Julio 2018

La filosofía de la inteligencia: entrevista a José Antonio Marina

Escrito por  Vicente Coves Mora
José Antonio Marina José Antonio Marina

José Antonio Marina (Toledo, 1939) es filósofo y pedagogo. La editorial Anagrama, donde ha publicado buena parte de sus libros, lo define como «uno de los pensadores absolutamente imprescindibles de nuestro país». Sus decenas de ensayos de divulgación y sus cientos de artículos en prensa lo acreditan. Pero a lo largo de su vida ha cultivado tanto las letras como los jardines. De hecho, la principal faceta de la que presume es la de horticultor, dado su orgullo como inventor de una variedad de berza. Fruto de su pensamiento es una teoría de la inteligencia humana que pone el acento en sus posibilidades creadoras. Desde la Universidad de Padres que fundó en 2007, así como desde la cátedra en Inteligencia Ejecutiva y Educación que dirige en la Universidad de Nebrija, investiga las funciones ejecutivas de la inteligencia, un área prometedora para decidir cómo será la educación del futuro.

Dentro de la filosofía, usted se ha referido a Husserl, entre otros, como su gran maestro.

Sí, y precisamente porque estaba muy relacionado con Husserl, Sartre me interesó muchísimo. Además, me parece un escritor fantástico. Otro de los que influyó más en Husserl fue Alain, un filósofo muy importante en Francia; todo lo que escribió fueron artículos de prensa. Comte-Sponville es otro filósofo moderno muy brillante que ha sabido llegar muy bien al gran público. Su libro sobre las virtudes consiguió recuperar un tema que se había perdido de una manera absurda, después de aparecer con Platón y Aristóteles. Lo retomó después la teología católica como estructura moral básica. Cuando la teología católica pierde vigencia, arrasa la teoría de las virtudes. Entonces, quien volvió a descubrirla fue la psicología americana moderna, que ha estudiado las virtudes en todas las culturas. Ahora, en vez de cogerlas de su raíz verdadera, las estamos cogiendo de la psicología americana. La historia de las ideas es muy curiosa. Aparecen y desaparecen. Tienen en las tripas contenidos que no sabes que tienen. Por ejemplo, cuando estudié el ingenio, había una gran cantidad de cosas que manejábamos sin decirlas. Ahora lo que me interesa es lo que estoy publicando últimamente en El Confidencial .

¿Se refiere a sus artículos sobre emociones y conceptos políticos en referencia a la situación de Cataluña?

Claro, lo que pasa es que estamos manejando palabras sin saber exactamente lo que significan. Desde la palabra nación hasta la palabra pueblo , utilizadas como concepto político. Son conceptos que engloban muchísimas nociones que vienen de distintos sitios. Con los conceptos, es como si manejáramos una caja que no sabemos muy bien lo que lleva dentro. Nos fijamos únicamente en el título. Pero cuando aceptas una de esas nociones, no sabes la cantidad de cosas que estás aceptando. Ese tipo de historias me parecen fascinantes, porque descubres cosas que no sabías, que estaban de una manera implícita, y que al final te pasaban factura.

Algunos de sus libros contienen guiños a otras obras. Por ejemplo, además de su Por qué soy cristiano , está el Por qué no soy cristiano de Bertrand Rusell. Su Pequeño tratado de los grandes vicios es una respuesta o complemento al Pequeño tratado de las grandes virtudes de André Comte-Sponville, al que ya se ha referido. El bucle prodigioso también se asemeja en algunas ideas al libro de Douglas Hofstadter Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle . ¿Le gusta tomar el testigo de otras obras y establecer un diálogo entre su trabajo y el de otros intelectuales?

Sí, muchísimo. Con los autores tengo una relación muy viva y muy poco académica. Por ejemplo, puedo citarles mal, o puedo citarles sin atribuírselo. Eso se ve, sobre todo, en algunos de mis libros, donde, en vez de hacer una bibliografía, hice una cosa llamada autobiobibliografía, es decir, mi trato con los autores: los que me han influido, los que me han irritado, las cosas que he copiado, las cosas que me han sugerido, a los que tengo simpatía, a los que tengo antipatía… Creo que esa es una relación muy importante de la vida intelectual. Yo soy muy poco sistemático con mis lecturas. Leo muchas cosas, muy diferentes, y es interesante cómo encuentras ideas en tipos de lecturas muy distintas. La política te puede dar ideas sobre la neurología; la neurología te puede dar ideas sobre la religión. Empiezas a ver conexiones que un mundo hiperespecializado como es el de la investigación no tiene. Esa es una de las características de la filosofía.

¿Se refiere a la visión global?

Efectivamente. La filosofía debe tener una visión global porque estamos perdiendo los hilos del entramado. Entonces, no acabamos de comprender el tapiz, porque cada uno está con su hilo. Es cierto que es muy complicado. Todo avanza con mucha rapidez. Pero la forma de comprender no es al final de las creaciones. En cambio, sí puedes entender si te retrotraes a la máquina que ha puesto eso en movimiento. Por ejemplo, ahora un matemático no entiende más del 10% de las matemáticas que se hacen. Por eso, buscar las genealogías ha sido una especie de método o de manía.

Entrevista Jose Antonio Marina editada 1

En uno de sus ensayos, El bucle prodigioso , afirma rotundamente que « la filosofía debe ocuparse de las nuevas tecnologías» . Los llamados « tecnoescépticos», como Nicholas Carr, Sherry Turkle, Jaron Lanier o Evgeny Morozov, cada uno en su ámbito, plantean el debate de que la convivencia con las nuevas tecnologías como smartphones está cambiando nuestras mentes, identidades y relaciones. ¿Nos adaptaremos a estos cambios?

Siempre que ha aparecido una nueva tecnología, se ha planteado un debate. En primer lugar, hay que tener en cuenta que las técnicas son de dos tipos: técnicas que nos permiten hacer algo y técnicas que me permiten organizar mis propias capacidades, que son las «tecnologías del yo». Las «tecnologías del yo» se han hecho para ampliar las capacidades de la inteligencia. ¿Cuáles son esas tecnologías? Además de la escritura, está el álgebra, sin el cual no se pueden determinar ciertas operaciones; la notación musical, que permitió a Beethoven componer una sinfonía que no podría haber compuesto en la Edad Media. Las «tecnologías del yo» actuales están dando un salto cualitativo distinto, no a partir de la informática, sino de la inteligencia artificial. Los sistemas de inteligencia artificial están expandiendo capacidades humanas de una manera desmesurada. Estamos hablando ya de superinteligencias.

¿También del avance de los robots?

Cuando hablamos de robots, estamos hablando de máquinas que realizan operaciones muy rutinarias, repetitivas y cerradas. En inteligencia artificial, ya hay sistemas que aprenden por sí mismos y que pueden hacer funciones que hasta ahora creíamos que estaban reservadas al ser humano. Estoy estudiando este tema a través del Proyecto Centauro. Lo que busco es cómo podemos utilizar esos mecanismos potentísimos de la inteligencia artificial para mejorar el rendimiento de la inteligencia humana. Eso es muy complicado, pero tenemos que decidirlo para ver qué tipo de educación vamos a hacer. El asunto está en qué competencias van a estar en formato neuronal, en la memoria de cada niño y niña, y qué competencias pueden estar en su ordenador, no en la nube. Esto es un cambio realmente serio. En último término, no estamos decidiendo quién va a manejar la información (eso lo va a hacer mejor un ordenador), sino quién va a tomar las decisiones. El problema está ahí. Qué tipo de decisiones va a tomar uno y otro. Hacia donde va la inteligencia artificial es a tomar decisiones. Eso deja el mundo de la libertad humana un poco marginado.

Hablemos de sus artículos. Uno de los rasgos genuinos de sus escritos en prensa es lo que ha llamado la « filosofía zoom» . Se trata de una búsqueda de verdades sistemáticas en los detalles y objetos cotidianos. ¿Considera que una de las funciones de sus artículos es hacer una pedagogía de la mirada?

Sí, entendiendo la mirada en un sentido amplio, tal y como se entiende en Occidente, equiparada a cualquier visión intelectual y no solo a la mirada física. Lo que busco en mis artículos es un tipo de educación de la mirada para descubrir las cosas interesantes que tenemos alrededor y pueden pasarnos desapercibidas. He comentado muchas veces el poema de Machado al olmo viejo. Antes se veían muchos troncos caídos, tirados por la carretera. Ahora, menos. Era un espectáculo vulgar. Pero pasa por ahí una persona como Machado y se fija en que, en ese tronco podrido, ha aparecido una rama verde. Ese hecho le parece absolutamente maravilloso: Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido / con las lluvias de abril y el sol de mayo / algunas hojas verdes le han salido . ¿Qué ha pasado aquí? Pues dice él que es un milagro de la primavera. Pero hay un momento importante en que dice: Olmo, quiero anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida . ¿Por qué? Porque no quiere olvidarlo. Ese enriquecimiento de la experiencia es, en último término, a lo que me refiero con la educación de la mirada. Es la gran tarea creadora. El hecho de que ante una noticia lo único que hagas sea indicar «me gusta» o «no me gusta» es de una simplicidad tan sumamente grave que evita toda posibilidad de análisis y pensamiento crítico. Ese es el problema que tenemos ahora. Sin pensamiento crítico, somos muy vulnerables a cualquier tipo de adoctrinamiento u eslogan.

En el libro Memecracia. Los virales que nos gobiernan , su autora hace un análisis atractivo de uno de esos fenómenos ligados al consumo de noticias a través de medios sociales como es la viralidad.

La viralidad significa literalmente una enfermedad, algo que se contagia. Ahora se dice como un elogio, pero no lo es. También el catarro se ha viralizado. Hay una especie de demagogia de la opinión muy compartida. Con el populismo a lo Trump, la gente a la que no le gusta se equivoca al pensar que este hombre es tonto. Trump es cualquier cosa menos tonto. Lo que ocurre es que dentro de su sistema de desprestigio, lo primero que tiene que desprestigiar son las instituciones de referencia crítica. Los periodistas son los primeros. Los científicos, lo mismo. ¿Qué van a decir ellos del cambio climático? Los jueces, lo mismo. Va desmontando esas instituciones críticas de referencia y se queda con que ni siquiera hay hechos, solo hay versiones de los hechos. Es todo un sistema el del populismo. El periodismo podría ser la aplicación a los sucesos de todos los días de un serio sistema de ideas, de un sistema filosófico. Eso es lo que yo he estado haciendo desde muchos puntos de vista.

¿Qué le queda por conocer a José Antonio Marina?

Me queda muchísimo por conocer. Me gustaría comprender mejor algo que he estudiado en varios libros con cierta insatisfacción. En concreto, la pregunta que quiero responder es: ¿quién habla cuando yo hablo? En esta conversación contigo, he estado hablando yo. Pero, en realidad, no he pensado mucho lo que estaba diciendo. Porque cuando hablamos, salvo en los momentos en los que hay que tomar una decisión, hay una especie de secuencia muy fácil que parece automática. Hay una cosa que decía Forster, el autor de Un viaje a la India : «¿Cómo voy a saber lo que pienso sobre algo si todavía no lo he dicho?». ¿Y quién lo dice entonces? Lo que yo respondo es: la inteligencia generadora, que tiene que ser muy lista para proporcionarme las palabras sintácticamente construidas y organizadas. Lo único que podemos hacer es organizar de la mejor manera esa fuente de ocurrencias porque así la tendremos entrenada para lo que queramos hacer.

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