Domingo, 01 Noviembre 2020 00:00

El viaje psicológico de Eneas

Los mitos nos desvelan siempre significados que van más allá del desenlace surrealista en el que dioses, héroes y mortales interactúan entre sí. Si leemos entre líneas, podemos descubrir en ellos muchas enseñanzas. El mito de Eneas es uno de estos cuentos que hoy destaca por su sorprendente actualidad. Nos deja una gran lección, de valor y fortaleza, tan necesaria en estos tiempos adversos que estamos viviendo.

Si es verdad que coraje significa ‘echar el corazón por delante’, a Eneas seguramente no le faltaba esta cualidad. El héroe troyano, cuyo destino fue fundar los cimientos de Roma, es un símbolo de coraje y un ejemplo que merece nuestra atención. Él se enfrentó a muchos obstáculos, conoció el miedo, la incertidumbre y el dolor; sin embargo, no se rindió, sino que siguió luchando. Sufrió muchas pérdidas y hasta rozó la muerte, pero aprendió de sus fracasos, aceptó su destino y se comprometió a cumplirlo, pese a los esfuerzos que esto suponía.

Sus aventuras, agrupadas en La Eneida de Virgilio, empiezan con la caída de Troya a manos de los griegos. Ya desde los primeros trágicos momentos, mientras su amada ciudad arde bajo un fuego destructor, Eneas, hijo de la diosa Venus y del mortal Anquises, da muestra de gran fortaleza. Esta se expresa en forma de resistencia ante el enemigo, pero también en forma de aceptación. Eneas asume la derrota, la reconoce como etapa necesaria de su existencia. Pero a la vez renace a partir de esta, tal y como de las cenizas de Troya está destinada a renacer una nueva y potente ciudad. El fuego tiene este gran poder renovador: destruye lo viejo para que algo nuevo pueda volver a surgir. Así, Eneas reacciona frente a la desgracia de perder su casa, a sus amigos, a su querida Creúsa; coge a su padre Anquises en sus espaldas y, junto a lo que queda de Troya y de los troyanos, se prepara para enfrentar los peligros del mar y las muchas dificultades que lo separan de su «tierra prometida».

eneas

El mar, tan inestable como el mundo de las emociones, no siempre fue favorable a los héroes desterrados. Se cuenta, en el primer libro, que el rey Eolo, empujado por la diosa Juno, que odiaba a los troyanos, dio rienda suelta a los revoltosos vientos sobre los cuales reinaba: Euro, Noto y Ábrego. Estos provocaron una borrasca desenfrenada que puso en serio peligro la vida de los desafortunados navegantes. Pero por suerte Neptuno, señor de los océanos, intervino a tiempo, restableciendo la calma y permitiendo que los troyanos llegaran a salvo a las playas de Libia. Aprender a dominar las emociones es necesario para poder atracar en un puerto seguro. Si estas siguen en tormenta, el naufragio se hace inevitable, igual que la caída de un alma que se deja cautivar por la parte más instintiva. Cuenta Platón, en el mito del carro alado, que el auriga, representación de la parte racional de nuestra alma, tiene la difícil tarea de lidiar con dos caballos, alegoría de la parte emocional del ser humano y de la parte concupiscible. Está en nosotros la decisión de encargar el mando de nuestra alma a la parte más luminosa, el auriga que nos permite elevarnos hacia los más altos valores, o a la parte más irascible, que nos arrastraría hacia abajo.

En las costas norteafricanas empieza otra larga aventura de Eneas y sus compañeros. Aquí, nuestros protagonistas disfrutarán de la hospitalidad de Dido, potente señora de Cartago. Como signo de paz y de larga alianza, la hermosa reina les ofrece de todo, desde las tierras más prósperas hasta los más opulentos regalos. Pero a Eneas le toca el más precioso de los dones: el amor incondicional de Dido. Durante un tiempo, los dos amantes gozaron de muchos placeres. Casi se daba por sentado un glorioso linaje troyano destinado a reinar sobre Cartago. Hasta que un día el dios Mercurio, enviado por Júpiter, llega ante Eneas recordándole su misión. Así, el héroe troyano recobra la lucidez y decide marcharse otra vez de vuelta a Italia. Esta decisión no le gustó a Dido, que convirtió su amor en odio implacable. Desesperada y ciega, la triste reina maldice a Eneas, prometiéndole futuras venganzas, y finalmente se quita la vida. Sin embargo, Eneas tiene que obedecer a su destino, tal y como todos los seres humanos, porque fortaleza significa también tener siempre presente quiénes somos y ser coherentes con nuestro verdadero yo, a pesar de las posibles desviaciones de la vida. Una vez más las eternas enseñanzas de Platón encajan como un guante. En un fragmento del Menón, el filósofo griego nos dice que conocer es recordar. El alma del ser humano es portadora de un conocimiento innato, que, sin embargo, hemos olvidado. Tarea nuestra es recordar lo que nuestra alma, en el fondo, ya sabe: quiénes somos y hacia dónde vamos. Solo si recordamos podemos volver a emprender nuestro viaje con determinación y conciencia.

En su odisea, el héroe troyano se encuentra con muchos otros obstáculos. Eneas y sus compañeros conocen el hambre, la discordia, la muerte, el miedo, la pobreza. Pero en las tierras del Lacio, cuando por fin están a punto de establecer las bases de una nueva civilización, se enfrentan a la prueba más dura: la guerra contra los rútulos y su rey Turno. Largo, violento y agotador, este conflicto tenía su contrapartida entre los dioses. Desde los cielos, la rencorosa Juno, que nunca en realidad ha dejado de perseguir a Eneas, sostiene al bando de Turno, mientras que, por otro lado, la diosa Venus apela al imparcial Júpiter para que se cumpla el destino de su amado hijo.

Estas fuerzas divinas, que discuten entre sí y toman partido frente a los épicos acontecimientos, pueden ser vistas como arquetipos psicológicos, capaces de desencadenar largos, violentos y agotadores conflictos interiores. Veamos, pues, qué representa cada cosa.

Juno, potente reina del Olimpo, odiaba a los troyanos por hechos pertenecientes a un pasado lejano. Uno de estos está relacionado con el troyano Paris, que fue nombrado juez para elegir a la diosa más bella entre Venus, Atenea y la misma Juno. Al escoger a Venus, Paris despertó el odio de las otras diosas, quienes juraron venganza. Pero Juno odiaba a los troyanos también porque su infiel marido, Júpiter, conquistado por la belleza del joven Ganímedes, hijo de reyes troyanos, lo raptó y lo llevó al Olimpo, provocando los celos de su esposa.

Esta, entonces, representa el rencor, la tendencia a mirar hacia un pasado en el que estamos anclados y que no nos deja avanzar. Juno es el pasado, con todos sus miedos, errores y arrepentimientos. Al contrario, Venus, que constantemente está protegiendo a su hijo Eneas, es el futuro. Un futuro que el valiente troyano ha sido capaz de observar y conocer incluso antes de que esto se cumpla. Un futuro que, más que una estasis temporal, es una intención, una proyección de nosotros mismos hacia lo que queremos ser y lo que queremos construir. No es ninguna casualidad que Venus, en la mitología romana, fuese la diosa del amor y de la fertilidad. El amor, fuerza motriz de la naturaleza, permite la evolución hacia el futuro; la fertilidad, por otro lado, permite la perpetuación de las generaciones y, así, del porvenir.

Por último, Júpiter aparece en La Eneida como un juez imparcial, contrario a una directa intervención divina entre los mortales. Símbolo de la razón humana, el rey del Olimpo no se pronuncia ni por un bando ni por el otro, no apoya ni el rencor ni el instinto de protección. Porque la razón es superior a cualquier pasión y puede conducir el alma con equilibrio y coherencia. A la razón, llama interior que nos ilumina, podemos apelar cuando hemos perdido el camino o cuando estamos en plena tormenta. Gracias a su luz podemos recobrar la fortaleza ante las adversidades de la existencia y fundar nuestra gloriosa Roma, tal y como hizo Eneas en su lejano tiempo.

Publicado en Historia
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