Abril 2020

Educación para la salud: un atisbo de esperanza para el futuro

Escrito por  Cristina Martín
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Les propongo, para este artículo, que dediquemos unos minutos a observar el mundo que nos rodea: guerras, hambrunas, problemas graves de salud emergentes, desastres naturales por el cambio climático, desigualdades sociales…

Y, ahora, como otra parte del mismo ejercicio, yo les pregunto: si nos remontamos a la concepción de salud que han mantenido culturas milenarias como la China o la India, concibiéndola como sinónimo de armonía del ser humano en todas sus dimensiones y de equilibrio con el entorno y la naturaleza que lo rodea, ¿piensan que, realmente, este es un mundo que albergue salud?

Incluso, sin remontarnos tanto en el tiempo, la misma definición de salud concebida por la OMS, ya desde al año 1947, nos habla de un concepto muy amplio, abarcando mucho más que el aspecto físico: «La salud es el estado de completo bienestar físico, mental y social y no solo la ausencia de enfermedad y minusvalía».

Y, ahora, sin irnos a los grandes problemas que mencionaba al inicio del artículo, observemos también lo que nos rodea de forma más cercana.

Nos encontramos ante una sociedad en la que los trastornos mentales y emocionales crecen de forma constante: depresión, ansiedad, estrés, deterioro cognitivo, insomnio, y podríamos añadir una larga lista. También hallamos trastornos y disfunciones orgánicas, que llamamos a unos autoinmunes y a otros idiopáticos, para los cuales la medicina convencional no tiene respuestas: síndrome de fatiga crónica, fibromialgia, síndrome de colon irritable, disfunción de la motilidad intestinal, cefaleas periódicas y un sinfín de patologías más, que, cada vez, son más numerosas.

Y, trascendiendo la dimensión «hombre», la situación se agrava mucho más. Nos rodean los conflictos entre países, entre provincias, entre ciudades, entre razas y clases sociales, incluso, dentro de una misma familia, entre padres e hijos o entre hermanos.

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¿Cuál es nuestro futuro si no conseguimos ponerle solución a esta situación? Pues la respuesta es que no será nada bueno si no conseguimos cambiar.

La salud, una cuestión de educación

Pero, frente a esta visión negativa, creo que se plantea ante nosotros un pequeño atisbo de esperanza si comprendemos que es desde dentro del hombre de donde nace la solución misma, si nos abrimos a entender que somos parte de un mismo planeta, de una misma unidad. Y, a mi modo de ver, no creo que haya mejor herramienta que la educación para que cada uno de nosotros vaya mejorándose a sí mismo y mejorando el entorno , tanto para las generaciones presentes como para las futuras.

Cuando hablamos en medicina de «educación para la salud», a todos se nos viene a la mente la imagen de un médico o una enfermera que va a ofrecernos una charla sobre lo que se debe comer y lo que no, sobre las horas que se deben invertir en dormir, sobre el tiempo que le debemos dedicar al deporte, sobre la higiene corporal, etc. Pero, si volvemos a pensar en la definición de salud como así lo hicieron nuestros filósofos del pasado y, afortunadamente, algunos del presente, el concepto es mucho más amplio. Todos ellos coinciden en que el hombre está conformado por diferentes dimensiones: nuestro cuerpo físico, nuestra energía, nuestras emociones, nuestra mente o ideas y, me atrevería a decir, nuestra conciencia –ese yo que integra todo lo anterior, que está por encima de todo ello y lo unifica–.

Si concebimos la salud como armonía de todos estos elementos, entonces ¿qué significa, realmente, educación para la salud? La medicina y la sociedad en general se centran en las patologías del ser humano de una manera muy disociada. Los médicos te derivan al digestivo, al cardiólogo, al ginecólogo o al psiquiatra, pero pocas veces se observa a la persona de una manera global, integrando todas las dimensiones que la conforman. La medicina convencional va admitiendo, cada vez más, la relación entre la mente, las emociones y el físico, pero aún se encuentra muy lejos de concebir al hombre como un ser global, conectado a sí mismo, a su entorno y a toda la naturaleza. Aún no logra comprender que un solo pensamiento disarmónico, ya sea en relación con uno mismo, ya sea en relación con el entorno, puede desembocar en una enfermedad. Todo está interrelacionado: una mala higiene postural, una dieta inadecuada, la falta de ejercicio, una emoción mal gestionada, la falta de asertividad, una discusión con los vecinos, un mal ambiente de trabajo o una sobrecarga de responsabilidades, puede conducirnos a un trastorno de salud.

ayuda humanitaria

Desde esta perspectiva, podemos comprender la enorme trascendencia que alberga una educación integral para la salud. Comprendería, no solo hablar de listas de alimentos, de tablas de ejercicios o de horas de sueño, sino también ofrecer herramientas para aprender a gestionar nuestras emociones, para saber canalizar el estrés, para enseñar cómo enfrentar nuestros miedos, nuestro orgullo, nuestra vanidad, para hacer crecer el amor al prójimo, a nosotros mismos, a la naturaleza y a todo lo que nos rodea, para amar a nuestro planeta.

¿De qué sirve aprender a comer sano si no compartimos nuestro alimento con aquellos que no lo tienen? ¿Para qué queremos un cuerpo sano si estamos llenos de egoísmos, vanidad, crueldad e indiferencia o nos paraliza continuamente el miedo y no podemos disfrutar de la vida?

En definitiva, creo, realmente, que la educación para la salud, bien entendida, podría convertirse en un elemento de esperanza para el futuro, en la llave para transformar nuestro mundo, en un instrumento para construir un mundo nuevo, un mundo mejor.

 

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