Julio 2018

La anomia: el fin nuestro de cada día

Escrito por  Javier Muñoz Chumilla
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Robert K. Merton, hace ya unos ochenta años, estableció a partir de lo dicho por Durkheim su propia teoría de la anomia: que la conducta desviada surge como reacción a algo que va mal en la sociedad, algo que no funciona. Esta, con los años, ha sido revisada innumerables veces e incluso superada, aunque seguimos teniendo reminiscencias de ella.

¿Qué deseo o necesito y cómo lo busco?

Merton, que procedía de la sociología (y, más concretamente, del funcionalismo), consideró que la principal razón de la anomia que dominaba a las personas en sociedad y que podía dar lugar a conductas desviadas radicaba en una desconexión entre fines social y culturalmente aceptados y medios socialmente aceptados para alcanzar dichos fines, esto es, en la estructura social dominante en su tiempo. Cuando las personas eran incapaces de alcanzar esos fines porque los medios establecidos se le escapaban de las manos (o simplemente, no llegaban a ellos), la persona, según Merton, podía desarrollar una de las siguientes respuestas: se comportaba como el conformista, el innovador, el ritualista, el retraído o el rebelde.

El conformista, como bien indica la palabra, aceptaría los medios y metas culturales impuestos, consiguiese o no culminar estas últimas; el innovador se relacionaría con el tipo desviado principal, pues tomaría nuevos medios (ilegales, no aceptados) para alcanzar los fines, que sí asumiría como propios; el ritualista, por su parte, habría renunciado de alguna manera a los fines, o habrían desaparecido de su objetivo, pero continuaría repitiendo los ritos (esto es, los medios, a veces ineficaces) para la obtención de aquellos fines. Se diría que habría sido desconectado de fines para repetir una y otra vez lo aprendido sin un verdadero objetivo; el retraído constituiría la negación de fines y metas, apartándose, incluso, del sistema, y que Merton y sus predecesores reconocerían en vagabundos: ajenos a la sociedad y sus cánones, esquemas y objetivos sociales (normalmente, individuales), pero con una actitud pasiva; por último, los rebeldes se asemejarían a los anteriores pero con una perspectiva activa de cambio radical, esto es, no solo conscientes de que el sistema es ineficaz, sino comprometidos con actos que modifiquen totalmente lo establecido.

El desencanto con la vida social, económica y política

La anomia de la que hablaba Merton se originaba y definía por la falta de funcionalidad (y, por ende, el desencanto del ciudadano con ellas) de las leyes y valores predominantes; por la desigualdad en el acceso a las oportunidades sociales, y por el comentado desequilibrio entre fines y medios para alcanzar los mismos.

Merton y la anomia (2)

Como comentaba, esta teoría, pese a estar superada (en cuanto a la explicación de conductas desviadas) nos produce cierto efecto de reminiscencia ante las posibles situaciones personales que hayamos encontrado. Superada o no, es innegable que existen determinados fines establecidos (incluso a nivel moral y costumbrista) que, en ocasiones, dominan nuestra voluntad y nuestra mente en lo referente a prioridades. Estos fines, por complejos o inalcanzables (dados los precarios medios), suelen producir esta situación de anomia, que hoy día se traduciría en frustración e inseguridad social, origen de xenofobia, miedo, violencia y odio. Como gobernante poco ético, quizá este caldo de cultivo sea interesante por lo sencillo que resulta moldear y manipular las opiniones públicas, demasiado centradas en su mala suerte como para atisbar esa perspectiva superior que permitiría una sociedad más equitativa e igualitaria, y no solo más libre. Para el resto, es solo eso: fuente de inseguridades y preocupaciones innecesarias.

La relación con lo establecido

Por tanto, si de algo pudieran servir los estudios de Merton (y posteriores autores) es para analizar la manera en que lo establecido socialmente es capaz de dominarnos, no solo a través de nosotros mismos, sino incluso a través de las personas que amamos y se preocupan por nosotros que, en ocasiones, confunden la preocupación por los fines que adoptamos o los medios que utilizamos para ellos, con la sincera preocupación por la persona, su psique o la necesidad (que no debiera ser necesaria) de desconectar de un mundo que cada día le parece más ajeno, distante y distinto de lo que parecía mejor o más justo.

Solemos preguntarnos en estos casos hacia dónde vamos, pero quizá la pregunta correcta sea de qué nos estamos alejando.

Y eso sin entrar en autores de psicología como Philip Zimbardo…

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