Sudáfrica habían leyes muy injustas contra los emigrantes. En una ocasión llegó a casa de Gandhi un jornalero desesperado que escapaba de la granja de su amo. Podían encarcelarlo y torturarlo. Gandhi sabía que se metía en líos si aceptaba defenderlo, pero se dio cuenta de que los seres humanos también le importaban. Así que aceptó el caso.

Otra gran idea que Gandhi recogió de la sabiduría oriental, es Ahimsa. Literalmente significa “ausencia de violencia”; pero no “ausencia de lucha”. Gandhi consideraba que había que luchar activamente, todos los días, sin descanso, pero con métodos éticos, no usando odio ni violencia. No tiene, pues, nada que ver con la “resistencia pasiva”, una traducción desgraciada que él siempre rechazó, pues defendía una fuerza activa y provocativa.

Gandhi siempre enseñaba que el poder no reside en las armas ni en organizar revoluciones de sangre y terror. El poder residía en que ellos fueran capaces de no ceder ante la maldad y, a la vez, no cooperar con ese gobierno injusto, sin entregar la dignidad ni descender a actos violentos. Comprobó que cuando se tiene un sueño, cuando se tiene un ideal, se tiene una fuerza enorme para conseguirlo.

Decía: La no violencia no es el arma de los débiles, es el arma de los corazones fuertes, de los que son capaces de luchar por aquello en lo que creen. Y esa lucha no tiene porqué ir seguida de violencia. La no violencia es lucha espiritual. Significa aguantar, responder al odio con el amor, como dijo Buda.

Comenzó una enorme actividad en varios frentes: se creó el Congreso Indo de Sudáfrica. Se fundó el Indian Opinion, el primer semanario de Gandhi.

También creó la Asociación Educativa India. Se dio cuenta de que si no se educaba a la gente ¿de qué servían las independencias políticas? ¿para qué mejorar las leyes? Siempre habría alguien sin conciencia dispuesto a explotarles, y siempre habría alguien sin conocimiento para dejarse explotar. La ignorancia es la causa de todos los males…

Y empezó la no cooperación: no pagaban impuestos; quemaron los pases de inmigración; organizaban huelgas; escribían a diarios internacionales… y se llenaron las prisiones… Irónicamente, Gandhi fue arrestado por provocar violencia… Pero así pudieron conseguir abolir esas leyes abusivas que imponían un sistema de esclavitud. Esa fue la primera victoria del Satyagraha.

De retorno a la India, organizó un Ashram o comunidad donde volvió a demostrar que vivir en concordia es posible. Era un núcleo de fraternidad, como un laboratorio, donde vivían hindús, musulmanes, judíos… Incluso logró algo increíble para la India: que los de una casta superior convivieran con los “intocables”, los sin casta, a los que normalmente se trataba con sumo desprecio. Allí todos eran hijos de dios.

Gandhi se pasó toda la vida defendiendo sus derechos. Poniendo en evidencia la injusticia del sistema de las castas. Le costó mucho, venció siglos de prejuicios religiosos y lo consiguió en el ashram y en miles de pueblos de la India. Decía: “Si es posible la justicia, la fraternidad, en este grupo, ¿por qué no va a ser posible en el mundo entero? Sí es posible, pero muchos no quieren”.

Las comunidades se basaban básicamente en el trabajo manual y en el trabajo compartido.

Gandhi tenía fama de libertador y por esos días Tagore, poeta y premio nobel, le da el nombre de “Mahatma”, gran alma. En tiempos antiguos se reservaba ese término para los Grandes Iniciados, seres excepcionales que habían alcanzado gran desarrollo espiritual y sabiduría. Pero últimamente se daba a cualquiera que tuviera cierta autoridad o cualidades. Gandhi siempre rechazó ese “título”. Él se veía como una persona normal y sabía que erraba muchísimas veces.

En ese tiempo se funda el Partido de Congreso Indio, para reivindicar la Independencia de la India, y del que siempre rechazó ser presidente.

Siempre viajaba en los vagones de tercera, vestido con su típico taparrabos y su chal de algodón tejido a mano. Escribía continuamente a la compañía del ferrocarril para denunciar la falta de higiene, ya que para él la pobreza no tenía por qué ser miserable y sucia. Empezó a visitar los pueblos de la zona, estudiando las condiciones paupérrimas en las que vivían millares de campesinos con sus familias. Ayudado por otros satyagrahis, realizó informes minuciosos hasta descubrir la ilegalidad de aquella situación. Les exigían incluso unos impuestos abusivos que no les tocaba pagar. Las autoridades inmediatamente lo consideraron “persona non grata” y trataron de expulsarlo.

Metieron a Gandhi en la cárcel. Pero él ya había estado en otras ocasiones y nunca rechazaba “la hospitalidad británica”. Curiosamente, en la cárcel aprovechaba para tomar energía, descansar, reflexionar y orar. Normalmente dormía tres o cuatro horas, así que la cárcel era un regalo del que salía rejuvenecido. Además escribía nuevas estrategias de resistencia. Así que las autoridades siempre se cuidaron de que Gandhi no pasara mucho tiempo en prisión.

Se le llevó ante un tribunal que tenía miedo de condenarlo pues los campesinos se podían rebelar de manera violenta. Sucedió algo insólito: Gandhi pidió la prisión para él. El juez, saltándose todas las normas, le condena a no visitar los pueblos y a quedarse en la ciudad. Gandhi le cuenta entonces al juez la mísera situación en que viven esas gentes y que si realmente considera que es justo aquello de lo que se le acusa, lo debe meter en la cárcel, pues él no podía admitir un trato de favor. El juez, con temor, no tiene más remedio que hacer caso a Gandhi y lo condena.

No cesó denunciar la situación hasta que pudo entrevistarse con el gobernador del distrito y no paró hasta llagar al mismísimo virrey de la India. De esta manera consiguió que devolvieran a todos los campesinos gran parte del dinero que les habían robado; que cada campesino tuviera su trozo de tierra. Esa fue la primera batalla ganada en suelo Indio, a la que siguieron muchas más…

La fama de Gandhi fue creciendo, pero también creció la violencia, impulsada por la sed de independencia. El gobierno inglés empezaba a ponerse nervioso. Se le escapaban los hilos del control y no quería perder el gran tesoro de riquezas que era la India, llamada “la joya de la corona del Imperio Británico”.

Muchos optaban por la guerra directa y hubo muchos atentados terroristas. Gandhi convocó un día de plegaria y ayuno en toda la India, no era una huelga general, era algo más: el objetivo era que cada uno pudiera estar en silencio consigo mismo, reflexionar sobre la situación y evitar el odio hacia los ingleses.

Esa huelga general, unida a los odios que ya empezaba a haber entre hindúes y musulmanes, entre indios e ingleses, provocaron ríos de sangre. Gandhi se en parte responsable de toda esa sangre derramada. Se hace claro para él que la primera independencia es la del alma: independizarse de nuestros propios miedos, odios y pasiones. Sin esa libertad interior no hay nada que hacer… De nuevo es encarcelado.

Seis años después, los ingleses pretendían que el pueblo lo olvidara. Salió de prisión y comenzó de nuevo la batalla por la educación: propuso una educación filosófica y abierta, pero que ayude a educir los valores éticos y las mejores cualidades del alma de cada niño y niña. Y se crearon miríadas de escuelas. Para su próxima acción debía asegurarse que la gente estuviera preparada; que se desarrollara en completa paz. Hasta que por fin ¡le llegó una idea genial!: una gran marcha a pie para recoger sal. Así nació la legendaria Marcha de la Sal.

Desde que se apoderó de la India, Inglaterra gravó con impuestos el consumo de sal. Aunque las playas indias eran de las mayores productoras del mundo, la gente no tenía acceso. Era monopolio inglés. En marzo de 1930, con sesenta y un años, comienza la peregrinación de más de trescientos kilómetros para llegar al mar de Dandi, donde recogería la sal prohibida. Cuando la enorme comitiva atravesaba pueblos y aldeas todo el mundo salía al paso cantando, lanzando flores, tejiendo en la rueca (que era el nuevo símbolo de la India) y muchos dejaron sus hogares para unirse a la Marcha que andaba esperanzada hacia el “Mar de la Libertad”.

Empezaron setenta caminantes mas cuando llegan al océano, son decenas de miles. Tal era el poder de convocatoria de Gandhi y su búsqueda de justicia y solidaridad. Al llegar a la playa, con un gesto simbólico, recoge un puñado de sal de la arena. Con la mano abierta cubierta de sal estaba diciendo: ¡Inglaterra déjanos vivir a nuestro aire! Somos un pueblo que tiene miles de años, no queremos ser gobernados por una potencia que no nos comprende…

Por enésima vez, Gandhi es encarcelado. Mas no se detiene la campaña: otra Gran Marcha se dirigirse a las salinas de Dharsana, esta vez sin Gandhi a la cabeza. Y va a terminar de forma terrible. Hubo muertos, miles de heridos graves; las mujeres desfallecían retirando los cuerpos de sus padres, hermanos y maridos hasta caer exhaustas al suelo.

Inglaterra tenía fama internacional de ser el país civilizado por excelencia, su autoridad moral se hizo pedazos. A partir de aquí surgen un sinfín de huelgas y mucha actividad política para reclamar la Independencia de la India. Pero desgraciadamente también surgen fuertes divisiones. Por un lado Neru, que era partidario de una independencia rápida, costase lo que costase; por otro Jiná, líder de los musulmanes, que presionaba por un estado nuevo sólo para los musulmanes, que más tarde fue Pakistán.

Y en el ojo del huracán, Gandhi, que no tenía prisa porque sabía que había que prepararse para gobernar. Primero, cada uno debía gobernarse a sí mismo. Y luego, los indios no tenían ninguna experiencia en pilotar un país: instituciones, ministerios, red de comunicaciones… ¿quién haría funcionar todo eso? Al visitar los hospitales, viajando en los trenes, se daba cuenta de la situación pésima en que se encontraba la India: muchos hacían sus necesidades en los pasillos ¿qué pasaría si consiguieran ya la independencia?

Con toda esa euforia se producieron más disturbios, como en Calcuta, donde indios e ingleses se mataban. Para detener esta ola de violencia, Gandhi sacrifica su propia vida: ayuna con la firme determinación de morir o que cese totalmente la violencia. Afortunadamente, pudo detener esa locura, de momento… y entonces fue invitado a Londres para iniciar las negociaciones…

Londres le había visto como un gentleman, ahora lo recibía con un taparrabos. Visitó los barrios obreros, perjudicados por su campaña de rechazo a la ropa inglesa, y los niños le decían: ¿Gandhi, dónde te has dejado los pantalones? y éste respondía: “No me los he dejado, yo uso unos pantalones de golf abreviados”. También fue recibido por la corte imperial, en una fiesta diplomática y, cuando todos esperaban se presentase con un “dhoti” mucho más elegante, él entró con su ropa de siempre.

Preguntaban extrañados: “¿No va usted con poca ropa?”

- “No, el rey Jorge viste por los dos, con todo lo que lleva…” Así mantenía siempre sus principios.

No se obtuvo nada de esas conferencias en Londres, tampoco esperaba llevarse firmada la independencia. Aprovechó para conocer Francia, Suiza e Italia. Cuando llegaba a una capital, se agolpaban miles de europeos, que le recibían con un ensordecedor aplauso. Todo el mundo quería ver a ese viejecito semidesnudo, que usaba dentadura postiza, pero que se estaba enfrentando al poderosísimo Imperio Británico. En Italia, habló con Mussolini y le dijo que el fascismo no tenía ningún futuro…

En 1947, la India consiguió su tan ansiada independencia, pero a Gandhi no le agradó. Mientras se alzaban triunfantes las banderas de la India y del Pakistán, él permaneció en la estera de su casa, silencioso, triste, pensativo. Se trazó un plan esperpéntico. Colocaron artificialmente a millones de familias según su religión: los musulmanes en Pakistán ¡qué estaba en dos partes extremas de la India! y los hindues en la India; los Sijs, reclamando sus propios países independientes… Los pueblos, azuzados por líderes mezquinos, siguieron enfrentándose unos con otros. Hubo decenas de miles de muertos, décadas de guerra fraticida que llega hasta hoy…

Gandhi se retiró de la política, no quiso seguir el oscuro juego de los políticos. Pero no detuvo su marcha, siguió caminando, hablando de paz y de sencillez. El 30 de Enero de 1948, salió al patio como todas las tardes, para orar y hablar con las personas que venían a escucharlo. Un hombre se interpuso y le ofreció una reverencia, mas al levantarse, disparó tres balas a su corazón. Gandhi apenas tuvo tiempo de decir : “Oh, Rama, Oh Dios!” y su cuerpo cayó al suelo.

Todo el planeta se conmovió cuando supo que el profeta de la paz había caído. La India se paralizó. Una infinita multitud silenciosa se congregó a orillas del Ganges para despedir a ese hombre, a quien llamaban “Bapu”, Padre. Hasta el virrey de Inglaterra, se sentó lloroso en la arena junto a la hoguera de aquel hombre que nunca tuvo posesiones, títulos, ni talentos especiales. Simplemente, era un hombre que atrevía ha defender la paz en un mundo de guerra. Un corazón abierto a los ricos, a los pobres, a los brahmanes y a los intocables; a los europeos, a los hindúes y a los musulmanes…

A Gandhi no le importaban las máscaras, le importaba ese niño de oro que duerme en todos los seres humanos. Esperaba que cada vez fuéramos más, los idealistas, que dijéramos: estoy aquí hermano, estoy contigo…

Si con los dedos de nuestra imaginación pasamos las páginas de la historia, encontraremos páginas manchadas de sangre, pero de vez en cuando, también hojas escritas de oro. Héroes que son como semillas. Las semillas se pueden aplastar y pisotear, pero tarde o temprano germinan, dan espigas. Y esas espigas alimentan a todo aquel que tenga hambre de pan, hambre de paz y hambre de gloria. Si recuerdas a Gandhi, recuerda que un ser humano es tan alto y fuerte como el ideal que lleva en su pecho. Y ese Ideal dice que somos capaces de crear un mundo nuevo, de tolerancia, de unión, de paz y concordia.

Francisco Capacete
Corresponsal de la revista Esfinge en Mallorca
Adaptación del texto: Héctor Gil

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