Domingo, 01 Noviembre 2020 00:00

El paso del tiempo, una preocupación humana

«Los días de la semana dan forma al tiempo y sitúan la rutina cotidiana de nuestra vida individual en un patrón de armonía cósmica, y a la vez, de orden social» (N. MacGregor).

Desde el punto de vista antropológico, el tema fundamental que caracteriza el imaginario humano es su respuesta frente a la muerte y al tiempo, dos conceptos que rigen nuestra vida y marcan las diferencias culturales entre los pueblos y las distintas sociedades, afirma el profesor Fernando Schwarz. El hecho de la toma de conciencia de la muerte y la integración en la sociedad de los rituales funerarios es una de las características del proceso de humanización que nos diferencia de los animales. El animal, como sabemos, no tiene conciencia del tiempo ni le teme a la muerte, le da lo mismo el paso de las horas y sabe esperar pacientemente sin alterarse por ello. Nosotros, sin embargo, tenemos dificultad para estar en el presente, pues vivimos entre la memoria del pasado y la angustia (o el entusiasmo) del futuro.

El tiempo, para nosotros, es el símbolo de lo cambiante, de lo inexorable que nos lleva a la muerte, que tanto nos preocupa porque no somos capaces de percibir la realidad de nuestra propia inmortalidad. Por eso, ambos conceptos están íntimamente relacionados, y cuando el ser humano toma conciencia de la muerte, toma también conciencia del tiempo y trata, a partir de ese momento, de buscar fórmulas para poder ejercer su dominio sobre ambos, haciendo todo lo posible por evitar la muerte y controlar el paso del tiempo. Así nació, desde la más remota Antigüedad, la idea de establecer el calendario para controlar los ciclos estacionales, los meses y los días de la semana según el recorrido de la Tierra alrededor del Sol, y de dividir el mes en cuatro semanas de siete días, basándose en la observación de los periodos lunares. La misma Biblia narra en el Génesis que Dios hizo el mundo en seis días y el séptimo descansó, ordenando a hombres y animales hacer lo mismo. «En consecuencia —afirma Neil McGregor—, cada semana nos conecta con el principio de los tiempos, a la vez que sus días trazan el ciclo de nuestro trabajo y de nuestro ocio, el ritmo recurrente de nuestra existencia».

reloj pulsera

Los nombres con que denominamos los días de la semana nos revelan la insistente observación del cielo, algo que siempre caracterizó a los seres humanos de todos los tiempos y en todos los lugares del mundo. Los ingleses, por ejemplo, inician la semana con los días dedicados al Sol (Sunday) y a la Luna (Monday), cuyas posiciones marcan las estaciones y los ciclos mensuales de cuatro semanas. En las lenguas romances, los nombres con que denominamos los días de la semana son los que corresponden a los astros más cercanos a nosotros y que vemos habitualmente en nuestro cielo: la Luna (lunes), Marte (martes), Mercurio (miércoles), Júpiter (jueves), Venus (viernes), Saturno (sábado) y el Sol, al que, como centro y rey de nuestra galaxia, dedicamos el domingo y descansamos.

Al abarcar los diferentes ciclos del Sol, de la Luna y de los cinco planetas referidos, cada semana implica no solo un periodo concreto de nuestro tiempo cotidiano y una forma de controlarlo personalmente, sino gozar de la compañía de los dioses que rigen cada uno de los días y de la inmensidad del cielo que nos protege, «llenándonos de admiración y respeto», como decía Kant. El ciclo semanal representa así una forma práctica y concisa para la convivencia humana y para la relación con nuestros ancestros, al ser una estructura a la vez tan antigua como estable y aceptada a nivel mundial. Los días de la semana estructuran nuestro tiempo y sitúan nuestra rutina en un patrón de armonía cósmica y de orden social.

La semana de siete días constituye un fenómeno global, aunque las diferentes religiones, especialmente las monoteístas, hayan dedicado cada una un día distinto a su Dios respectivo y al descanso semanal, según se trate de los musulmanes (el viernes), los hebreos (el sábado) o los cristianos (el domingo). Nombrar los días de la semana es, para la gran mayoría de los pueblos, una declaración de su historia religiosa y de su comunidad.

Es difícil definir el tiempo, casi tanto como definir la muerte. San Agustín expresó esta dificultad en sus Confesiones:

«¿Qué es, pues, el tiempo? ¿Quién podrá explicarlo fácil y brevemente? ¿Quién podrá comprenderlo con el pensamiento, para hablar luego de él? Y, sin embargo, ¿qué hay más familiar y habitual en nuestras conversaciones que el tiempo? Y cuando hablamos de él, sabemos sin duda qué es, como sabemos o entendemos lo que es cuando lo oímos pronunciar a otro. ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé».

En resumen, desde que el ser humano comienza a desarrollar sus habilidades propias, diferenciándose así del resto de los animales, comienza a percibir la influencia que el tiempo ejerce sobre su vida y trata de medirlo y organizarlo para poder mantener la memoria de lo pasado y hacer previsiones para el futuro. Los reyes-sacerdotes del Oriente cercano y del antiguo Egipto controlaban la elaboración de los calendarios y, a partir de sus observaciones del cielo, eran capaces de predecir fenómenos naturales como los eclipses o las crecidas de los ríos para organizar cada año las labores agrarias. De ahí que los hitos de los calendarios han estado siempre reforzados por las fiestas y los rituales religiosos, consagrándose los meses y los días a las distintas divinidades de sus respectivos panteones.

De este modo, las sociedades humanas han ido generando sistemas de medición y organización del tiempo basándose en sus observaciones astronómicas, en el movimiento aparente del Sol, en los ciclos periódicos de la Luna y los cambios de posición de la Tierra respecto al resto de los planetas. Para eso nacieron los calendarios, para poder controlar el tiempo instituyendo las fiestas populares y los rituales religiosos, basándose en los solsticios y equinoccios, plenilunios y lluvias de estrellas.

Como diría Heráclito, «todo fluye, nada permanece».

Bibliografía

Taller de antropología simbólica por Fernando Schwarz. Granada, 2003.

Vivir con los dioses , de Neil MacGregor. Grupo Editorial Penguin Random House. Barcelona, 2019.

Publicado en Sociedad
Lunes, 01 Julio 2019 00:00

Séneca: el valor del tiempo

El tiempo es algo fundamental en nuestras vidas, pero cuando intentamos definirlo, se nos escapa como arena entre los dedos. Ya decía San Agustín que «si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé».

La complejidad del tiempo

A lo largo de la historia han existido diferentes teorías sobre el tiempo. Haciendo un rápido repaso de las mismas las podemos sintetizar en cinco formas de concebirlo.

1. El tiempo físico. Exotérico o externo, se da fuera de nosotros. Es objetivo, homogéneo y medible. Es el tiempo que marca el reloj o la duración de la rotación del eje de la Tierra.

2. El tiempo psicológico. Esotérico o interno, se da en nuestro interior. Es subjetivo y variable. Es cómo vive cada uno el tiempo de su vida según su propia experiencia.

3. El tiempo histórico. Tiene una doble posibilidad.

a. Si se considera exclusivamente como el conjunto de los hechos del pasado, no pasa de ser un tiempo exotérico en el cual estamos inmersos, pero que no podemos controlar. El tiempo es medible pero nos arrastra.

b. Si se concibe la Historia como maestra de vida, entonces podemos ser actores del mismo, al reconocer la corriente histórica y trabajar con ella. Es aquí donde se integran plenamente el tiempo individual e histórico entre sí.

4. El tiempo lineal y progresivo, muy relacionado con el tiempo físico. Un factor conduce a otro de forma irreversible. Ejemplo: el paso del tiempo o edad en el cuerpo físico. Aplicado al tiempo psicológico o interior nos da las ideas irracionales de que cada día ha de ser mejor que el anterior, cada vez hemos de hacer las cosas mejor, siempre tenemos que ser simpáticos, alegres y divertidos, etc. Estas ideas irracionales mutilan nuestra autoestima y son causa de enfermedades y depravaciones, al buscar vivirlas «a cualquier precio». Ayer lo pasé muy bien, hoy lo voy a repetir porque me lo tengo que pasar mejor.

5. El tiempo simbólico o sagrado. Es cíclico, retornando cada cosa a sus inicios al final del ciclo, pero dicho retorno tiene unas diferencias que permiten vivirlo de manera distinta. Ejemplo: todos los días sale el Sol tras el anochecer, pero nunca lo hace por el mismo sitio. Es la base de la teoría cíclica. En lo psicológico, enseña que cada día es diferente y no ha de ser forzosamente ni superior ni igual a otro, siendo una gran oportunidad: ayer lo pasé muy bien, hoy puedo disfrutar también haciendo otras cosas distintas de las de ayer.

Así tenemos una rápida visión de la complejidad del tiempo. Frente a todo este panorama no pretendemos definir el tiempo, sino el valor que tiene para el ser humano, que es nuestro objeto de hoy.

Séneca ante el valor del tiempo

SÉNECA o el valor del Tiempo 2

«Lo importantes no es el tiempo que vivas, sino cómo lo has vivido».

«Morir más pronto o más tarde no es la cuestión; morir bien o mal, esa es la cuestión; pero morir bien supone evitar el riesgo de morir mal».

«Tómate un poco de tiempo para ti».

Insiste el filósofo cordobés en que lo importante no es la cantidad de tiempo que se vive sino su «calidad» filosófica.

¿En qué consiste la calidad filosófica de la vida?

«No es un bien el vivir, sino el vivir con rectitud».

«Siempre que quieras saber lo que has de rehuir o buscar, toma en consideración el sumo bien, objetivo de toda tu vida. Con él se debe armonizar cuanto hagamos: solo puede resolver los casos particulares quien ha planteado su vida con una visión global».

«El sumo bien es la honestidad. Este es el único y supremo bien, todos los demás bienes son falsos y bastardos».

Para Séneca la virtud es rectitud u honestidad. ¿Cómo se alcanza la honestidad?

«Si te convences de esto y te enamoras de la virtud –porque amarla es poco–, todo cuanto ella consiga será para ti venturoso y feliz, cualquiera que sea el juicio de los otros».

«Ten esto claro: ningún bien existe que no sea honesto, y todas las contrariedades son también bienes por derecho propio si son enfrentadas con ánimo virtuoso».

«El bien no existe sin la honestidad, y la honestidad es la misma en todos lo bienes».

«El único bien es la virtud, ningún bien existe separado de ella; la propia virtud se encuentra situada en la razón, que es la parte más noble de nuestro ser. ¿En qué consiste esta virtud? En un juicio verdadero y estable: de él procederá el impulso de la voluntad, él conferirá claridad a toda idea que motive dicho impulso».

«La virtud es el bien supremo donde se asienta nuestra voluntad. La virtud no tiene necesidad alguna porque disfruta de lo que tiene a mano y no codicia lo que le falta. Nada le parece escaso si le es suficiente».

El filósofo estoico nos indica que lo primero es poder llegar uno mismo a esta convicción a través de la reflexión; después hay que vivir las convicciones. La convicción, basada en la razón, nos ha de llevar a la virtud u honestidad: «un juicio verdadero y estable». Un juicio, fruto de nuestra reflexión y experiencia, que nos permita elaborar en torno a él todo nuestro proyecto de vida como seres humanos, sin ser afectado por las modas, las corrientes de opinión de los demás ni las circunstancias adversas. Como dicho juicio –virtud– siempre es el mismo, esto nos permite ser siempre nosotros mismos y extraer lo mejor de todo lo que nos rodea y suceda.

SÉNECA o el valor del Tiempo 1

¿Qué es lo que provoca la infelicidad y que nos apartemos de la virtud?

«El único camino del que se dirige a un lugar seguro (armónico, sin fluctuaciones) es menospreciar los bienes ajenos y contentarse con la honestidad».

«Nadie arma pelea a uno que se retira, nadie golpea al que se va; es el afán de recompensa lo que provoca las peleas y enfrentamientos».

«Sin recompensa no hay pendencia».

«Si no somos virtuosos, nos pasamos la vida quejándonos porque son innumerables las molestias que le suceden al hombre a lo largo de su vida, y todos los bienes que hemos recibido de la Providencia son efímeros y reducidos si los comparamos con la duración del mundo entero».

«Semejante queja nos lleva a hacernos intérpretes desagradecidos de los dones divinos. Nos quejamos de no conseguirlos siempre, o de conseguirlos en número escaso, inseguros y perecederos. De ahí surge que no queramos ni vivir ni morir: nos domina el odio a la vida y el miedo a la muerte. Toda decisión nuestra es fluctuante y no puede saciarnos felicidad alguna».

«Son auténticos aquellos bienes que la razón otorga, consistentes y perpetuos, que no pueden perderse, ni siquiera decrecer y reducirse. Los demás son bienes de nuestra imaginación; tienen, es cierto, la misma denominación que los verdaderos, pero carecen del marchamo del bien; habría que llamarlos, por tanto, “comodidades”. Con todo, sepamos que son de nuestra propiedad, no partes de nuestro ser; que pueden estar junto a nosotros, pero sin que olvidemos que están fuera de nosotros. Aun cuando se hallen junto a nosotros, deben contarse entre las pertenencias accesorias, de baja calidad, de las que nadie deberá enorgullecerse».

Séneca señala las pasiones y el afán de recompensa como los dos grandes ladrones del tiempo. Y el tercer ladrón es la dilación.

¿Cómo afecta lo anterior a nuestro tiempo?

«No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho».

«Nadie se pertenece a sí mismo, cada cual se consume por otro…; nadie es dueño de sí mismo».

«¿Por qué perdéis tanto tiempo? Porque vivís como si tuvierais que vivir siempre; nunca pensáis en vuestra fragilidad; no medís el tiempo que ya ha transcurrido; lo perdéis como si tuvierais un repuesto enorme y abundante… Teméis todas las cosas como mortales, y todas las deseáis como inmortales».

«El hombre agobiado de quehaceres se ocupa de todo menos de vivir. Y eso que la ciencia del vivir es la más difícil».

«Es muy corta la vida de los muy atareados».

«No has de decir que fulano vivió mucho porque tiene canas o arrugas; no vivió mucho, sino que duró mucho».

«El tiempo es la cosa más preciosa del mundo».

«La dilación es la quiebra máxima de la vida».

«Todo lo que está por venir se asienta en terreno inseguro: ¡vive desde ahora!».

Pasado, presente y futuro

«En tres épocas se divide la vida: la que fue, la que es y la que será; de estas tres, la que vivimos es breve, la venidera es dudosa y la que hemos vivido es cierta a irrevocable».

«Solo el que siempre actuó bajo la censura de su propia conciencia puede mirar al pasado sin arrepentirse de nada».

«El pasado es la parte de nuestro tiempo sagrada e irrenunciable, exenta de todas las eventualidades humanas, sustraída al imperio de la fortuna, imperturbable a los ataques de la pobreza, del miedo y de las enfermedades (…). Su posesión es perpetua y limpia de toda zozobra… Todos los días del tiempo pasado, cuando se lo mandéis, acudirán a vuestra llamada, y dócilmente se presentarán a vuestro examen, y en él se detendrán todo el tiempo que quisierais; pero esto no lo pueden disfrutar los que se pasan la vida absortos en tonterías y minucias».

«Es propiedad del alma segura discurrir por todos los tiempos de la vida; el espíritu de los atolondrados, de los ocupados (en adquirir recompensas) (…) su vida se va vaciando en un agujero, y así como por más líquido que se vierta en nada aprovecha si debajo no hay un recipiente que lo recoja y conserve, así también nada importa el caudal del tiempo que se te dé si no hay dónde se deposite: se escurre a través del las grietas del alma no trabajada».

«Para el filósofo (el alma trabajada en la honestidad) los siglos le están sumisos como un dios. ¿Un tiempo ya fue pasado? Él, por el recuerdo, lo actualiza. ¿Es presente? Lo utiliza. ¿Es futuro? Él lo anticipa. Larga hace su vida la fusión de los tiempos todos».

Solo quien vive honestamente como ser humano puede hacer de su vida un proyecto global que conecte armónicamente el pasado con el presente y el futuro. Dicha conexión es lo que hace que nuestra vida pueda ser «larga» y no «corta». Pero quien carece de honestidad solo vive el presente y no puede mirar el pasado sin dolor, siendo el futuro algo a temer; para él, apegado al efímero presente, la vida siempre es corta y dolorosa por lo fugaz e incierto de la fortuna.

«Como una obra teatral, así es la vida: importa no el tiempo sino el acierto con el que se ha representado. No atañe a la cuestión el lugar en que termines. Termina donde te plazca, tan solo prepara un buen final».

 

Publicado en Filosofía
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