Martes, 01 Diciembre 2020 00:00

Alaska, la selva blanca (parte II)

Alaska no solo es hielo, nieve y frío. También tuvo el viajero la ilusión de contemplar glaciares, de disfrutar del avistamiento de animales a los que solo había accedido desde los documentales, de paladear su vida.

El glaciar resulta demoledor. Literalmente. El viajero comprende cómo esta lengua de hielo viva, como una ameba gigantesca y perezosa que todo lo rodea y engulle, es capaz de labrar amplios valles y profundas gargantas. Tiene ocasión de verla desembocando en el mar, a cuyo frente lo lleva un pequeño barco de cruceros que mantiene una respetuosa distancia con este muro de 100 m de altura. Allí le maravilla su vida mineral, su abrumante presencia gélida, que a veces se queja, grita y descuelga témpanos que caen en un caos de agua granizada y olas. También lo ve, desprovisto de su esplendor, sobre tierra, en algunos de los parques nacionales que visitará.

Estos glaciares terrestres, aunque imponentes también, muestran un río de hielo decenas de veces más pequeño de lo que eran hace veinte años. Los glaciares terrestres no pueden esconder su trágico destino. Son masas de hielo castradas, un venerable reducto de dignidad de lo que una vez fueran. Ya no más una bestia helada, más bien un animal domesticado, acurrucado en un rincón oscuro de la casa. Los glaciares del hemisferio norte están muriendo, y con ellos desaparecerá uno de los espectáculos de salvaje naturaleza más atronadores, dignos y sagrados que puedan ser vistos.

Sobre el mar, balanceantes, hasta los viajeros que pueblan la pequeña cubierta del barquichuelo mantienen el silencio. Contemplan el glaciar con deferencia. Se han callado sin proponérselo, hablan en susurros mientras se hacen fotos, tratan de mostrar de manera inconsciente un respeto asombrado frente a la realidad de este coloso.

El camino de ida y vuelta cubrirá algunas de las necesidades de curiosidad zoológica que el viajero incluyó en la maleta al venir a Alaska. El capitán del barco maniobra experto entre nubes de vapor expulsadas por ballenas jorobadas pescando. Explica cómo puede saberse el lugar exacto en el que el animal saldrá a la superficie, porque la nube de gaviotas que orla desde el cielo esta búsqueda de sustento, se posa en el océano para atrapar los pececillos y crustáceos que las ballenas empujan hacia arriba, con las fauces abiertas, antes de cerrarlas glotonas con bancos enteros de estos animálculos dentro. Las aves marinas disponen de apenas unos segundos antes de que los leviatanes almuercen, y corren el riesgo de ser engullidas también si no andan prestas a levantar el vuelo. Una coreografía mortal entre un aterrizaje lo más pronto y un despegue lo más tarde posibles.

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El pequeño barco maniobró mar adentro, ante el aviso de otros navíos, buscando orcas que andan a la busca de otro bocado. Cazando atunes, escucha el viajero por el megáfono. Casi con la respiración contenida, se aferra a la barandilla con una mano, mientras manipula la máquina con la otra, oteando la crestada superficie. Debe hacerlo con cuidado, porque la mar está encrespada y el barco cabecea con brío. Uno de los saltos del buque podría tirarle al suelo, o hacer que la máquina se convierta en un adorno del fondo marino. Emergiendo sin dificultad, una aleta negrísima y afilada, de más de dos metros de altura, se desliza como una espada de obsidiana, con facilidad indolente, sobre las olas. «Un macho», anuncia el altavoz. Otra aleta, más pequeña, emerge a unos metros de la primera, junto con otra mucho menor, casi de juguete. Una familia de orcas cazando.

Entre los témpanos de hielo que se dispersan a partir de la costa, el viajero observa focas que, solitarias o en grupos muy pequeños, ofrecen sus panzas al sol, tranquilas, somnolientas, acostumbradas. Sobre algunos islotes, colonias ruidosas de leones marinos muestran una dinámica mucho más caótica, con saltos, danzas de quítate tú para ponerme yo y acrobacias acuáticas. El ruido es familiar, una cacofonía de gritos entre agudos y graves que armonizan perfectamente con el oleaje descompasado que se estrella al pie de las rocas.

Otros serán los animales que el viajero encontrará en su camino. Ciervos, wapitíes y, sobre todo alces [1] . Águilas calvas, pelícanos, mapaches, pavos (cruzando la carretera como una vulgar perdiz), cabras de las Rocosas, de largo pelaje blanco y pezuñas afiladas, perfectas para clavarlas entre las rocas donde viven; bighorns, mofetas, puercoespines, nutrias marinas… Colibríes y grizzlys, ardillas terrestres y osos negros terminarán el catálogo de una fauna exuberante no muy difícil de avistar. Peligrosamente fácil, a veces. El hombre lleva poco tiempo colonizando estas tierras, y aún no le ha dado tiempo de acabar con todos estos seres, como ocurre en la «civilizada» Europa.

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El paisaje vital de Alaska incluye también, y por supuesto, bosques. Frondosos bosques dominados por coníferas que arropan montañas como un abrigo, y que se combinan con árboles de hoja caduca en valles alrededor de las lagunas y charcas siempre presentes. Todo junto, todo lo que se alimenta y prolifera en la mar, el cielo, la tierra, la nieve y el agua, conforman el latido que mantiene a Alaska viva.

El viajero, hambriento de horizontes infinitos y de estampas botánicas y zoológicas, se propone explorar cada rincón, cada posibilidad. Ya sea en coche, ya en avioneta, en solitario o en grupo, disfruta de cada paso, saborea cada hito, fotografía una y mil veces los secretos que Alaska le desvela, en un patético intento de atrapar en la imagen lo que el corazón siente y el alma vibra. Intenta capturar con su máquina fotográfica todo lo que siente, aunque de antemano conoce que es un deseo inútil. Puede fotografiarse una guitarra, pero no su música, piensa. Así que oigamos, primero.

La experiencia se muestra fragmentada en multitud de vivencias particulares. Todas juntas, constituyen el collage que conforma la Alaska que el viajero vivió.

Rememora uno de sus encuentros más íntimos. La visita al «Alaska Native Eritage Center» ( https://www.alaskanative.net/) en Anchorage, los museos de Fairbanks y la sede central de Wells Fargo le ayudan a conocer mejor el patrimonio nativo. Decenas de culturas y naciones indias poco conocidas, pero cuyos iconos trascienden la distancia y el tiempo. Disfruta, por ejemplo, con los tótems, esos postes de diferente tamaño tallados con complejos símbolos animales, naturales de las tribus de estas costas y que nunca, nunca, fueron utilizados por las tribus de las llanuras o de la costa este. Por más que Hollywood se empeñe, como se empeñó una época en convencernos de que los indios de las llanuras tenían la piel clara y los ojos azules.

Sonríe ante otros, ahora que puede. Mosquitos. En verano, mosquitos. Enjambres pegajosos y suicidas que si te atrapan te muerden hasta deformarte. El viajero recuerda el alquiler de una bicicleta para dar un paseo por las arboledas cercanas, a la búsqueda de alces y osos, ingenuo y temerario a partes iguales. También recuerda las fotografías más dolorosas de su vida, cuando se detenía para hacerlas, y en los breves segundos que bastan para apretar el disparador y atrapar una puesta de sol, un reflejo en el agua o un pájaro exótico, centenares de despiadados insectos se posaban sobre el incauto y le perforaban la camisa, el pantalón y hasta el sombrero, para beber con fruición y prisa la sangre del desdichado. Mosquitos de un tamaño tal que hay que hablarles de usted. Mosquitos de volar incierto pero decidido que parecen mirarte furiosos, como tú los miras a ellos atemorizado. Con el cambio climático esto también está cambiando. La estación de reproducción se alarga, y los lugares frescos que los mosquitos evitan van desapareciendo, de manera que hoy se están convirtiendo en una plaga capaz de matar por sangría a cuanto animal de sangre caliente encuentran. Una auténtica manada insaciable que quiere pastarte hasta vaciarte por completo. Diminutos psicópatas alados que Noé debió de embarcar por equivocación. Bronquistas gregarios, morralla plebeya que, literalmente, intentan sacar de ti todo lo que pueden.

El cielo y el río

Pero la misma agua que hace proliferar la plaga de dípteros tiene otros usos mucho más creativos. El viajero tiene la suerte de comprobar que la pureza del agua local no solo sirve para aliviar mejor la sed. No «esa» sed. Hay otra sed, más sibarita, que se satisface ampliamente con una bebida que aquí alcanza la categoría de arte: la cerveza. Los ávidos de este divino néctar tienen suerte, porque no todo es crueldad en este territorio, que dicen que Dios aprieta mas no ahoga. Los naturales del país se enorgullecen de su cerveza y no es para menos. El agua con la que la elaboran tiene una calidad tan extrema e inalcanzable que también hay un negocio que actualmente prospera gracias a ella. Para un público in the mood que parece no saber dónde gastar su dinero, Alaska también se ha sumado a la moda de embotellar agua de glaciar para el consumo humano. Incomprensible capricho de una sociedad hedonista.

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Hay otras vivencias más personales. Una noche, muy cerca del Círculo Polar, el autobús se detiene, y el puñado de aventureros que lo han tomado se desparrama sobre la nieve a la voz de ¡Northerm Lights! («aurora boreal»). La estación de posta escogida como parada, que actúa como base de avituallamiento para un chocolate caliente o una cena bien calórica, se sitúa sobre el mismo lugar en que cien años antes se levantaba un « traiding post» genuinamente norteño. La caza de auroras boreales es uno de los espectáculos que no pueden perderse aquí. Una pequeña excursión, apenas 500 m, traslada al viajero, a pie, en pequeño grupo al río cercano. Los más vacilantes han desistido de caminar con este frío en plena noche. Pero los esforzados pasos merecen la pena. El río es el Yukón. Hoy, la visión de un Yukón domesticado por un enorme puente que lo cruza desilusiona en principio al viajero. Pero cuando se le explica que en el puente no se puede parar, ni se puede atravesar andando por el riesgo que significa, se tranquiliza y vuelve a pensar que Alaska aún sigue sin ser vencida. No es un collar de esclavo, piensa el viajero. Es un arco de la victoria. Ese es el motivo de la caminata, porque no existe una manera mejor de andar «hasta» el río. Andar «por» el río, más bien, que a estas alturas del invierno está completamente congelado. Tres metros de hielo con la consistencia del acero separan la superficie gélida y aparentemente inerme de la corriente, que aún bulle más abajo, en las profundidades, deslizándose perezosa. El río sigue vivo, solo que dormido, aguardando su momento para reclamar sus fueros. Como todo en Alaska.

El grupo guarda un silencio escénico, mientras el guía (y conductor del bus) relata en pocas palabras la historia del lugar, la importancia de la posta y su cercanía a este lugar donde el río podía cruzarse en barcaza. Lugar de encuentro de curtidos norteños de verdad, a los que no había que convencer de que el invierno se acerca, porque lo han sufrido en sus carnes, la mayoría de ellos en solitario.

Lo que sigue es menos solemne, un momento divertido, cuando un par de niños corretean por la superficie del río. Intentan limpiarla de nieve, pero no lo consiguen. Buscaban patinar un poco, pero eso es imposible. Por los lugares donde han conseguido despejar el terreno y acceder al hielo fluvial, nos quitamos los guantes y los posamos con reverencia sobre el río. El río Yukón. El viajero, a la vuelta hacia la casa de postas, recogerá tierra de un bancal que se le ofrece generoso. Polvo fino con presencia de oro, piensa. Polvo del color de Alaska. Gris plomo, el color que los glaciares regalan a Alaska en forma de granito triturado. Harina de roca hecha tierra. Otro recuerdo con el que regresará a casa, algún tiempo después. Algo que le ayuda a recordar la música de la guitarra.

Las auroras boreales no son fáciles de ver. Aunque suelen estar ahí toda la noche, el período de oscuridad varía con la latitud, y hay que buscarlas en los momentos más oscuros. Además, no todas son enormes y vistosas, sino que la mayoría consiste en una tenue apariencia traslúcida en el cielo, de un color entre verdoso y gris, fosforescente. El pequeño autobús continuará su viaje nocturno hacia el sur más adelante, y orillará numerosas veces cuando se distinga una aurora digna de ser observada. Pero este es el momento en el que el viajero sabe que va a ver la primera. Y la primera siempre es diferente.

Como un velo de novia agitado contra un fondo negro en una noche negra, piensa el viajero. Una cortina móvil que ondea movida por los vientos de un sol que ahora es totalmente invisible. Los visillos de una ventana de azabache que se deslizan y ondean muy rápidamente, se estiran, se aplanan y desaparecen, o vuelven a crecer dotados de vida propia. No es temporada de buenas auroras, le explican, y las fabulosas irisaciones verdes y amarillas no van a iluminar ni la nieve ni los árboles esa noche. Pero el viajero está contento con ver este trémulo pendón estelar, que ondea vivaz y delicado en el horizonte. Pareciera millares de perlas nacaradas, atrapando la luz de las estrellas y moviéndola en ondas danzantes, aleatorias, esquivas, fugaces.

Alaska no es un único recuerdo, no es una vivencia aislada. Es un escenario donde para atrapar y dominar los secretos ocultos hay que bailar. Danzar con todos ellos juntos, en una coreografía de luz y noche, de hielo blanco y prados esmeralda, de vida y sueño. Una tierra que continúa viva, con su poderoso corazón latiendo a la espera de una oportunidad. Una tierra implacable que no perdona los errores. Difícil fue para el europeo soñador o el veterano minero alcanzar, establecerse y sobrevivir en Alaska, pero lo hizo. El viajero piensa en esos aventureros de antaño, y en cuántos de ellos acabaron abandonando esta tierra para no regresar jamás. O en los que aquí permanecieron, y acabaron al final de sus vidas legando sus huesos al gris suelo de Alaska. Y se pregunta cuántos de unos y otros echaron de menos a Alaska como él la echa ahora.

Y se acuerda del más famoso de los que dieron su vida aquí, a la búsqueda de su Eldorado personal, y que un 14 de marzo de 1980 cayó del cielo como un pájaro herido. Félix Rodríguez de la Fuente.


[1] La mala traducción juega malas pasadas, y como para el wapití ( elk) no hay un animal equivalente en Europa, algunos «cultos» lingüistas los traducen como alces, y se quedan tan tranquilos. Los españoles que llevan en Norteamérica incluso más años que el viajero, comprobó este, aún confunden por ello alce con ciervo «canadiense» o wapití.

Publicado en Naturaleza
Domingo, 01 Noviembre 2020 00:00

Alaska: la selva blanca (1ª parte)

Alaska: la selva blanca [1]

La mayoría de los lectores sabrá que Estados Unidos compró Alaska a Rusia (por algo más de siete millones de dólares) en 1867. Lo que quizás sea una sorpresa es que, lo mismo que con la mayoría de lugares en esta tierra, los españoles ya exploraron varios puntos de este territorio, acogiéndose a la bula papal que les concedía el dominio de todo lo descubierto cien leguas al oeste de los territorios portugueses de ultramar, Azores y Madeira.

Este edicto de nuestro valenciano papa Borgia (Alejandro VI, tan maltratado por la historia) concedió amparo legal a diversas expediciones patrias de exploración y cartografía de nuestras colonias, la más famosa de las cuales (y la que tuvo un final más patético) fue la de Malaspina. De estas expediciones se conservan, cómo no, topónimos españoles, una constante en EUA. La ciudad de Valdez y el glaciar con el nombre de Malaspina son muestras de ello. Es curioso encontrar nuestra presencia en un lugar tan extraño para ello.

Sin embargo, ni sus pieles primero, ni su oro después, convirtieron a Alaska en un invitado preferente a la mesa de la Unión. Hubo de esperarse a que acabara la II Guerra Mundial y al comienzo de la guerra fría para que se descubriera que esta puerta trasera que es Alaska debía contar con un sistema preferente de conexión y enlace. EUA no podía permitirse el lujo de dejarla sin atención. Es muy probable que la invasión japonesa de este territorio en el último conflicto mundial [2] , la batalla naval en sus aguas contra la armada nipona y el envío de espías soviéticos a través de este desangelado territorio sirvieran de acicate para que, más de cincuenta años después de la inclusión del último Estado (Arizona, 1912), Alaska en enero y Hawái en agosto de 1959 fueran recibidos como territorios norteamericanos con los brazos abiertos. Fueron poderosas razones estratégicas, qué duda cabe. El valor de los yacimientos de petróleo hallados en suelo alasqueño poco tiempo después solo supuso una propina.

El viajero contempla con la misma curiosidad que la primera vez la aproximación a tierra en el aeropuerto internacional de Fairbanks, casi en el centro geográfico de Alaska. Lo hace, en esta ocasión, a mediados de enero. Imagina lo que pudo haber vivido Jack London apenas cien años atrás, cuando una mala decisión, un fallo fortuito o la simple inexperiencia cobraba vidas. Por miles. El perfil más implacable de la naturaleza. Él se acerca, cómodo y caliente, a un mundo de luces amortiguadas donde el color dominante es el blanco. La propia luz es puro blanco, farolas y focos cuyos rayos se fragmentan innumerables veces en los innumerables copos de nieve y hielo que flotan en el aire, siempre danzando, indecisos, suspendidos en una noche oscura. Aunque sean solamente las cinco de la tarde, la noche hace tiempo que se adueñó de todo.

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Los viajes del viajero

Alaska es así. Tras su primer viaje, en junio de dos años atrás, a una zona mucho más meridional (Anchorage, la ciudad más poblada del Estado), el viajero se prometió vivir el invierno ártico y regresar en plena noche polar. Quería contrastar sueño y vigilia, día y noche. El interminable verdor de pastos inabarcables y los bosques de pinos azulados que trepaban sobre montañas imposibles con el sudario tranquilo de infinitos tonos blancos que todo lo disimula y redondea. El sol de medianoche y la noche inacabable. Comparar una naturaleza en auge, esplendorosa, con prisa para ser y continuar siendo en el poco tiempo disponible de un verano de cuarenta días, con el sueño tranquilo de animales y plantas nativos, cobijado debajo de una capa suave y profunda de todos los tipos imaginables de nieve. Naturaleza dormida, relajada, escondida. Vida oculta que espera, poderosa, a expresarse como en pocos lugares del planeta lo hace. Alaska es una de las últimas fronteras del llamado mundo occidental. Aquí, la soledad de lo grandioso se experimenta en cada recodo del camino. Aquí, el ser humano continúa siendo un invitado. Así que, en ambas ocasiones al abandonar el aeropuerto, el viajero rinde homenaje a esta tierra y le da las gracias por permitirle disfrutarla. Se sorprende deseando comenzar su personal búsqueda de Eldorado.

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En su primera visita veraniega, el mayor problema que el viajero encuentra es recoger una maleta con el asa rota, molestia que le hace refunfuñar hasta la parada de taxi más cercana. Esta vez le espera el frío. A mitad de enero, Alaska acaba de salir de un episodio que bajó la temperatura a -40ºC. Al tomar tierra esa noche, el termómetro se ha elevado a los -30ºC, y él sabe que las máximas no subirán de -10ºC en la semana que espera vivir en el techo del mundo. Al recoger su coche de alquiler ya hay algo que le llama la atención. «Debe usted dejar enchufado el vehículo mientras no lo esté utilizando», le explica la chica del concesionario. «Es para que la batería no se rompa».

Estupefacto, el viajero retira las llaves y se lanza al parking pensando que no será para tanto, y que la visión de centenares de vehículos aparcados o deambulando en los alrededores de la terminal son una prueba de ese exceso de celo. Así que, decidido e ingenuo, sale al exterior y respira. Inhala el recio aire nocturno de Alaska en pleno esplendor… y exhala por primera vez en su vida no ya vaho, sino polvo: cristales de hielo del vapor de agua de su propia respiración, congelados instantáneamente por el extremo frío. Esa nubecilla cae lentamente y se disuelve; viene seguida de una picazón interna, una sensación como de ahogo, que obliga al viajero a volver entre toses entrecortadas al suave calor del interior de la terminal. Con los pulmones doloridos y los ojos lacrimosos, el viajero reflexiona sobre la conveniencia de pasar abruptamente de un ambiente confortable para el ser humano, tibio y acogedor, al frío salvaje e inclemente de una noche con la temperatura de un congelador industrial.

Sin dejar de toser, el viajero busca apresuradamente en el equipaje una bufanda, un gorro y un pañuelo para la boca. Se acoraza con telas y plumas, y sale de nuevo al exterior cuando el dolor ha pasado, protegiéndose la boca con la mano y entreabriendo los ojos apenas, porque también duelen. De esta manera recorre los escasos cien metros que separan la terminal de la plaza de parking donde, invernante, aguarda su vehículo. Por el camino, maldice que el coche no estuviera cien metros más cerca. Al llegar, desenchufa el cable que, como un cordón umbilical, mantiene viva y funcional la maquinaria y se sienta en el interior. Arranca y conecta los asientos calefactados al máximo nivel de calor, y mientras espera que el motor alcance una temperatura respetable y los asientos también, tirita ampliamente en un pizzicato incontrolable que le hace preguntarse internamente en qué momento le pareció buena la ocurrencia de venir aquí en pleno invierno…

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El viajero aprovecha esos momentos para reflexionar. No sabe si es su natural filosófico lo que le lleva a ello o la necesidad imperiosa de distraer su mente y apartarla de los sentidos, que le preguntan a cada estertor de gélida tiritera qué diablos hace allí, en ese momento y en ese lugar. Se acuerda otra vez de Jack London, y por respeto no extiende ese recordatorio al resto de su familia. Intenta imaginar cómo lo hicieron él y sus contemporáneos durante la fiebre del oro. Se pregunta cómo les fue posible si en el siglo XXI, con vestimentas especialmente diseñadas para estos menesteres, él continúa tiritando apenas vivo en el interior de un recinto aislado, máquinas perfeccionadas para sobrevivir en el reino del oso polar. La Humanidad impone sus condiciones de vida allí donde va, sea ese sitio las profundidades marinas, los desiertos fríos o cálidos más extremos del mundo, o una nave a miles de kilómetros de la superficie de la Tierra. Pero es aquí, en los territorios de frontera que aún perviven, donde se contrasta de una manera brutal y a veces atroz lo frágil de esta ilusión. Maravilla (y asusta a partes iguales) que la delicadeza aparente del ser humano sea la que, en realidad, le haya hecho modificar tanto el medioambiente del planeta que para la humanidad ese medioambiente no exista ya más de puro ser cambiado. El viajero recuerda otros viajes al límite, pero en condiciones totalmente opuestas. Sus visitas a Las Vegas, por ejemplo, una ciudad en el corazón del desierto de Nevada, y donde con 51ºC, se puede pasear de manera bastante cómoda y fresca por el Strip de día y en pleno agosto. Aire acondicionado en una calle entera, así lo hacen los americanos.

La fiebre del oro

Mientras se alcanza una temperatura de supervivencia, reflexiona sobre London, una vez más, y la «Gold Rush» (fiebre del oro) de 1896-99. Miles de hombres acudieron a la llamada de lo salvaje (parafraseando al novelista) y probaron su suerte en el Yukón. Al contrario de lo que se piensa, legiones de profesionales preparados (ingenieros, profesores, licenciados), que no desarrapados, dejaron sus carreras laborales y se mudaron en masa. Lo hicieron, probablemente, acicateados por las crisis económicas que Estados Unidos vivió en la última mitad del s. XIX, y seguramente con la intención de cambiar sus vidas para siempre. El propio London fue uno de ellos, como lo atestiguan relatos y novelas que recrean perfectamente esta época.

El viajero piensa sobre lo que acaba de pasarle, que en el fondo no deja de ser una incomodidad pasajera entre momentos confortables, y reflexiona sobre las experiencias que el escritor californiano tuvo que haber vivido para reflejar de una manera tan espantosamente cruda los dos grandes peligros de Alaska: el frío y el hambre [3] .

La fiebre del oro del Klondike [4] movilizó nubes de exploradores al noroeste de Canadá y a lo largo del río Yukón, unos cien mil en menos de cuatro años. Chilkoot Pass fue la ruta mayormente seguida para arribar a su cabecera, y una de las tres abiertas todo el año. El río Yukón pasa por ser el gran río del norte, la majestuosa corriente que recoge todos los otros pequeños ríos y riachuelos, y cuyas aguas pasea en soberbios meandros como una colosal serpiente de hielo. Un río que nace apenas a 40 km en línea recta del océano, pero que un relieve caprichosamente irregular lo hace desembocar en el mar de Bering, hacia el oeste, tras 3200 km de un cauce indeciso y tremendamente confuso. El río Yukón. El río por excelencia en Alaska.

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Son famosas las fotos de las «Golden Stairs», las «escaleras de oro» donde, agarrados a una cuerda, una interminable hilera de mineros subía penosamente un desnivel de cerca de 1000 m. para llegar al lago Bennett, 40 km más allá. Hazaña notable, si se piensa que el Gobierno canadiense, propietario de las tierras que atravesarían una vez arriba, obligaba a cada aventurero a cargar con todo lo necesario para consumir… ¡en un año!, las «mulas» del Klondike [5] .

El viajero agradece la ropa interior especialmente diseñada, los pantis de esquiador, los pantalones de triple capa especiales para deportes de nieve, camiseta térmica, camisa de franela y fibra polar, jersey aislante y un plumas orondo que lleva puesto, todo junto. Aun así pasa frío, el cuerpo humano no está hecho para esto, piensa. Y se acuerda de cien mil hombres, mujeres y niños que, con ropas caseras, subieron 1000 m desafiando a una naturaleza cruel que les enseñaba gruñendo sus colmillos de hielo.

 

CONTINUARÁ...

José Manuel Escobero

Maestro de primaria, licenciado en Biología y Zoología

Máster en Biodiversidad



[1] Call of the Wild (Ken Annakin, 1972).

[2] Durante la II Gerra Mundial Japón invadió cierta porción de las Aleutianas, territorio de Alaska. Pero como Alaska aún no era un Estado de EUA, no puede decirse que Japón invadiera Estados Unidos, realmente. Prometemos escribir un breve artículo sobre el tema.

[3] Nos referimos a dos relatos archiconocidos, «To Build a Fire» y «Love of Live» (1905, «Amor a la vida») donde, respectivamente, personajes sin nombre, símbolos más que protagonistas, se enfrentan a una naturaleza despiadada.

[4] También, Fiebre del oro del Yukón o simplemente Fiebre del Oro de Alaska.

[5] El cónsul y general Mario revolucionó el arte militar romano convirtiendo a las legiones en unidades de combate «modernas», mucho más móviles y operativas. Para ello hizo cargar a cada octeto (grupo de ocho hombres que compartía tienda) con un equipaje estándar y perfectamente estudiado. Equipaje de entre 30 y 40 kg. Las «mulas» de Mario.

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