Enero 2020

Los ejercicios espirituales de los filósofos estoicos

Escrito por  Francisco Capacete
Los ejercicios espirituales de los filósofos estoicos

Pierre Hadot ha sido uno de los más importantes historiadores del pensamiento antiguo de nuestros días. Su profundo amor por la filosofía y el mundo antiguo le hizo reparar en supuestas incoherencias en las enseñanzas de los autores clásicos. Es entonces cuando descubre que la filosofía en el mundo antiguo no es un discurso teórico sin más, sino una reflexión compartida, resultado de una manera especial de vivir. Así, los ejercicios espirituales aparecen ante la mirada del profesor Hadot como la pieza que falta para completar la imagen de la filosofía antigua. Las incoherencias en el discurso desaparecen y en su lugar brilla una auténtica correspondencia entre pensamiento, sentimiento y acción.

Recoge en su libro Ejercicios espirituales y filosofía antigua una recopilación de ejercicios espirituales de Filón de Alejandría, de inspiración estoico-platónica. La reconstrucción de las listas que realiza el autor nos remite a tres tipos de ejercicios:

1. La atención, la meditación y la rememoración de cuanto nos es beneficioso.

2. La lectura, la escucha, el estudio y el examen en profundidad.

3. El dominio de uno mismo, el cumplimiento de los deberes y la indiferencia ante las cosas indiferentes.

La atención consiste en una continua vigilancia y presencia de ánimo, en una conciencia de uno mismo siempre alerta, en una constante tensión espiritual. Permite dar una respuesta inmediata a los acontecimientos si previamente se han asimilado las enseñanzas que se han encontrado en la meditación.

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La meditación es sobre los principios fundamentales formulados en pocas palabras, a fin de que se pueda recurrir a ellos con facilidad, resultando aplicables con la seguridad y constancia de un movimiento reflejo. Uno debe representarse anticipadamente los problemas propios de la existencia: la pobreza, el sufrimiento, la muerte. Hay que mirarlos de frente, recordando que no son males, puesto que no dependen de nosotros. Deberán ser fórmulas de carácter persuasivo a las que uno podrá recurrir frente a cualquier suceso, a fin de controlar los impulsos de temor, cólera o tristeza.

Estos ejercicios de meditación y memorización exigen entrenamiento. Es en este momento cuando entran en escena los ejercicios de carácter más propiamente intelectual enumerados por Filón: la lectura, la escucha, el estudio, el examen en profundidad. Se trata de llegar a una formación del carácter, del ánimo, y no quedarse en la mera información. Nuestro filósofo cita a Goethe para explicar la esencia de la lectura como ejercicio espiritual y aquí la reproducimos: «La gente no sabe cuánto tiempo y esfuerzo cuesta aprender a leer. He necesitado ochenta años para conseguirlo, y todavía no sabría decir si lo he logrado». La meditación se alimentará de la lectura de las sentencias de poetas y filósofos. Pero la lectura puede incluir también la explicación de los textos. Y se pueden leer o escuchar, o pueden ser enseñanzas impartidas por un maestro. El estudio y el examen en profundidad suponen, pues, la puesta en práctica de tales enseñanzas.

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Por la mañana, habrán de examinarse, previamente, las actividades que se realizarán a lo largo de la jornada, estableciéndose los principios que las gobernarán. Por la noche, serán analizadas de nuevo para rendir cuentas de las faltas o de los progresos. Los ejercicios de meditación intentan dominar el discurso interior para hacerlo coherente, por medio del diálogo con uno mismo o con otros, o también recurriendo a la escritura, dirigiendo ordenadamente los pensamientos, alcanzando así una transformación completa de nuestra representación del mundo, de nuestro paisaje interior, pero al mismo tiempo de nuestro comportamiento exterior. Tales métodos revelan un enorme conocimiento del poder terapéutico de la palabra.

Por último, los ejercicios prácticos destinados a crear hábito. Algunos son todavía de carácter muy interno, por ejemplo, la indiferencia ante las cosas indiferentes, dado que el sufrimiento de los hombres proviene del temor ante cosas que no deben temerse y del deseo de cosas que no es preciso desear. Otros son absolutamente cotidianos: practicar el autodominio a través del esfuerzo por despojarnos de nuestras vanidades, de nuestras pasiones, de la pereza, la lujuria, la gula, y liberarse de toda pena, tristeza, odio o rabia. Amar a todos los hombres libres.

Para ello es necesaria la perseverancia, la constancia. La práctica cotidiana de estos ejercicios espirituales pone al descubierto nuestro deber como seres humanos. Para el estoicismo ese deber es ayudar a la naturaleza humana a elevar la convivencia humana construyendo una sociedad más justa. Esta es la esencia de la actividad espiritual, la universalidad. Ejercitarse individualmente sin tener en cuenta a los demás, al mundo ni a la naturaleza es vulgarizar y envilecer la práctica espiritual. Por el contrario, la perseverancia cotidiana en el cumplimiento de nuestro deber permite alcanzar esa característica que la tradición antigua llamó grandeza de alma.

Bibliografía

Hadot, P. Ejercicios espirituales y filosofía antigua. Ediciones Siruela, 2006.

Hadot, P. ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica, 1998.

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