Noviembre 2014

Por qué estudiamos Filosofía

Escrito por  José Carlos Fernández
Por qué estudiamos Filosofía

Cuando las sociedades se desmoronan, salen a la luz aquellos que ceden a los deseos de poder y crueldad y aquellos que tienen como preciado tesoro el sentido de la justicia. Entre estos, prende el Fuego de los filósofos en su sentido profundo: el amor y fidelidad a la verdad, la llama del idealismo, la luz de la inteligencia, la búsqueda de perfección.

Algunos de los colaboradores de esta revista estudiamos Filosofía en la organización filosófica Nueva Acrópolis. Todos queremos hacer propio el lema que figuraba en el frontispicio del templo del dios de la armonía, Apolo, en la ciudad griega de Delfos: Conócete a ti mismo, lema que Sócrates y la filosofía griega divulgaron, pero que afirma, en realidad, la tendencia natural del alma una vez que esta despierta a la vida. Como decía el sabio chino Confucio, existe un principio de la razón celeste presente en el alma humana y este quiere abrirse a la Verdad como un loto se abre a la luz del sol, después de sobrepasar el medio líquido y fangoso en que vive. Los egipcios llamaron a esto apertura del corazón y es, quizás, el mejor símbolo de la naturaleza filosófica del alma humana.

La filosofía verdadera descifra, gracias a la analogía, la lógica de la naturaleza y ve en el ser humano un reflejo de esta misma naturaleza y del Dios que la rige.

Porque filosofía es amor a la sabiduría y no acumulación de conocimientos, es conciencia de unidad, percepción esencial de las leyes de la naturaleza y de la vida. Es, como diría Platón, la música que se hace con el alma cuando esta se halla en su natural tensión, cuando es fiel a su propia naturaleza, cuando no persigue nada ajeno a sí misma. O, como enseñaba el profesor Livraga, filosofía es la armonía de medios siempre viva en el alma de la naturaleza y que el ser humano puede percibir con el fuego de la razón celeste.

Este Fuego espiritual es el que nos eleva por encima de la condición animal, el que vivifica nuestros más bellos sueños y realizaciones, el que nos da la capacidad de crear, de vencer las dificultades “humanamente”, o sea, de un modo digno y respetando los valores morales. El mismo Fuego que menciona la película La carretera (The Road), dirigida por John Hillcoat, basada en la novela del mismo nombre de Cormac McCarthy y ganadora del premio Pullitzer de ficción. Es el que diferencia al humano del humanoide, o sea, la bestia cruel y astuta sin ningún tipo de valores ni principios morales. Como bien enseña el padre que guía a su hijo por esa “última carretera” de un mundo en ruinas, hay que preservar el Fuego, el valor profundo del ser humano, el sentido innato de justicia y del deber ser y hacer.

Muchas veces las sociedades preservan bajo presión externa y penal estos valores y reglas de convivencia social, pero ¿qué sucede cuando las sociedades se desmoronan, como tantas veces hemos podido presenciar en la historia? Entonces están aquellos que ceden al instinto de la más básica supervivencia, al miedo o a los deseos de poder y crueldad sin ningún freno, y los que tienen como el más preciado de sus tesoros su misma esencia, la llama de su libertad interior, o sea, la llama de la justicia, de la naturaleza humana que nos diferencia de las bestias. Pues bien, ese Fuego es el Fuego de los filósofos, el amor y fidelidad a la verdad, la llama del idealismo, la luz de la inteligencia, el reino de la transformación incesante y de la búsqueda de perfección.

¿Por qué estudiamos Filosofía?

Para aprender a leer en el Libro de la Vida y aprender las leyes que la rigen. Para sumergirnos en el misterio del alma humana, entender o, si no, intuir por qué estamos aquí, de dónde venimos, hacia dónde vamos. Para conocernos a nosotros mismos y no ser esclavos de nuestros miedos y deseos o de los miedos y deseos de otros. Para penetrar en el alma de todo quehacer humano, pues la filosofía, en el sentido verdadero del término, es el alma de la ciencia y su búsqueda de la verdad; el alma de la política y su necesidad de gobernar los asuntos humanos con justicia; el alma de la religión y su anhelo de llegar a la fuente del amor y al Bien último; el alma del arte y su plasmación de la belleza.

Estudiamos Filosofía para despertar y llevar a la perfección las cualidades internas del alma humana: el sentido de ecuanimidad, la comprensión profunda, el sentido de medida, la imperiosa fuerza de la voluntad, el poder de adaptación del alma humana a los nuevos desafíos, la magia de la renovación sin pérdida de valores esenciales, la estabilidad en medio de las tormentas de la vida, la capacidad de ser objetivos en medio de las corrientes psíquicas de las modas y opiniones colectivas, la belleza de la autenticidad sin máscaras...

Estudiamos Filosofía para iluminar el recto conocimiento, para ver la vida desde el ojo de la razón y del alma, y no desde la dimensión de las pasiones ni la de las sensaciones. Para saber que la muerte no existe y que la vida exige una continua capacidad de amar y de dación. Para estudiar la química de la vida y la química del alma. Y, lo más importante de todo, para descubrir, ¡como vivencia sagrada!, que toda la Humanidad es, verdaderamente, una gran familia, y que por lo tanto el estado natural del alma humana es la fraternidad, la amistad pura sin intereses mezquinos que la adulteren.

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