Sábado, 01 Febrero 2020 00:00

Educar para el bien común

Desde hace una década se viene hablando del bien común en relación principalmente con la economía, y sobre la base de unos principios morales universales que deben impregnar toda actividad humana, siempre en beneficio de todos y cada uno. Estos principios son: dignidad humana, solidaridad, sostenibilidad ecológica, justicia social, cooperación y trasparencia.

La búsqueda del bien común es en sí misma un valor moral, de los muchos que nos faltan en esta sociedad, donde todo se valora dependiendo del interés particular.

Numerosos estudios interdisciplinares han demostrado que la sociedad moderna, a pesar de sus casi milagrosos avances en medicina, ciencia y tecnología, está aquejada de algunas de las tasas más altas de depresión, esquizofrenia, salud precaria, ansiedad y soledad crónica de la historia humana. También la independencia económica puede conducir al aislamiento, y el aislamiento puede poner a la gente en mayor riesgo de depresión y suicidio.

Algunos psicólogos y sociólogos actuales sostienen que los seres humanos necesitamos tres pilares básicos para estar satisfechos:

1) Sentirnos competentes en lo que hacemos.

2) Sentirnos auténticos en nuestras vidas.

3) Sentirnos conectados con otros.

Según Sebastián Jünger, algunas de las carencias de nuestra sociedad actual, que nos señala en su libro Tribu, es precisamente ese sentimiento de tribu que hemos perdido, y que implica lealtad, pertenencia… Por tanto, vivimos más aislados, y otro dato interesante es que damos valor a los valores extrínsecos.

Me llamó mucho la atención la explicación de por qué los desastres a gran escala producen condiciones mentales más sanas.

Otro investigador sobre el tema, Thomas Paine (pionero en la construcción de la democracia estadounidense), reconocía que las tribus indias vivían en sociedad, y en ellas la pobreza personal era desconocida y los derechos naturales del hombre eran promovidos activamente.

Por eso, cuando la gente está comprometida con una causa, sus vidas tienen más sentido, lo que tiene como consecuencia una mejora de la salud mental.

También Charles Fritz constató que la sociedad moderna ha perturbado gravemente los vínculos que han caracterizado siempre la experiencia humana y que los desastres empujan a la gente hacia una forma de relación más antigua y orgánica, creando una conexión con los demás inmensamente tranquilizadora.

¿Qué podemos hacer para mejorar nuestras relaciones apoyándonos en estos pilares básicos, muy vinculados entre sí?

Solo con una verdadera educación podremos trabajar nuestra personalidad, llegando a comprender que formamos parte de una unidad, como bien decía el filósofo estoico, el emperador Marco Aurelio:

«Si algo le conviene a la abeja, puede que no le venga bien a la colmena, pero si algo le viene bien a la colmena, siempre es bueno para la abeja».

Educación

Devolvamos la educación al lugar que se merece.

Entre los fallos actuales de la educación, debemos destacar:

- La sobreprotección, que debilita a los niños.

- El exceso de normas, la masificación.

- Mucha permisividad.

Recordemos a Jean-Jacques Rousseau («el buen salvaje»), que abandonó a cinco de sus hijos a los tiernos y mortíferos cuidados de los orfanatos de la época.

Este sería un cruento ejemplo de que el proceso vital de socialización previene en realidad numerosos daños y propicia muchas cosas positivas. A los niños se los daña cuando quienes tendrían que cuidar de ellos, por temor a cualquier conflicto o discordia, ya no se atreven a corregirlos y los dejan sin orientación alguna. La violencia es la opción por defecto, porque resulta fácil. Lo difícil es la paz, que se aprende, se inculca, se gana.

Son las cosas que se producen un día tras otro las que dan forma a nuestras vidas

La cuestión es: ¿somos padres o amigos?

Veamos ideas generales sobre algun enfoque pedagógico tradicional del s. XX.

Método Waldorf

Se basa en los ritmos de la naturaleza del niño, respeta las etapas de desarrollo, cada siete años hay un cambio:

En cada etapa hay unos aspectos a desarrollar o potenciar: Hasta los siete, la bondad; hasta los catorce, la belleza; hasta los veintiuno, la justicia.

¿Qué quiere el niño?

Vivir los ciclos de las estaciones con actividades acordes con el entorno natural: en otoño, trabajar con hojas de los árboles, los tonos marrones, celebrar las festividades… pruebas, fiesta del farolillo cuando se acerca el invierno…

Hasta los seis años no empiezan a leer, hacen psicomotricidad fina, telares, ejercicios de lateralidad. Con la repetición de cuentos, colores, canciones, poco a poco van asimilando conceptos.

Hay herramientas de la personalidad que nos pueden ayudar para una verdadera autodeterminación si en vez de centrarnos en el problema, nos centramos en buscar las soluciones. Porque los seres humanos poseemos fuerzas sin explorar que nos permitirían ver los auténticos problemas.

La salud de nuestra sociedad depende del esfuerzo de cada individuo, y no al revés.

Hay claves que convierten los problemas en oportunidades:

1) Inversión del deseo

La ventaja secreta es convertir el dolor en poder. Cuando uno se implica en algo con firmeza, también se pone en marcha la naturaleza poniendo a su favor toda suerte de incidentes, encuentros y ayuda material; imprevistos con los que ni soñaba que contaría (W. H. Murray).

El verdadero adulto acepta que existe una diferencia básica entre los objetivos que nos planteamos y los que nos asigna el universo, pues existe una fuerza interior escondida que solo se puede encontrar cuando la adversidad saca lo mejor de uno mismo. Nietzsche dijo que lo que no nos mata nos hace más fuerte.

Cuanto más se queja uno, mas se estanca. Un ejemplo admirable lo tenemos en Victor Frankl, que, en condiciones de una dureza indescriptible, encontró la oportunidad de aumentar su fuerza interior.

Al margen de los objetivos que uno se marque en el mundo exterior, la vida le reserva sus propios objetivos, y si los dos proyectos están en conflicto, ganará la vida.

Hay que averiguar qué nos pide la vida, aunque solo sea soportar dignamente el sufrimiento, sacrificarse por otra persona o no sucumbir a la desesperanza y estar a la altura del reto.

Este camino fomenta la grandeza interior, lo que más falta le hace a nuestra sociedad, tan orientada a lo exterior.

La inversión del deseo permite fomentar el valor, la capacidad de actuar ante el miedo; hay que confiar, la vida está al otro lado del miedo.

Sin embargo, en general la psicoterapia no aborda directamente la necesidad de ser valiente, algo que está implícito en mayor o menor grado en la búsqueda de soluciones, que es el encuentro con ese poder mítico de los héroes.

El valor es la capacidad de actuar ante el miedo. El objetivo es estar lo bastante cómodo con el miedo como para poder actuar.

2) El amor activo

Todos tenemos algún resorte que nos hace entrar en nuestro propio laberinto y, cuando estamos dentro, la vida pasa de largo, incontables horas perdidas, grandes oportunidades desaprovechadas y una enorme cantidad de vida no vivida.

Mientras estás dentro del laberinto, sigues necesitando algo de la persona que te ha hecho daño, lo cual le otorga un poder de intimidación.

En el momento mismo en que sientes la fuerza, te elevas por encima de tus mezquinos sentimientos de ofensa. Ya no necesitas una reparación de quien te ofende. Todos tenemos una tendencia marcada a rumiar injusticias pasadas.

El auténtico poder de un enfoque espiritual de la psicología es enseñarte a activar fuerzas superiores que son más poderosas que tus emociones y que, sin sustituirlas, las trasforman.

De esta manera surge la autoridad interior, o fuerza superior, o la fuerza de la expresión personal, como queramos llamarlo.

Ahora bien, ¿conocemos realmente nuestras capacidades?

La sombra de Jung

Carl Jung define la sombra, que es todo lo que no queremos ser pero tememos ser, representado en una sola imagen. Es el origen de uno de los conflictos humanos más básicos. La sombra permanece conectada con las profundidades olvidadas del alma, con la vida y la vitalidad; ahí puede establecerse contacto con lo superior, lo creativo y lo universalmente humano.

Es frecuente que el encuentro con la sombra tenga lugar en la mitad de la vida, cuando nuestras necesidades y valores más profundos tienden a cambiar el rumbo de nuestra vida, determinando, incluso, un giro de 180 grados y obligándonos a romper nuestros viejos hábitos y a cultivar capacidades latentes hasta ese momento. Pero a menos que nos detengamos a escuchar esta demanda, permaneceremos sordos a sus gritos.

La depresión también puede ser la consecuencia de una confrontación paralizante con nuestro lado oscuro, un equivalente de la noche oscura del alma de la que hablan los místicos. Pero la necesidad interna de descender al mundo subterráneo puede ser postergada por multitud de causas… Solo quien ha comprendido y aceptado sus propios límites puede decidir ordenar y humanizar sus acciones.

¿Cómo? Pues a través del flujo, que sería dejar de pensar y ponerse a disposición de la fuerza superior, que surge del propio obstáculo. Así, la herramienta convierte la sombra en el vehículo de una fuerza superior, la fuerza de la expresión personal. El objetivo no es buscar la aprobación de nadie.

Entonces es cuando la sombra hace posibles los auténticos lazos humanos. Es la parte que todos tenemos en común. Sin ella, exageramos nuestras diferencias y nos sentimos separados. La única manera de que las relaciones funcionen entre individuos, religiones o países, es usar nuestras sombras para forjar un vínculo universal, y poder gozar de la libertad de ser distintos sin renunciar a la convivencia.

Es recuperar el lenguaje perdido del corazón.

Si tu autoridad se basa en la sombra, puedes estar en sintonía con los sentimientos de los demás. Cuando la gente se siente comprendida, surge la empatía que potencia la autoridad, sea cual sea el contexto; así, el trabajo en equipo es más genuino y duradero.

En consecuencia, surge lo que se llama matriz social, que es una red de seres humanos interconectados generando una energía curativa que no se puede crear de ningún modo. Cuanto mayor es la conexión que sentimos entre nosotros, más felices somos. Algunos estudios demuestran que las personas con sentido de la comunidad viven más tiempo y gozan de mejor salud física y mental.

Destacamos algunas de las recomendaciones que nos hace Jordan B. Peterson, en su libro (best seller mundial):

«Da por hecho que la persona a la que escuchas puede saber algo que tú no sabes».

«Trátate a ti mismo como si fueras alguien que depende de ti».

«Enderézate y mantén los hombros hacia atrás. Hay una neuroquímica de la derrota y la victoria».

«Traba amistad con aquellas personas que quieren lo mejor para ti».

«No te compares con otro, compárate con quien eras tú antes».

«Antes de criticar a alguien asegúrate de tener tu vida en perfecto orden».

«Di la verdad o, por lo menos, no mientas».

Si promovemos una verdadera educación que potencie los valores intrínsecos que cada uno tenemos y conocemos las claves que nos ayudarán a formar nuestro carácter, si conocemos la personalidad, entonces verdaderamente comenzaremos a sentir la conexión con los demás seres humanos, percibiendo la unidad de la naturaleza en la que vivimos inmersos y de la que formamos parte.

Bibliografia

Tribu , Sebastián Jünger, editorial Capitán Swing.

El método , Phil Stutz y Barry Michels, editorial Guijaldo.

12 claves para vivir , Jordan B. Peterson, editorial Planeta.

Encuentro con la sombra , edición a cargo de C. Zweig y J. Abrams.

Publicado en Sociedad
Sábado, 01 Octubre 2016 00:00

Educar bien y sus frutos

Según la concepción clásica, educar bien es enseñar a vivir, desarrollando las cualidades internas y los «talentos» de los que somos responsables, transmitiendo una cultura que sirve de matriz formal, mental y emocional de este desarrollo interior, el escenario que permite (y también condiciona, aunque sea temporalmente) conocernos y conocer el mundo en que vivimos.

«Ahora que siento la fuerza y la luz de mi amanecer, siento también mi responsabilidad en el viaje que quiero proseguir hasta mi mediodía. Y cuando llegue allí, quiero continuar viéndome a mí y al mundo con la misma curiosidad; con el mismo entusiasmo y alegría, y con la capacidad de creer que tienen los niños. Y, con la sabiduría de la luz que la edad me dé, conseguir un modo de desenvolver y sembrar mis talentos en el jardín del mundo, para que a los niños, a quien adoro, les guste estar en él».

La palabra educar viene de una latina que significa «educir», extraer desde el interior al exterior, desenvolver, el efecto del sol, el agua y un buen jardinero sobre las semillas en la tierra.

En las escuelas de filosofía antiguas y en las diferentes sociedades que alzaron cultura y civilización en el pasado histórico, la educación tenía como finalidades principalísimas:

1. Promover el reencuentro del joven con su propio ser interior, descubriendo paulatinamente su naturaleza más fecunda, sus capacidades innatas, desenvolviendo así la inteligencia que debe iluminar los caminos de la vida, aprendiendo a discernir, valorar y penetrar el sentido de los acontecimientos. Esta es la clave del reencuentro con los valores que llevan a la concordia, la amistad, la comprensión, el sentido del honor, la responsabilidad; a una moral (el pilar de la estabilidad interior) firme. Implica el desarrollo de una conciencia cada vez más amplia, en su doble faz de espectador de causas y efectos que se suceden en la dinámica vital, y de actor pronto a responder a los desafíos que exigen lo mejor de cada uno.

2. Aprender a usar las herramientas del alma y movernos bien en los escenarios que la vida nos presenta, como una bendición si sabemos hacer buen uso de ellas, o como una maldición si no podemos controlarlas a nuestra voluntad y con libertad interior. Estas herramientas son el cuerpo, las corrientes de vitalidad que le animan, la «mariposa multicolor» de nuestra emotividad (sensaciones internas, emociones, instintos, pasiones y sentimientos) y la mente. Aprender, por tanto a trabajar, a observar, a pensar, a hablar y a laborar, estableciendo así lazos con la vida, con la naturaleza y con quienes nos rodean. Aprender a imaginar y a soñar, y a plasmar aquello que soñamos. Y todo ello para ser útiles a nosotros mismos y a la comunidad de la que formamos parte.

3. Desarrollar la capacidad de asumir bien y naturalmente las diferentes edades de la vida, que si no están bien asumidas, provocan fracturas internas. Y no solo ellas, sino las diferentes circunstancias y cambios de escenarios, y las diferentes crisis que debemos enfrentar en nuestro natural desarrollo, las pruebas de la vida. Como dirían los egipcios, poder sobrevivir íntegros a todas las metamorfosis, sin heridas que nos hagan perder la sangre del alma. Hay que llevar al educando, a partir de la adolescencia, a saber enfrentar las situaciones y problemas y no huir por caminos que no llevan a ninguna parte, ni ser víctimas y esclavos de sus fantasías. Hay que aprender, también, a saber cómo llegar adonde debemos llegar.

Esto lo que el maestro debe enseñar, no imponiendo nada sino haciendo crecer los valores internos del discípulo, creando para ello escenarios y otorgando los conocimientos necesarios para comprender al ser humano, la naturaleza y el mundo en que vivimos. Como genialmente describe Jorge Ángel Livraga, «El hombre tiene una capacidad de creación, de imaginación y de fantasía que le permite pasar por encima de los obstáculos, que le permite no tener una programación mecánica, sino una fuerza espiritual humana que hace que pueda no solamente adaptarse al medio ambiente, sino superarlo y recrear en obras todo un mundo interior. (…) O sea, que los hombres, por la parte genética, solo heredan una serie de capacidades instintivas, pero hace falta el aprendizaje, esto es, hace falta la transmisión de la cultura para que el hombre se realice como tal».

Una educación bondadosa y firme

Este artículo es un ejercicio de reflexión sobre el hecho educativo, y surge después de leer un libro que me ha sorprendido por su belleza, optimismo, sentido de gratitud y por lo admirable de haber sido escrito por una adolescente: Adiós a los trece años, de Sara Meireles. Es una despedida de la infancia, una íntima necesidad de revisar los recuerdos de su niñez y su paulatino despertar a la vida, sabiendo que inicia una nueva etapa. Esta joven escritora da las gracias a maestros, familiares, amigos y muy especialmente a su madre: amable, firme y bondadosa guía en los misterios del vivir. Dice gracias a todos los escenarios que dejaron una marca inolvidable de belleza en su alma: un viaje a Italia; los años de vacaciones y fines de semana pasados en la Sierra de la Arrábida, en íntimo abrazo con la naturaleza; la campiña que el Duero baña y engalana, en lugares donde «además del deslumbramiento visual que siempre me llena ojos y alma, hubo un tiempo para pensar, vivir y soñar...»; se han tornado paisajes del alma, vida interior.

El libro está lleno de reflexiones, demasiado maduras a no ser que pensemos que una es la edad del cuerpo y otra la del alma. Y que una verdadera educación es la que permite que el Alma Peregrina, esa estrella que vive en los internos abismos, abra de nuevo sus ojos al mundo. Nos sorprende también su alma de poeta, ese misterio que le susurró algunos de sus primeros versos, con nueve años:

«Recuerdo una mañana de domingo en que, sentada en la explanada del café, haciendo un trabajo sobre Sebastián de Gama para la escuela, unas palabras, tal vez unos versos, comenzaron a surgir de la punta del bolígrafo. En cierto momento, ya no sabía si era yo o él quien escribía: era la magia de la Arrábida».

Volvamos al «hecho educativo». ¿Por qué dan que pensar estas páginas? Porque demuestran el buen fruto de una buena educación, lo que nos permite deducir algunos principios pedagógicos cuyo olvido está llevando a nuestros hijos al analfabetismo moral, a la incapacidad de asumir riesgos, a decisiones blandas, a la irresponsabilidad, a que los niños se conviertan en tiranos de los padres, y a que en ellos veamos a futuros esclavos: de los otros, del mundo o de sus propias pasiones.

De qué sirve acumular datos que no se comprenden ni se encuadran, que se van a olvidar sin dejar huella; de qué sirve «modelar» a niños, adolescentes y jóvenes para que se conviertan en «piezas» de una industria de consumo, en engranajes de máquinas que diez años después quedan obsoletas y que tienen que ser de nuevo fundidas para encajar Dios sabe en qué mecanismo desnaturalizado. Lo importante es forjar ciudadanos libres, audaces, atentos, con iniciativa, prontos al servicio al prójimo o a una causa; inteligentes para hallar por sí mismos el camino y con una lógica natural implacable que destruya con sus aspas de acero cortante todas las redes de engaños que una sociedad depravada y amoral va a lanzar sobre ellos.

Vemos algunos ejemplos de oro en la educación de esta joven, educación cuya alma mater ha sido su propia madre, «que estaba siempre cerca, atenta y vigilante, y al mismo tiempo creando espacios para que ella pudiera, sola, crecer».

adios a los treze años 2

Historias para crecer

Hay que saber escoger historias leídas o inventadas para ilustrar una enseñanza en la edad de los cuentos, pura, amable, bondadosa y prolongada, no regateando esfuerzos los padres en estar con los niños.

Su madre la animó  a encontrarse, siempre que fuera posible, con la magia del amanecer y de los atardeceres, en silencio, absorbiendo la belleza de esta ceremonia, la más antigua, de la naturaleza; a aprender a observar, con conciencia pura, sin deseos, la mínima lección de esta naturaleza; a pintar con pinceles o con palabras en descripciones, para captar con atención cada uno de los detalles.

Hablar, escribir, es como bordar, construir con palabras la arquitectura inmaterial de lo que imaginamos o intuimos. Pero lo primero de todo es aprender a ver, a escuchar: «Recuerdo cómo mi madre, conversando con nosotros antes de escribir, nos pedía que (…) escuchásemos lo que el viento nos decía, las historias que aquellas flores, aquellos árboles, aquel mar nos tenían que contar... (…) Y fue en este clima en el que las primeras palabras, las primeras historias, los primeros versos, los primeros dibujos salieron de nuestras manos y de nuestros corazones...».

Es mejor leer los clásicos de la literatura y no libros para idiotas o de amargados que llenan los programas educativos y que muchas veces los padres sienten vergüenza en dar a los niños. En la primera lectura no van a asimilar los tesoros ocultos que guardan, pero sí una forma de pensar, de decir, noble y elevada, propia de almas grandes y no de vendedores hábiles.

La asimilación sintáctica está muy unida a la arquitectura del pensamiento. Una mente diáfana, ordenada como la red cristalina de un diamante, permite el paso de la luz, la inteligencia. Si nuestra mente se acerca a altos principios, paulatinamente se va ordenando, disciplinando y haciendo transparente. Llegará una edad en que hay que trazar caminos en la mente desde el interior, como si nuestro yo íntimo fuera un héroe con un hacha de doble filo en un laberinto, donde se abre paso pensamiento a pensamiento. Pero eso es después, esa es ya la construcción consciente. Si todo está cubierto de la tupida maleza de una mente caótica, llena de pensamientos desordenados, el trabajo desde el interior será casi imposible.

Es necesario no solo leer, sino reflexionar, considerar con atención para asimilar aquello que leemos. Leer es como comer intelectualmente; hay que evitar «comer» sin necesidad porquerías que dañan nuestra mente, tener firmes y acerados dientes de análisis para que nada sea aceptado sin ser seriamente valorado, pesado, medido.

Esta obra, contiene principios pedagógicos luminosos y firmes, los que necesita el presente si quiere construir un futuro esperanzado:

(Comentando la obra de los grandes genios del Renacimiento)«A propósito de la confianza que Brunelleschi tenía en sus capacidades y del valor que tuvo en perseguir sus metas, aprovechó entonces mi madre para hablarnos de la importancia de los sueños y de la confianza en su realización, sueños que si están aliados al estudio y al trabajo regular, nos pueden llevar siempre hasta donde deseamos ir, proyectando hacia el exterior lo mejor de nosotros; a veces, nos decía ella, esa postura nos puede dar la fuerza de perseverar, cuando pocos, o ninguno, nos aprueben o entiendan».

[...]«Es preciso no perder de vista los sueños, independientemente de la aprobación exterior. La verdadera aprobación, nos decía ella, tiene que venir desde nuestro interior, aunque nos aconsejase siempre la humildad de saber oír a los que están a nuestro alrededor, pues siempre tienen mucho que enseñarnos...».

Gracias, Sara, y gracias, Julia, por recordarnos con tanta belleza qué es lo más importante y qué no debemos olvidar, de ninguna de las maneras y a pesar de todos los narcóticos de nuestra sociedad de consumo y de la vida acelerada e irreal que nos quieren imponer.

Publicado en Sociología
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